La muerta enamorada
El año 1836 señala otro de los hitos de la literatura vampírica romántica, con la publicación en la Chronique de Paris de La muerta enamorada, obra de Teophile Gautier.
La obra narra el apasionado romance de Romualdo, un joven párroco rural, con la atractiva cortesana Clarimonda, quien más tarde se nos revelará como un vampiro. Romualdo queda prendado de ella el día que es ordenado sacerdote. Tras obtener los votos, es destinado a una parroquia en el campo, donde descubre la siniestra reputación de la que goza la mujer. Una noche es reclamado para atender a una moribunda en un suntuoso palacio, pero es tarde: la moribunda ha fallecido y Romualdo, perplejo, descubre que se trata de la propia Clarimonda.
Impresionado por la belleza de la muerta, Romualdo no puede resistirse a besarla, lo cual despierta a la siniestra bella durmiente. A partir de ahí, comienza un romance tórrido e irreal: Romualdo cumple durante el día con sus obligaciones parroquiales y durante la noche se ve transportado a una deslumbrante Venecia, donde Clarimonda y él dan rienda suelta a su pasión. Sin embargo, al despuntar el alba se encuentra solo en los aposentos de su iglesia, donde se pregunta qué hay de real en sus vivencias: “A veces –dice– creía que soñaba ser un sacerdote, que cada noche soñaba ser un gentilhombre; otras creía ser un gentilhombre que soñaba ser un sacerdote. Era incapaz de discriminar entre el sueño y la vigilia, e ignoraba dónde comenzaba la realidad y dónde terminaba la ilusión”.
Pasado un tiempo, la belleza y la salud de Clarimonda comienzan a desmejorar. Sin embargo, tras alimentarse ávidamente de la sangre que mana de una herida de Romualdo, recupera su espectacular belleza. Para mantener esa lozanía, decide alimentarse subrepticiamente del sacerdote cada noche. Esto hace que el joven reflexione sobre Clarimonda. Sus sentimientos religiosos logran ganar terreno a la pasión. Además, el abad Serapión le advierte de que, aparte de arriesgar la condenación de su alma, está poniendo en juego su vida.
Por fin, Serapión pone término a las tribulaciones de Romualdo. Localiza el sepulcro de Clarimonda y rocía el cuerpo con agua bendita. La mujer queda convertida en polvo al instante. Sin embargo, Romualdo recibe por última vez la visita de la vampira, esta vez en forma de espectro. Ella le reprocha su acción y le recrimina por los goces que ha desdeñado. Y así queda Romualdo, intentando buscar consuelo en la religión, aunque sin conseguirlo.
Gautier combina las figuras de la lamia y el súcubo. Esto es: el ser que se esconde bajo la belleza de una mujer para saciar su sed de sangre humana y el demonio que adquiere forma de mujer para seducir a los hombres y extraerles sus fluidos vitales. Le añade las características del cadáver que regresa de la tumba, y así crea el prototipo de vampiro femenino, que al igual que sucede con J. Polidori será perfeccionado por otro escritor. En este caso, Sheridan Le Fanu, el autor de Carmilla.
No obstante, Clarimonda no es un personaje intrínsecamente malvado. El amor que siente por Romualdo es sincero, y son las vacilaciones de éste las que llevan a su separación. También se puede apreciar en ella algún rasgo byroniano: sus fiestas indignan a los bien pensantes y Serapión señala que murió tras una orgía ininterrumpida de ocho días.
Tampoco es original Gautier al representar un amor genuino entre un humano y un ente demoniaco. Autores como Pico della Mirandola y Ermolao, obispo de Verona durante el siglo XV, recogen relatos sobre parejas estables de hombres y súcubos.
A la hora de mostrar los atributos vampíricos de Clarimonda, Gautier es más explícito que su antecesor. La extracción de sangre es descrita de manera bastante gráfica, en un pasaje que guarda bastante similitud con otro de la novela Drácula, de Stoker. En ambos pasajes, la atención del vampiro es atraída por la sangra que mana de un corte.
Gautier presenta al vampiro reposando en su tumba y describe cómo los protagonistas recurren a ciertos instrumentos religiosos para destruirlo. Sin duda, el francés es más generoso que su antecesor a la hora de añadir elementos que conforman el canon vampírico.
En mi opinión, aquí también aparece el glamour como uno de los poderes del vampiro, aunque usado de manera diferente que en el relato de Polidori.
Toda la tramoya de vida lujosa que preside los encuentros entre Romualdo y Clarimonda es producto de los poderes de obnubilación del vampiro sobre su víctima. No existe el castillo de Clarimonda, ni esa Venecia evocadora del lujurioso Bagdag de Las mil y una noches; sólo la macabra realidad del cadáver viviente que ocupa el sepulcro.
En contraste con el relato de Polidori, donde la angustia se desata a mitad de la narración y va en aumento hasta el clímax final, La muerta enamorada no es un relato terrorífico.












































































