
Insisten las biografías de Ortega y Gasset en los recientes tiempos. A ellas se suma la debida a Javier Zamora Bonilla: Ortega y Gasset (Plaza y Janes, Barcelona, 2002, 652 páginas).
El autor ha querido hacer, estrictamente, un relato de vida curricular, pública, intelectual.
Las noticias íntimas han sido eliminadas y las privadas, reducidas al mínimo indispensable.
Parecería que, de esta manera, el personaje se esfuma. Pero no es así. Zamora Bonilla, paciente y ordenado lector de los textos orteguianos (éditos, inéditos, entrevistas, cartas, periodismo, discursos) ha conseguido construir al Ortega de todos en calidad de persona tal como Ortega mismo cancebía a la persona: un proceso contradictorio que se comparte con otros procesos contradictorios igualmente personales, en un tiempo y un espacio determinados.
Tal vez la contradicción que cabe insistir en calificar de personal, sea la que enfrentó al filósofo con el político. El primero se ocupa de lo intemporal, se ensimisma, busca la exactitud y vive en la incertidumbre que supone la búsqueda de la verdad.
El segundo ha de resolver problemas fechados, suscitados por hombres concretos, se desvive y altera constantemente, debe determinarse como si todo lo que hace fuera verdadero, entramado en la inexacta realidad de cada día.
En términos intelectuales, el conflicto se da entre razón y vida, entre la escisión que impone el acto de pensar y la unidad indiscernible que es la vida misma, la de cada cual, en la plebe de los minutos que gustaba de esbozar Ortega.
Si hay una razón vital, si la medida de lo racional puede conciliarse con el flujo indefinido de lo vital, si la partición del juicio es compatible con lo único que es lo vivo, todo ello sólo puede darse en el escenario de la historia: el tiempo común de quienes son con los demás, escuchan a los demás e intentan entender lo que dicen y hacerse entender a sí mismos y por los otros.
A menudo se retrata a Ortega como paseante entre nubes, perdido en altas abstracciones que nada tienen que ver con la vida concreta de sus semejantes, en especial durante la dramática experiencia española que va de la Restauración a la posguerra civil. Zamora Bonilla, en cambio, lo describe «metiendo el pan en todas las salsas», fascinando por eso que decía repelerlo, la concreta cotidianeidad de la vida política.
Y, en esa medida, es notable encontar en las propuestas de Ortega unas cuantas premoniciones de la vida española actual.
Cómo vertebrar un país invertebrado, una sociedad sin burguesía moderna, sin élites eficaces, con masas desnortadas y proclives a la exaltación belicosa. España estaba desarticulada por su dispersión rural y la agresividad de sus nacionalismos, los particularismos que vivían sin tener en cuenta a los otros, así como España, el Tibet de Europa, no tenía en cuenta sus espacios exteriores.
La clave estaba en urbanizar el país, organizar sus regiones (las actuales autonomías) potenciando el desarrollo de sus ciudades capitales.
Urbanizar es alfabetizar, difundir ciencias y técnicas, aumentar el flujo de las comunicaciones, secularizar la vida, despojándola de fanatismos religiosos.
De alguna manera, con ciertas lamentables excepciones, la España de hoy en la Europa de hoy, una asociación de naciones sometidas a una normativa supranacional. Ortega intentó, con sostenida pasión, elaborar un pensamiento laico, el pensamiento humano que puede salir de sí porque parte de sí mismo. Por ello lo censuraron las ortodoxias, tanto la clerical como la bolchevique.
En esto también sigue siendo nuestro contemporáneo: pensar es liberarse responsablemente.
Copyright del texto © Blas Matamoro. Este artículo fue editado originalmente en la revista Cuadernos Hispanoamericanos. El texto aparece publicado en Cine y Letras con el permiso de su autor. Reservados todos los derechos
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