
Cuando el Centro Dramático Galego decidió poner en escena varias obras de Valle-Inclán en castellano, hubo protestas por parte de sectores nacionalistas e intelectuales afines.
Se exigía la traducción de esos textos al gallego, lengua que don Ramón nunca empleó en su obra (con una mínima excepción: tres poemas).
Los herederos del escritor se han negado sistemáticamente a permitir dichas traducciones.
Cabe preguntarse si algún gallego está impedido de entender a Valle-Inclán en su original. Y algo más importante: si la obra valleinclanesca gana algo traducida a una lengua normalizada.
Vaya esto por un elemento esencial de ella: la invención de una lengua literaria dentro del español, o de varias, si se prefiere. Valle-Inclán inventa un léxico gallego literario, un madrileño barriobajero o un dialecto americano de Tierra Caliente, y los distribuye por sus comedias bárbaras, sus esperpentos y su Tirano Banderas.
Es un caso excepcional en la literatura española, que ha estado más bien aferrada a la lengua como normativa. Ya Octavio Paz indicó que lo contrario ocurría en América, donde han aparecido inventores de lengua por medio de la literatura: Vicente Huidobro, César Vallejo, Xul Solar, Oliverio Girondo. Valle-Inclán, como todo escritor auténtico, entendió que la literatura es esa otra lengua que se desarrolla dentro de la lengua, explotando sus posibilidades olvidadas o inertes, y a veces trabajando contra su legislación, en busca de una nueva pragmática de la palabra.
Y entendió algo más: que el español, por su enorme extensión geográfica y humana, era especialmente una lengua mestiza, en constante proceso de mestización, inestable y viva.
De ahí su diversidad de registros (los del castellano y los de don Ramón).
Traducirlo al gallego es reducirlo y, de alguna manera, amordazarlo. Y es definir a los gallegos como quienes resultan incapaces de entender la lengua española y a su ilustre paisano Valle-Inclán. Los nacionalismos, por su tendencia reduccionista, acaban en una reducción al absurdo. Hay traducciones de Cervantes y Borges al catalán.
Repitamos la pregunta: ¿hay algún catalán que no entienda a Borges o Cervantes en su redacción original?
No faltó editor barcelonés que propuso una edición «expurgada» de Pedro Páramo de Juan Rulfo, libre de molestos mexicanismos.
El movimiento debería ser el contrario: conseguir que cada vez más españoles e hispanoamericanos pudieran leer, escribir y hablar en catalán, éusquera o gallego. Que las lenguas cooficiales del Estado español sirvieran para ampliar nuestras competencias lingüísticas, no para empequeñecerlas. Y que la palabra se utilizase para escuchar al otro, no para enmudecerlo.
Copyright del texto © Blas Matamoro. Este artículo fue editado originalmente en la revista Cuadernos Hispanoamericanos. El texto aparece publicado en Cine y Letras con el permiso de su autor. Reservados todos los derechos
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