Juan Larrea (Bilbao 1895–Córdoba, Argentina 1980) es sin duda una de las figuras más influyentes y desconcertantes de la Generación del 27, al que su interés en permanecer al margen de la vida cultural de la época, su traslado a Francia años antes de la guerra y su posterior exilio al otro lado del Atlántico, le privaron del reconocimiento.
Ultraísta, y, sobre todo, heredero de los místicos españoles, amigo íntimo de Huidobro, Gerardo Diego – quien luchó por dar sus escritos a la luz pública– o César Vallejo y alabado por Alberti o Cernuda, este libro recoge su perspectiva visionaria del hombre y el mundo en Versión celeste, los textos más significativos de la desconocida Orbe y su faceta de ensayo con Rendición de espíritu, El surrealismo entre viejo y nuevo mundo o La espada de la paloma.
Con este nuevo volumen, “Poesía y revelación”, de la Colección Obra Fundamental, la Fundación Banco Santander recupera al poeta más desconcertante y místico de la Generación del 27, cuyos poemas calificó Rafael Alberti al recibir de Gerardo Diego la famosa antología de 1932 como “lo mejor”, de dicha selección, algo que remarcaría poco más tarde el propio Diego en una misiva a Larrea, “va ganando la idea de que la mejor poesía actual procede, no ya de Juan Ramón, sino de Guillén y de ti”.
Es sin duda Larrea uno de los grandes postergados de la literatura española del siglo pasado, cuya obra estaba en algunos casos descatalogada y en otros era muy difícil de encontrar.
El Catedrático de Literatura de la Universidad de Bérgamo, Gabriele Morelli, uno de los mayores expertos en la Generación del 27 que ha estudiado en numerosos libros y ensayos, compila y prologa esta edición, que ahonda en la dimensión de la reflexión mística de Larrea desde la concepción del hombre y el mundo.
Larrea, al margen de los intereses editoriales y de los lectores durante muchos años, es, en opinión de Morelli, un “caso singular en el panorama de la literatura española”, sobre todo por “gozar de la estima y consideración de algunos de sus compañeros del grupo generacional, en especial de Gerardo Diego”, señala el catedrático italiano en su prólogo, tanto que el propio Diego tuvo que confirmar más de una vez que Larrea no era un heterónimo suyo.
Incluso Luis Felipe Vivanco, gran admirador de Larrea, escribió en su ensayo la Generación poética del 27 que “inconformista…parece estar empeñado en no existir en la lengua y en la historia de la literatura española”.
Fue probablemente su tendencia a aislarse, su paso a Francia a finales de los años veinte, y la elección de la lengua francesa para gran parte de sus versos, (según él le servía para liberarse de toda praxis literaria adquirida) lo que impidió su difusión, siendo como era, para compañeros de generación como Alberti (del que Cossío destacaría el parecido de algunos poemas de Sobre los ángeles con otros de Larrea), Diego o Cernuda (que vio esa influencia de Larrea incluso en Aleixandre), uno de los más rutilantes.
El propio poeta Cernuda recogía en un libro de ensayo que “Larrea afirma la insignificancia en el mundo de la vida del poeta y de la obra del mismo…ese sería el concepto de poesía y el poeta que pronto habrá de imponerse como más característico de esta generación”.
Colaboró en las revista ultraístas Grecia y Cervantes, al lado de Diego, fraguando una sólida amistad que cundió en el triple eje del ultraísmo (al que estuvo adscrito hasta el final): Diego, Larrea y Huidobro, admirado por los dos anteriores y con el que Larrea mantuvo una sólida amistad hasta el final de la vida de éste, “me pareció una persona exuberante de sincero y amistoso fervor, el entusiasmo más puro y optimista”.
También fundó junto a su otro gran amigo parisiense, César Vallejo, la revista Favorables–París–Poema, en 1926, dibujando un retrato maestro del peruano, “cara enjuta, muy moreno, ojos chispeantes, dentadura blanquísima y una naturalidad como de inocencia”.
Asistiría a su muerte en 1938, escribiendo un texto dedicado a él, Profecía de América.
En 1926 Larrea, abandonará España para siempre, tras la muerte de su tía, y se dirigirá a Francia, instalándose en París, donde conoció a Juan Gris, Picasso, Neruda (con el que trabaría una sólida amistad.
Poco después, viajará a Perú, al lago Titicaca, donde pasará dos años junto a su mujer, volcándose en la reflexión mística, sin abandonar la poesía, como le decía a Neruda en una carta, “nada modificaba mi actitud poética, sino que, al contrario, era producto de una penetración más directa a su ser real y profundo”.
Es la etapa de Oscuro dominio, donde según Morelli “el poeta se conecta con una tradición que une a los grandes místicos españoles y la experiencia literaria y espiritual heredada de Rimbaud”.
Termina Larrea diciendo de sí que “era un místico”.
Aquí comienza su interés por el arte precolombino y la creación de un diario de notas, Orbe, que mecanografió el propio César Vallejo, con reflexiones filosóficas, espirituales, literarias, artísticas, etc… en una nota titulada Cuzco, describe Larrea que “en la altura he notado primeramente una descoyuntación del yo, como si estuviese compuesto de más de un elemento” o como dirá, algunos años más tarde, “había dentro de mí, antaño, una dualidad que ha sido resuelta”.
Larrea juntaría una colección de arte inca que expuso en París y en la Biblioteca Nacional de Madrid, regalándosela al Gobierno de la República en 1937, que después integraría el Museo de Indias, actual Museo de América.
En 1939, antes de que los alemanes tomaran París, salió rumbo a América, instalándose en México, donde fue nombrado junto a Bergamín, presidente de la Junta Cultural Española y allí comenzaría su aventura literaria de España peregrina y Cuadernos Americanos.
Después se dedicaría a estudiar la obra del obispo español del siglo IV Prisciliano y los textos del Apocalipsis, llegando a estar convencido de que los restos del Apóstol Santiago no son sino los de Prisciliano.
Se le concedió una beca Guggenheim por sus intereses en la américa precolombina y se marchó después a vivir a Córdoba, donde murió en 1980.
Es la obra de Larrea en opinión del antólogo Gabriele Morelli, un lugar “donde lo irracional irrumpe continuamente como saber profético indispensable para el conocimiento de la parte espiritual y oculta del ser”.
Versión celeste: comenzó a escribirse en 1919 con el poema Evasión.
Es un texto ultraísta, pero se compuso en otras dos etapas; de 1920 a 1926, cuando ingresa en el Cuerpo de Archivos y Bibliotecas de Madrid, y de 1926 a 1932, tras su traslado en París y coincidiendo con su época interior y mística, con los poemas de Ailleurs, Oscuro dominio y Pure perte.
En esta obra señalaría refiriéndose a Rimbaud que su obra “en vez de ser la obra de un vidente, es por lo contrario, la del Antividente, pues nada más lejos de la verdad que la fantasía”.
Se publicó por primera vez en Italia en 1969, sin incluir Oscuro dominio, poemas en prosa, a los que Gerardo Diego calificó de “poemas en prosa de infinita trascendencia hispánica”.
Barral Editores la publicó en 1970, con esta obra postergada en la anterior edición, esta vez a cargo de Felipe Vivanco, traductor junto a Carlos Barral y Gerardo Diego de los poemas.
Orbe: Diario de notas que mecanografió el propio César Vallejo, con reflexiones filosóficas, espirituales, literarias, artísticas, que se mueve entre el consciente y el inconsciente, en una crisis que separa y escinde el yo, en una reflexión espiritual donde intenta dar una respuesta a todas las preguntas de carácter ontológico y gnoseológico.
Ensayos: Rendición de espíritu (1943) es un prefacio donde se exponen los mitos religiosos y laicos, los sueños colectivos y la figura del obispo Prisciliano, ejecutado a finales del siglo IV por heterodoxia.
Surrealismo entre viejo y nuevo mundo y La espada de la paloma, de 1956, que apareció junto a Razón de ser, es una interpretación del libro de Juan y Actas de los concilios peninsulares y la Patrología griega, donde encuentra la llave de su cosmovisión.
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