
En mayo de 1997 murió en Madrid el escritor cubano Gastón Baquero. Desde 1959, por obvias razones políticas, debió exiliarse en España, donde cumplió su obra de poeta, crítico, periodista de prensa y radio, y profesor en escuelas de periodismo.
Baquero deja una vasta obra en ambos campos. Entre sus libros de poesía figuran Poemas, Saúl sobre la espada, Poemas escritos en España, Memorial de un testigo y Poemas invisibles.
En 1984, las ediciones Cultura Hispánica publicaron la hasta entonces obra completa en verso bajo el título de Magias e invenciones.
Sus trabajos críticos fueron reunidos en sucesivos volúmenes: Ensayos, Escritores hispanoamericanos de hoy, Darío, Cernuda y otros temas poéticos, Indios, blancos y negros en el caldero de América.
En 1995 la Fundación Banco Exterior editó sus textos en dos volúmenes.
Queda por exhumar una numerosa y dispersa obra periodística, oculta bajo una cantidad de pseudónimos, que el escritor elevaba a veintisiete.
La poesía de Baquero, muy vinculada, en sus principios, al grupo de la revista Orígenes, que orientaba José Lezama Lima, recoge la herencia del modernismo, su gusto por las eufonías prosódicas, el verso extenso y la referencia suntuosa. A ello fue agregando una peculiar visión católica del mundo, celebratoria de las bienaventuranzas de la creación y de la encarnación del espíritu en todas las calidades y formas de la materia.
Sin duda, poetas franceses de talante cósmico y memoria bíblica, como Paul Claudel y Saint-John Perse, también fueron tenidos en cuenta por Baquero, Poesía descriptiva y aun narrativa, anecdótica y ornada de procedencia, no quita espacio a la reflexión momentánea, la sabia y también inexorable tarea del tiempo, los equívocos y hazañas de la memoria.
Como hombre preocupado por el tiempo y el recuerdo, Baquero fue un buen lector de Marcel Proust y se encontró en Lezama Lima con esa suerte de proustismo caribeño y neomodernista que sostiene Paradiso. Una grave intuición hizo conocer a Baquero que nunca volvería a Cuba, ahondando un sensible aislamiento que, a menudo, fue el recurso de su soledad laboriosa.
En uno de sus últimos poemas, evoca a La Habana desde su muerte personal, como la ciudad donde no hay muerte. Pero su convicción constante y nunca explícita es que él mismo y su mundo pertenecían a un tiempo histórico clausurado.
De ahí su obsesión por las cosas y las gentes pretéritas y su busca de una -de nuevo proustiana- eternidad del Tiempo en el arte. Quienes lo trataron cotidianamente en alguno de sus trabajos advirtieron que no había en él resquemor por lo perdido, sino, al contrario, un irónico desprendimiento, una tolerante consideración de la enigmática diversidad humana, todo mezclado con la incisiva melancolía de estar para siempre lejos.
En este número de la revista, en memoria de Gastón Baquero ofrecemos una entrevista que mantuvo con él Alberto Díaz, pocos meses antes de su muerte. Contribuimos, de este modo, a la revisión y revalorización de su obra que se vienen cumpliendo en los últimos años, y que empiezan a tener sus consecuencias en el medio cultural cubano, donde su nombre, como no era imprevisible, fue censurado en las décadas que siguieron al cambio de régimen.
Copyright del texto © Blas Matamoro. Este artículo fue editado originalmente en la revista Cuadernos Hispanoamericanos. El texto aparece publicado en Cine y Letras con el permiso de su autor. Reservados todos los derechos
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