
Heinrich Heine (también llamado por sus coetáneos Harry, Henry, y con mofa hasta Haaruh), nació el 13 de septiembre de 1797 en Dusseldorf, en el seno de una familia judía, y moriría en París (1856) tras ocho años de postración.
Nietzsche dijo que en Alemania sólo había dos grandes prosas: las de Heine y la suya. Thomas Mann, en 1928, trató de rescatarlo del odio de sus compatriotas, que no podían asimilar la mordacidad de sus críticas.
No tardarían en prohibirlo en la Alemania nazi, como poco más tarde fue marginado en la Alemania federal. Fue un hombre molesto en su tiempo y su tiempo no se encontró a gusto con una mente escéptica y librepensadora, capaz de volverse contra su propio país con las armas de la crítica.
Se manifestó contra "los fariseos de la nacionalidad", especialmente contra el espíritu de Deustschland über Alies (Alemania sobre todo), quizás intuyendo que por ese camino se llegaría al Alemania contra todos, y esto no se perdona fácilmente.
Tuvo que exiliarse en París a partir de 1831, ciudad donde vivió doce años y en la que conoció a Karl Marx en 1843.
El filósofo y economista dijo de él que era el escritor alemán más grande después de Goethe.
En sus Memorias, encontradas entre sus inéditos -que fueron destruidos en buena parte por la censura oficial- Heine nos cuenta algo que le define en parte: «Es acto inmoral e ilícito la publicación de tan sólo una línea de un escritor que éste no haya dedicado a un gran público". Esta vocación de intelectual se explica aún más con esta otra aseveración suya: «los artistas son al mismo tiempo tribunos y apóstoles».
Criticó al romanticismo («poesía del desmayo») y se propuso pasar del dolor universal al poeta político.
Se educó bajo la mirada ilustrada de su madre (discípula de Rousseau) y del espíritu francés que dominaba entonces en su ciudad, y lo que le otorgó un talante escéptico, pero muy poco aprecio por la literatura francesa, especialmente la poesía. El hexámetro francés -dijo haciendo una greguería antes de Gómez de la Serna- es un hipo rimado.
La madre luchó por apartar al joven Heine de la superstición y la poesía, como si encarnara la República de Platón, pero un padre jugador, amante de los caballos y de los perros, protector de actrices, le ayudó a equilibrar la herencia. Detestó con culpa a su madre, y amó a su padre.
Abjuró de su religión en 1825 convirtiéndose al luteranismo. En España fue muy conocido en la segunda mitad del siglo pasado, traducido, entre otros por Eulogio Florentino Sanz (1825-1881) y Augusto Ferrán (1836-1880), el gran amigo de Gustavo Adolfo Bécquer; pero se le fue olvidando, siguiendo la tradición de su propio país, y es escasa la suerte que ha corrido en el siglo XX. Hay que recordar primero que Heine se interesó por la literatura española, especialmente la barroca, gracias al éxito que tuvo nuestro teatro en la Alemania romántica.
Leyó El Quijote en su infancia, en la traducción de Ludwig Tieck, y desde entonces lo releía cada lustro de su vida. Vio en él «la mayor de las sátiras contra el entusiasmo humano», y en Cervantes «al fundador de la novela moderna ». Esta lúcida visión está, sin embargo, muy determinada por los intereses de su propia obra. La modernidad de Cervantes la ve Heine en la descripción de las clases bajas y las realidades sucias unidas a su concepción general de la sociedad.
En este elemento «democrático» radicaría su modernidad, sin duda imaginando su propia tradición literaria.
Copyright del texto © Blas Matamoro. Este artículo fue editado originalmente en la revista Cuadernos Hispanoamericanos. El texto aparece publicado en Cine y Letras con el permiso de su autor. Reservados todos los derechos
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