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Recuerdo de Juan Carlos Onetti

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Juan Carlos Onetti se murió cuando practicaba su sereno encierro de alcoba, leyendo novelas policiacas por las noches, durmiendo de día, bebiendo whiskies difíciles de contar, tomando esporádicos trozos de lemon pie y batidos de yogurt.

 Una vida a contrapelo de la ciudad, vida de monje achispado de alcohol, encierro y rutina como defensas de la razón (del reconocimiento del pequeño mundo) contra la Gran Locura del Mundo.

Onetti vivía en un barrio de casas cúbicas, de ladrillo visto, con esquinas sin árboles, percudido y desolado barrio periférico de una ciudad castellana, modernizada de apuro. Era en la Avenida de América, en camino al aeropuerto. Un lugar de recién llegado, que no quiere perder, de algún modo, el suelo americano bajo sus pies. Y el lugar de toda su vida: una alcoba penumbrosa, cárcel y fortaleza, como en esos novelones góticos que le gustó transitar.

Hago memoria y asocio a Onetti con lo imperceptible. Cuando estaba en Buenos Aires y, luego, al instalarse en Madrid, era un personaje recóndito y privado.

Un personaje agónico, dispuesto a que la muerte franqueara los escasos centímetros que siempre lo separaron de ella. Un poco lo que ocurre con sus personajes, que viven muriéndose, agonizando, acaso sin saber que agonía es pelea: guerra de la vida contra la muerte, para que no aparezca en un momento inoportuno (¿cuál no lo es?); guerra de la muerte contra la vida, para que no se crea eterna. “No me vengan con la apuesta de Pascal” le oí decir un día, “esas son todas macanas”.

En efecto, los hombres onettianos no tienen nada que apostar: el mundo carece de fundamento, o sea de más acá, y de redención, o sea de más allá.

Esta levedad de lo infundado y lo intranscendente sólo se altera, a veces, por la intensidad ilusoria que el alcohol concede a nuestras percepciones, o cuando una mujer y un hombre creen enamorarse y poderse comunicar, para comprobar que el lenguaje nada comunica y que la vida puede confundirse y hasta comulgarse, pero no entenderse y transmitirse como tal entendimiento.

Es el momento del amor onettiano, tan próximo al cuerpo herido, moribundo o en trance de descomposición de las Vanitas barrocas. Un poco de calor antes de morir.

La literatura, me parece, fue la contrapartida de Onetti frente a esta herencia de desolación. Sus criaturas no estan abandonadas por Dios y no pueden repetir las imprecaciones de Job.

Tampoco han perdido el Paraíso ni, por ello, sueñan con recuperarlo. No están condenadas, pero se sienten amenazadas, acaso más como habitantes de un limbo fundado en el olvido que de un infierno donde se pagan responsabilidades.

Ante semejantes peligros, tenemos la palabra, la cual, si bien no comunica el oscuro y sentido interior de cada soledad, al menos sirve para contar historias.

Cuando supe que Onetti había muerto, que la dama despiadada se le había aproximado lo suficiente, imaginé un gesto de incredulidad en su cara de niño tristón: también le habrá resulta do difícil de creer aquello.

Enseguida, me puse a revolver papeles, porque con el agónico uruguayo me había ocurrido algo estrictamente onettiano: cada tanto, un secretario de periódico me llamaba por teléfono y me hacía saber que Onetti se estaba muriendo y que el diario necesitaba una nota alusiva.

Así es como pergeñé y guardo cavilaciones de lector admirado y agradecido, tal si Onetti se hubiese muerto varias veces. Le agradezco, sobre todo, haber escrito la ¿mejor? novela rioplatense, El astillero (para eterna vergüenza de la vida literaria porteña, este libro no ganó el concurso Fabril Editora, en su momento, y se le concedió una mención honorífica junto a Martha Lynch) y también, no haber caído en el exceso en que suelen complacerse los escritores agónicos, exceso exhibicionista de su propio dolor, como si todos fuéramos deudores de ellos y el dolor tuviera carácter monopólico; y exceso de hipérboles desesperadas que, por inundarlo todo con su hiperbolismo, pierden la eficacia retórica que les corresponde.

Onetti nos deja una visión agónica del mundo pero en clave de comedimiento, en voz baja y con un extremo cuidado expresivo. El hombre es un animal escaso de dignidad, pero si ella reside en la escritura, debe vigilarla con todas sus fuerzas.

El hombre es capaz de articular su indignidad en indignación. ¿Lo maltratamos en Buenos Aires porque era el enésimo uruguayo con talla de protagonista que venía a humillar a la orgullosa París de las pampas?

En efecto, uruguayos fueron: el fundador del teatro nacional (José Podestá), el inventor de la poesía gauchesca (Bartolomé Hidalgo), el dramaturgo fundacional (Florencio Sánchez), el mayor cuentista argentino (Horacio Quiroga), el divino Carlos Gardel y hasta el autor de La Cumparsita y la madre de Perón, quien resultaba, nada menos que el Summo Condottiero de la Argentina Potencia, uruguayo por parte de madre.

Muchas veces, en la Santa María de La vida breve, El astillero y Juntacadáveres vi una alegoría de la vida argentina: ese puerto equívocamente suntuoso y arruinado, aquella sociedad terminada antes de empezar, aquella gloria del fundador que era un autor de estafas, aquel taller de embarcaciones que ya no volverían a zarpar.

Copyright © Blas Matamoro. Este artículo fue editado originalmente en la revista Vuelta. El texto aparece publicado en Cine y Letras con el permiso de su autor. Reservados todos los derechos.


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