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Revelación de Ion y Desconexión de Nueva Luna

Índice de Artículos
Revelación de Ion y Desconexión de Nueva Luna
Desconexión de Nueva Luna. Capítulo I
Capítulo II
Capítulo III
Capítulo IV
Capítulo V
Capítulo VI
Capítulo VII
Capítulo VIII
Capítulo IX
Capítulo X
Capítulo XI
Capítulo XII
Capítulo XIII
Todas las páginas

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REVELACIÓN DE ION

Yo. Ion. Trito.

En el umbral de la vida me ha sido regalado un eco. Su impronta es lo que comparto con mis sucesivos.

Los signos y las señales son intensos. Son la memoria de quien todos sabemos. Son las palabras y obras del padre de todos los tritones.

Son un lejano lugar del futuro o del pasado. Sólo quien reconozca las señales será capaz de usar mi pluma. Ion no sabe.

En su tiempo, una persona lee la memoria de Ion. Y entiende. Ese es el fin de la memoria de Ion.

El legado de Ion es útil. Pero Ion no sabe.

En la noche siguiente a completar los mil cincuenta ciclos de la decimoquinta iteración Ion miraba la luminosa oscuridad entre Régulo y Burman. La noche trajo la calma, la serenidad y el arte de los sentidos. Al acallar los latidos, mi alma escuchó lo que su memoria comparte :

En el tiempo de otros, mil almas duermen al amparo de un valor. El telar de los firmes destinos tejió un tapiz de largas hebras. Su incierto dibujo es mi deleite y mi pasión. Guía mi rumbo con firmeza la mano del que no espera por el tortuoso sendero imaginado por aquella de largos ojos.

Navegamos entre las hogueras de campamentos ancestrales. Jalonan nuestra travesía cientos de puertos mudos de sí mismos. Venciendo la eterna deriva que mi alma desea, mi corazón me lleva sobre olas de energía hasta sus refugios. De su propia nada, poco nos cuentan los renuentes.

Derramo lágrimas sobre altivos pasados tan difuminados como el mar bajo la noche. Contemplo extasiado el color del venenoso aliento de cien mil dragones cubriendo el paraíso inalcanzable. Tiembla mi mano al sostener el guiño que mañana no estará en mitad de un paisaje cambiante. Pero el silencio, siempre, acalla incluso al eco de nuestras preguntas.

Sin el más leve estremecimiento, sin mirar atrás, retomo el ansiado periplo arrastrando a mi corazón, una y cien veces, tantas como lo abandono; tantas como mis fuerzas lo permitan. El sueño y la fe de los mil me dan fuerzas para continuar ajeno al desaliento.

Detrás de la sombra que cruza las cartas espera nuestra fortuna. En el confín de la espira aguarda el vórtice que el capricho de la de los largos sueños colocó para que su viva incertidumbre compensara la milimétrica precisión de la ruta destinada a los que desgranan avariciosos.

El portal de la suma nos engulle con indiferencia. Una vez más, abandonamos la estela pero ahora para ser dudas, inciertas manchas sin relevancia en la macabra danza. Emulamos, más allá del deseo, el periplo escogido por aquella de los largos dedos.

Sumidos en el caos, nuestros suspiros acompañan al transcurso de eones. Miríadas de historias desaparecen en el vaho de nuestro aliento. Nuestros latidos marcan el compás de sinfonías galácticas. Nacen y mueren universos en los desesperantes parpadeos de excesivas dimensiones.

Este caos donde aprendimos que el azar que combina la vida no es el mismo que el que la hace eterna : fútil conocimiento, valiosa arma; este caos que se revela como el nexo entre la nada y el infinito : cruel destino, delicioso sueño; este caos nos interroga, curioso, sobre nuestro propósito y nuestra derrota: terrible pregunta, necesaria reflexión.

El camino es una búsqueda de la vida y la naturaleza perdidas. La meta es sentir. Sentir el aliento cambiante de un mundo joven. Sentir el rumor de un mundo mecido por la mano de sus lunas. Sentir el abrazo de un mundo de tierra feraz y generosa. Sentir la explosión abrumadora de la vida bullendo en nuestros sentidos ahítos de sensaciones.

Y allí, bajo nuestros pies, se encuentra el culmen de nuestras aspiraciones. Y siento cómo mis días de gloria han llegado a su fin, comenzando, por fin, los de mi preciada carga. El largo viaje ha terminado. Es hora de descansar. Es hora de guardar silencio. Es hora de dormir. Es hora de soñar.

El dulce sueño de la criatura mecida por los amorosos brazos de una madre.

Pero los sueños hermosos no duran. Y la promesa se convierte en pesadilla. De las entrañas del mundo y de sus afiladas aristas, surge la venganza por la virginidad perdida. Los padres de la raza ven ahogado su dolor por el salvaje aullido de la fiera naturaleza que los separa de su alma.

Las lágrimas que sus hijos derraman atraviesan mi silencio como hierros candentes. Y desde el faro de la bocana digo adiós al arrullo de las olas de energía, a la llamada de las cartas y sus incógnitas, a la magia del horizonte azul del océano del universo. Sin tener ocasión de mirar atrás por última vez.

Sucesiones de afanes regalan sus voluntades al futuro. Uniendo lo que los distingue para obviar lo que los iguala. Construyendo la que será la más grande de sus fortalezas. Una y otra vez lo que se yergue se derrumba y todo lo que se desmorona se vuelve a levantar sobre los restos polvorientos de los muertos y sobre sus intactas voluntades.

Inmunes al desaliento, emulando la lucha que sus ancestros bregaron sobre el cielo que les observa. Cielo e infierno separados por una delgada línea luminosa los contemplan e iluminan. Y la promesa es conquistada, aunque eso signifique renunciar a la propia promesa y renunciar a mi corazón.

Millones acuden, atraídos por la prosperidad, cada uno con la carga de su propio ayer, con el lastre de sus propias ilusiones, con la angustia de sus propias esperanzas. El doloroso pasado continúa construyendo el futuro, dando forma a los afanes y llevándolos por el sendero trazado para seguir construyendo.

Rodeado de mis vidas observo por fin su felicidad y la recompensa es mucho mayor de lo esperado. Nuevos océanos y tempestades me aguardan. Nuevas aventuras, nuevas luchas, nuevos retos; millones de nuevos retos. Tan nuevos para mí como lo fueron los dirimidos en las largamente desgranadas singladuras.

Pero los hombres acomodados dejan de construir y de soñar.

Dejan de tener inquietudes. Y esta carencia provoca las mías. Sin saber por qué necesito reencontrar la angustia de la incertidumbre que el viaje, el mundo y el hombre encierran tan celosa y caprichosamente. Sin saber por qué siento que la perfección que me rodea está hediondamente muerta.

Existe una posibilidad de revivir la sangre de esta antigua raza de titanes, pero desapasionadamente, hay que desbrozar. Es tiempo de que el tamiz de la criba del cedazo perciba que el propio camino es el fin. Y reanude la marcha que interrumpimos donde nuestros más arcanos sentidos nos lo exigieron.

Entre pliegues de sombras góticas, entre dulces memorias de lotófagos, entre sueños de crisálidas, ¿dónde encontraré quien domeñe el canto de los púlsares ? ¿dónde encontraré quien cabalgue sobre la cresta del huracán? ¿dónde encontraré quien nos guíe por el sendero de los vagabundos ?

Pero es cierto que el tiempo ha llegado. Si para el arrojo y la inconsciencia que la epopeya legendaria exigía hubo un sólo corazón, hoy hay dos para la serenidad y la firmeza que requiere la terrible tarea de sepultarla en el polvo de sus propias cenizas. Sus atronadoras pulsaciones retumban en mis entrañas exigiendo su lugar; exigiendo su regreso al crisol del éxodo.

El unicornio dentro de mí busca una y otra vez la respuesta a la eterna, esquiva y olvidada cuestión, abandonada allá donde se cierra la línea del horizonte. Pulsa, afinador en su tarea, las cuerdas de mi memoria que resuena, gramola anciana, con extrañas armonías de partituras que no recuerdo. ¿Dónde vamos?

El águila de fuego es la voz que clama en el desierto. Su mirada lo incendia todo a su alrededor y su serenidad poderosa contiene el fuego de las entrañas del mundo. Grita desde las montañas. Grita en nombre de los que no pueden hacerlo, acallando millones de murmullos. Grita para ordenar mi silencio.

Pero si la sangre y su agitación no eran ya señales suficientes, los ciclos que la de los largos latidos dispuso nos regalan un ángel para que habite entre nosotros y traiga luz a un mundo de vetustas tinieblas. Espíritu puro como la brisa del amanecer. Belleza como el amor de una madre. Música como fuente pura de ventosas estaciones. Luz para mis corazones.

Atlantes poderosos, por fin, capaces de tomar las riendas del mundo. Azar imposible su tríada. Es evidente que la serie infinita se desprende del lastre indeseable de otra época. Y en su trémula y hialina transparencia entreveo un sobrecogedor futuro. Desapasionadamente, hay que desbrozar.

El fin comenzó cuando decidimos adornar los sueños de los hombres. Ese día, cambió la historia. Ese día la arena gimió sobre el camino de cristal. Millones de finos engranajes quebraron sus dientes. La sombra se extendió marcando el principio de un momento incierto.

Ese día, escuché por fin el grito del águila de fuego. Ese día el unicornio encontró la respuesta a la gran pregunta. Ese día el unicornio comprendió. Ese día el águila comprendió. Ese día no quise escuchar y no quise entender. Maldito sea el azar que me puso en mitad del camino de la historia.

Ese día el unicornio y el águila de fuego se encontraron en una llanura en la que si tu vista pudiera extenderse lo que estás viendo no tendría fin. Lejos de la vida, de la razón y de su ángel. Lejos del amor. Maldita sea la ciega arrogancia que me supuso libre por fin de su inquietante influencia, de su poderosa presencia.

Ese día el angel dijo adiós al corazón. Su melancolía se transformó en la alegría y el deleite de muchos, deseosos de creer en la magia que sus suaves sueños les contaban. Sus versos mimaron las escondidas ilusiones de los que descansan en el lecho de su legado. Y creí que mi respuesta estaba por fin cerca. Maldita sea mil veces la inocencia que adormeció mis sentidos.

Vacíos de su vida, la voluntad los fue llenando. El angel vagó por ágoras y academias, picoteando sabiduría para rellenar el hueco de su amor. El unicornio abrió sus ojos a la belleza del mundo que siempre había ignorado, refugiado en su palacio de cristal. El águila extendió sus alas sobre el mundo que desconocía, para reconocer su delicada naturaleza y su intrincada perfección.

Los lazos entre ellos crecieron hasta enlazar sus venas y confundir sus sueños. Lava ardiente inundó el corazón del unicornio; perturbadoras y ancianas canciones sobrecogieron el corazón del águila. El recuerdo del ángel susurraba sobre sus párpados del poniente al naciente.

Las sombras cubrieron la memoria de mis corazones. Rehuyendo su pavorosa responsabilidad, se escondieron del mundo y de los hombres. Cabalgando sobre el viento, cobijados por el manto de la creación, alimentados por el jardín de la vida, jugaron a olvidarse de sí mismos, cada uno esperando que el otro le diera una señal.

Vacíos de su vida, hazañas y proezas la fueron llenando. El viento diseminó las semillas de sus aventuras y su vitalidad las hizo crecer como aliento nuevo de este planeta moribundo como espejo de vidas que merecía la pena vivir. Pero, finalmente, contemplaron la verdad en la mirada y las palabras del otro. La señal largamente demorada.

Y por fin emprendieron su misión porque, desapasionadamente, había que desbrozar.

El unicornio regresó. En sus manos la roja prueba de la naturaleza de su sangre. En sus labios el cebo preciso para el trofeo más deseado. En sus ojos, la serena y llamativa mirada que contempló el primer sol. En su pecho, el poder de las estrellas templado por eones. En su alma, la férrea determinación de vencer.

La fiera soberbia cegó en segundos siglos de conocimiento. Glotón, me abalancé sobre tan ansiado y precioso bocado: una nueva historia. Ansioso, fieras dentelladas hendieron una esquiva nada: escurridiza y anciana sabiduría. Goloso, ni el hastío de sucesivas derrotas añadían ni un ápice de amargura a la dulce miel que se me ofrecía: la imaginación.

La excitación de la novedad fue reemplazada por la angustia de su inaccesibilidad. El miedo me hizo excesivo, desproporcionado. Para destruir al impertinente insecto derribé con mazas el edificio del saber. Para pescar al taimado pececillo congelé océanos de sangre. Para capturar al raudo mensajero envié fieros ejércitos de fantasmas.

Entre el rumor de las hojas del árbol del mundo escucho cómo el invierno avanza y sé que mi verdugo se acerca con la afilada hacha. Descargo mis iras contra él. La palabra se yergue contra el tocón, despertando arcanos pliegues de dolor, hendiendo su filo sin voluntad.

Mis instintos protegen por última vez el llanto de millones. Pero mi arrogancia se eriza, mortalmente herida; mostrando su más anciano rostro. Observando en rápida sucesión el origen del reloj, mientras mi verdadero nombre se descubre. El recuerdo quiebra el último vestigio de mi razón.

Las hormigas recorren avariciosas el lazo unidimensional. Las salamandras huyen voluptuosas hacia la dimensión de su creador. El agua cae eternamente hacia el principio de la cascada. Sobre un mosaico recurrente de ángeles y demonios, juntos, en un abrazo, bailamos una danza compuesta hace miles de años.

Hoy era tan sólo un día más. Pero es el día en que tu mundo se acaba. La aplazada venganza por la robada inocencia contemplará aprobadora la debilidad de sus raptores. Las torres caerán. Las luces se apagarán. El espanto y la confusión lo envolverán todo. El caos brincará entusiasmado sobre escombros semivivos.

Y nadie te habrá advertido. Pero serás igual a los demás, porque nadie estará preparado. La historia nos aplastará para desaparecer y la obviedad de nuestros días nos disolverá. Ningún futuro sabrá de nuestro tiempo y nuestras vidas porque una mancha de oscuridad cubrirá las trazas de la nada que construimos.

Sólo el pasado nos mantendrá juntos. Sólo el pasado nos traerá al presente.

Nuestras vidas están en las manos del ángel. Y en las alas del águila de fuego está la vida del ángel. El corazón del águila encierra el poder del mundo, pero necesitará la fe de millones para tener el valor de desencadenarlo. Y aún así, ni la energía de las estrellas se sostendrá sin el delicado aliento de la fuerza más poderosa de toda la naturaleza.

El ángel encontrará la verdad, es nuestra esperanza. El ángel encontrará el camino, sabrá qué debe hacer. El ángel encontrará las palabras, reunirá el valor. El ángel encontrará otro corazón, encontrará su corazón. El ángel nos traerá el descanso, nos devolverá al sueño.

Sólo el pasado nos mantendrá juntos. Sólo el pasado nos traerá al presente.

Unidos en nuestro último abrazo.

 



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