
Rosa Chacel (1898–1994) y Francisco Ayala (1906–2009) son estudiados por Blas Matamoro en su condición de exiliados que transformaron la privación en un estímulo para la creación de sus obras.
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Los psicólogos que han estudiado, desde el ángulo de su disciplina, el fenómeno del exilio, suelen categorizarlo en tres actitudes principales. La primera es la del ostracismo, que se caracteriza porque el exilado admite que sufre un castigo, sea que lo considere explícitamente injusto o solapadamente correcto.
El desterrado padece la lejanía de su tierra como una carencia, una prohibición y una penuria, viendo al país de llegada como un lugar de sufrimiento, comparable a un confinamiento o una prisión. Sus reacciones ante los habitantes aborígenes están transidas de odio y envidia, y suelen resolverse con distancias que aíslan y fobias que actúan en función defensiva. La segunda es la solución del converso.
Consiste en jugar al olvido del país de origen y a un arraigo en el lugar de llegada, al cual se considera su tierra de siempre. El converso tiende a copiar con rapidez las conductas locales: lengua –en su caso, pronunciación idiomática, modismos, vulgarismos–, indumentaria, comida, festejos masivos, fechas patrias, historias lugareñas, tradiciones orales. Esta adaptación mimética suele tener efectos divergentes. Ayuda, en un sentido, a la adaptación del exilado a su nuevo espacio cotidiano pero, por otra parte, produce en determinado momento un punto de inflexión crítica cuando, pasado el primer periodo de conversión, se advierte que el exilado no comparte con los lugareños una historia común y que el mimetismo tiene límites que obligan a replantearlo. Es la que acostumbra denominarse «crisis de extranjería», que pone en tela de juicio la identidad del desterrado, hasta ese momento aparentemente resuelta y compacta.
La tercera es la más característica del exilio como privación y, en sentido formal, la opuesta y simétrica a la anterior. El exilado propende a idealizar la patria, suprimiendo lo que el exilio tiene de tal, o sea de expulsión, de traslado compulsivo e involuntario, de imposición en cierto modo penal. Ha dejado lo mejor de sí lejos y en un espacio inalcanzable, protegido de las usuras del tiempo, un lugar utópico y, en consecuencia, desprovisto de historia.
Desde luego, está escindido de su mejor parte, pero su evocación le produce un gozo melancólico donde se compensan la voluptuosidad complaciente y la tristeza del alejamiento. La relación de este tipo de exilados con el lugar de arribada es de desprecio y reticencia, ya que nada resiste la comparación con esa suerte de paraíso –o sea: escenario de plenitud y expulsión– que, como todos los paraísos, sólo existen en tanto perdidos. Este exiliado, al revés, que el converso, rehuye cualquier parecido o identificación con el país de acogida, acentuando su casticismo s de origen, sin reparar en que pueden congelarse en una posición anacrónica.
Tenderá, por ello, a considerar que la gente local no entiende sus códigos, aunque se manifieste en su misma lengua, y atribuirá esta dificultad de comunicación a la incultura y zafiedad de los lugareños. El exilio republicano español, dadas su vastedad, dispersión de lugares y larga duración, ofrece toda clase de opciones y admite las categorías que acabo de esquematizar. He seleccionado dos casos, el de Rosa Chacel y el de Francisco Ayala, porque constituyen contrapuestos y opcionales ejemplos de elusión del exilio, y porque ambos coincidieron parcialmente, en el tiempo y en el espacio: la Argentina de las décadas de 1940 y 1950.
Los textos más utilizados son el de Chacel (Alcancía. Ida, Seix Barral, Barcelona, 1982) y el de Ayala (Recuerdos y olvidos. 2 El exilio, Alianza, Madrid, 1982).
Eludir el exilio implica zafarse de las categorías antes señaladas e intentar, sobre todo, des legitimar al poder exiliador, o sea la dictadura franquista, al igual que España en tanto categoría esencial e intemporal. Chacel lo mismo que Ayala, aunque con sensibilidades y puntos de vista distintos, ven a España como un lugar al que, en variable medida, siguen perteneciendo, pero que se les ha vuelto históricamente inhabitable. Dice Ayala, sintetizando con elocuencia la situación: «Ahora España, otra vez lejana, se me había hecho ajena y prohibida, quizá para siempre.»
Los dos escritores tienen algunas otras marcas comunes. Pertenecen a la misma promoción de jóvenes que experimentaron algunas fórmulas de las llamadas vanguardias de los años veinte. Chacel (1898–1994) y Ayala (1906) se suelen incorporar a la llamada Generación del 27, que empieza su andadura más o menos cuando los manifiestos del surrealismo francés y a poco de instalado el creacionismo poético en España, por la influencia de Vicente Huidobro sobre Gerardo Diego y algunos nombres menores de las letras españolas.
A su vez, desde España se exportará el ultraísmo hacia tierras americanas. En los dos autores de los cuales me estoy ocupando, el episodio aproximadamente vanguardista deja escasa huella. Los textos canónicos respectivos los han hecho en el exilio y esta circunstancia no resulta casual.
Al transterrarse, como diría José Gaos, se da en ellos una suerte de revisión de su historia literaria. Chacel había escrito unas pocas narraciones (Estación, 1930) y sus libros decisivos (Teresa, Memorias de Leticia Valle, La sinrazón, Barrio de Maravillas, Saturnal) se producen en el exilio, entre 1940 y 1960. En cuanto a Ayala, se puede concluir algo similar.
Lo que llevaba escrito en España al partir hacia el destierro es su obra inicial: Tragicomedia de un hombre sin espíritu (1925), Historia de un amanecer (1926), El boxeador y un ángel (1929) y Cazador en el alba (1930).
Al igual que su paisana, sus títulos decisorios son obra de exilado: los ensayos de Razón del mundo, sus textos sociológicos y las narraciones de Los usurpadores, La cabeza del cordero, El fondo del vaso, Historias de macacos.
Chacel y Ayala son gente de provincias –Valladolid y Granada, respectivamente– instalada en Madrid y con algunas temporadas fuera de España, antes de la guerra. Ayala estudió en Alemania y Chacel vivió en Roma entre 1921 y 1927. En 1938 inició un exilio que pasó por Atenas, Ginebra, Río de Janeiro y Buenos Aires, hasta que en 1974 se reinstaló definitivamente en España.
El periplo de Ayala comprende Buenos Aires (1939–1950), Puerto Rico (1950–1956) y los Estados Unidos, desde entonces y hasta su retorno a Madrid en 1980. Estas similitudes de lugares y fechas no implican diferencias en otros órdenes, como intentaré mostrar de seguido. En cualquier caso, subrayo, desde ahora, que hay una fuerte coincidencia de fondo: se trata de evitar que el exilio legitime al poder exiliador y de no idealizar la patria perdida como el único bien de este mundo.
En Chacel, debido a una suerte de vocación personal por .cierto extrañamiento sostenido en constantes abstracciones. En Ayala, por una actitud de arraigo y convivencia en cada sitio de llegada. No hay penalidad admitida como correcta ni nostalgia de una España, de momento, indeseable. Por sendas divergentes, ambos escritores convierten la privación en estímulo para la producción. Conviene, antes de entrar en exámenes puntuales, sintetizar la situación argentina de aquellos tiempos. El régimen político que imperó entre 1932 y 1943 fue de una aparente normalidad democrática, aunque avalada por el fraude electoral.
En 1943 hubo un golpe de Estado de inspiración fascista, del cual surgió el entonces coronel Juan Perón, quien articuló una suerte de pacto entre el Ejército y los sindicatos expurgados de cualquier izquierdismo, hasta resultar elegido presidente de la Nación en 1946.
Otro golpe de Estado lo derrocó en 1955. Al revés de lo ocurrido en México, entonces presidido por Lázaro Cárdenas (1934–1940), en la Argentina los sucesivos gobiernos, tanto civiles como militares, simpatizaban con Franco, mientras la mayoría de la colonia española era, con los matices y hasta encontronazos del caso, partidaria de los republicanos. Si de parte oficial no hubo expresivos apoyos, tampoco se manifestaron hostilidades. En compensación, los sectores privados –periódicos, revistas, editoriales, empresas de todo género– resultaron hospitalarios para la emigración española. Su presencia en los medios de comunicación y el mundo del espectáculo, fue muy notoria. El auge de la industria editorial argentina se debió mayormente a su aporte, como se verá, y en ella los nombres españoles figuraron siempre en primer término.
El hecho de que la Argentina hubiera sido hasta 1930 y volviera a ser desde 1945, un país de inmigración, favoreció este trasvase, ya que la presencia española, como la de otras colectividades europeas, resultaba habitual desde siempre.
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Francisco Ayala, mentalidad escéptica, tendente a resolver problemas concretos y a no plantearse enigmas insolubles, se resiste a hacer grandes categorizaciones acerca del exilio. N o hay para él unos países o unas sociedades proclives u hostiles a los exilados, sino personas determinadas que los favorecen o agreden o mantienen distancias indiferentes. Esto se da tanto en países cuyos gobiernos acogen favorablemente al exilio (el Chile de la Unidad Popular y –quién lo diría– la República Dominicana de Trujillo) como en los que resultan reticentes en la materia, tal el caso de la Argentina, enfeudada a la diplomacia inglesa hasta 1943 y, luego, simpatizante del Eje, aunque sin excesivo fervor visible.
Entre los partidos políticos, las izquierdas, los radicales y hasta algún sector del conservatismo –como son los casos del populista diario Crítica de Natalio Botana y el liberal La Prensa de la familia Gainza Paz simpatizaban con los republicanos, mientras los nacionalistas sin partido y las derechas fóbicas de cualquier «rojez», con los franquistas. En todo caso, como lo muestra Ernesto Goldar en su libro sobre los argentinos y la guerra civil española, hubo en el país del Plata numerosas manifestaciones de organizaciones cívicas y personalidades públicas que hicieron suya dicha guerra, aun en los medios menos predecibles como el espectáculo y el deporte.
Fiel a su planteamiento, Ayala se ocupa de personas y lugares concretos, sin hacer diferencias de nivel, desde escritores notorios como Lorenzo Varela y Rafael Dieste, hasta periodistas de módico alcance, como José Venegas.
De paso, pueden compararse visiones disímiles de un mismo objeto, si se leen, en paralelo, las impresiones que Chacel y Ayala tienen de una misma ciudad, Río de Janeiro, por ejemplo. La cantidad de datos que el segundo proporciona frente a la mirada abstraída de la primera, marcan una radical diferencia de talante. Observa, además, Ayala que por razones económicas muy concretas, la mayor parte de los exilados, a poco de instalarse en la Argentina, alcanzaron un nivel de vida superior al que tenían en España. Y, cabe imaginar, al que tendrían de haber podido permanecer en ella.
En efecto, la Argentina, golpeada por la Gran Depresión desatada en 1929, aunque en medida relativamente menor que los países más industrializados, empezó a corregir sus efectos a partir de 1937 y conoció cierto auge económico durante la guerra, debido a que muchas importaciones cesaron y debieron suplirse con producción nacional, creándose industrias y fuentes de trabajo, al tiempo que se vendían ingentes cantidades de provisiones a los ejércitos en lucha, en especial al británico, lo cual fomentaba la neutralidad argentina en la guerra, en coincidencia con los sectores pronazis y cuestionada por los simpatizantes de Estados Unidos y las izquierdas prosoviéticas.
Para la emigración española, esta expansión productiva, acompañada por un alza en el nivel de vida de los consumidores, estimulada por una política proteccionista, tuvo buenos efectos tanto en términos generales (empleos en todas las ramas de la producción, sin necesidad de aprender una lengua extraña) como particulares, en cuanto a las industrias de la cultura: editoriales y cinematógrafo, en especial. Argentina se convirtió en el primer productor de libros y películas de habla española, ocupando posiciones expectantes en toda Hispanoamérica.
En todas estas empresas, los españoles tuvieron oportunidades de colocación favorable. Eran una minoría culta que no chocaba con la competencia de una inmigración masiva, entonces aún en suspenso. Un rasgo notable de la mencionada elusión del exilio es la consideración distante que Ayala tiene de la guerra civil. Hijo de un hombre asesinado por los insurrectos, no evoca apenas escenas de la contienda ni propende a situarse con facilidad en el bando benéfico y derrotado. Más bien, al contrario, practica siempre una suerte de matización que intenta asumir el proceso de preguerra y guerra como contradictorio. Así aparecen personajes liberales orteguianos, como los Garrigues, que anclan en el franquismo, mientras José Antonio, fundador del fascismo español, salva la vida del socialista Jiménez de Asúa en una trifulca universitaria durante la cual uno de sus futuros partidarios está a punto de romperle la crisma a sillazos al magistral penalista del que tantos argentinos fuimos luego felices discípulos.
En sentido opuesto, no pasan inadvertidas para Ayala los profundos quiebres del sector republicano, ante todo por la vigencia de los dos dogmatismos más dañinos: el socialista y el nacionalista cuando, valga la redundancia, se tornan dogmáticos. Ayala se aleja ostensiblemente de todo maniqueísmo, en especial el que sufrieron muchos exilados para los cuales el mero hecho de que un español permaneciera en la España de Franco lo volvía irremediablemente franquista.
Ayala, en cambio, preparando quizás a la distancia una reconciliación nacional dentro de otro régimen político que la hiciera posible, intenta siempre reanudar o establecer contactos con españoles del interior, fueran conocidos suyos de la preguerra o nuevas apariciones traídas por el tiempo de la historia cultural española. El mundo de las ideas políticas es, para nuestro escritor, diáfano en el plano teórico, pero incierto en el orden práctico, porque ninguna ambición teórica puede servir para descifrar exhaustivamente el complejo mundo impredecible de los hechos históricos. El emigrado intenta rehacer su vida de familia. Reúne a su mujer y a su hija en modestas instalaciones, luego atrae a una hermana y a un hermano. El otro, Vicente, queda en España un tiempo. Preso de los nacionales, es obligado a servir en su ejército, él, hijo de un ejecutado por sus compulsivos compañeros de armas.
Los trágicos zarpazos de la guerra siguen incidiendo en el destierro. Con todo, Ayala, imbuido, aunque no lo declare, de un ánimo restaurador y eludiendo todo castigo inherente al exilio, vive trabajando, ganando posiciones, explorando cualquier posibilidad de supervivencia, periodismo y traducciones en primer término. Su memoria retiene, a la hora de escribir sus recuerdos y dejar en blanco sus olvidos, detalles y tradiciones. Es un mirón detallista que confía, además, en el chisme como medio, no tanto de información sino de creencia, que tiene tanta relevancia en los libros clásicos de memorias. Prolonga una secular tradición española, aquella de los avisadores del barroco, Pellicer y Barrionuevo, que recogían especies en los mentid eras madrileños donde aparecían verdaderos o supuestos sujetos con buena tinta de la corte, para desaguar luego en los grandes ejemplos de Torres Villarroel en el XVIII, Mesonero Romanos en el XIX Y Baraja en el XX.
¿Cuántos cotilleos alimentan las memorias de Casanova, Rousseau, Chateaubriand y, último y supremo, el conde de Saint–Simon? ¿Qué sería del novelista Proust sin los chismorreas del chismoso Proust?
Estructuralmente, el comadreo es la forma moderna del mito, la historia menuda que todos creemos sin pedir ninguna prueba documental. Basta con la persuasión que emana de su verosimilitud, alimentada, a su vez, por las creencias de una época. Ayala, buen sociólogo de la microsociología que tanto utiliza su admirado Gilberto Freyre –al cual presentó al público de nuestra lengua en un temprano artículo de la revista Sur– explora los decires de la calle contemporánea, sin ahorrar, en ocasiones, procaces minucias, Como todo memorialista, don Paco se refiere a sí mismo. Tiene una imagen consolidada de su yo, al cual despoja de toda situación problemática.
Posee el secreto optimismo de los escépticos, que nunca esperan recompensas de la vida y cuantas van obteniendo, los hacen felices. Su matrimonio, escuetamente delineado, lo mismo que su paternidad, parece sereno y armonioso. Sus casas, decorosas y sumarias. Sus labores, incesantes, sin llegar a la extenuación.
Está contento de sus libros y recoge los elogios de los colegas y los críticos, sin añadirles ecos inoportunos. Los deja caer y los escucha con la misma atención que pide a sus lectores. Si consigo mismo no tiene relaciones problemáticas, tampoco las busca con los demás, sin que ello evite reconocer que hay prójimos difíciles. Pero bueno, como diría a menudo. En todos los casos, la ironía, suave y elegante, le sirve para admitir el espectáculo, a menudo ridículo, de la condición humana. Pero a la hora de elogiar, no se retacea y el conjunto da la impresión de una selección ecuánime. Hay una recóndita fe en la justicia de la vida, que es, sobre todo, justicia privada, reconocimiento íntimo. Si se obtienen favores públicos, miel sobre hojuelas, pero nunca son los verdaderamente importantes.
Las virtudes humanas son de tamaño humano, nunca heroicas ni geniales. Y esto, vista la violencia incomparable de la época que le toca vivir, entre la falsa paz de Versalles y la paz catastrófica de Hiroshima y Nagasaki, no es poca serenidad estoica, acaso inspirada por otro andaluz, Séneca. Ayala, cuya edad se acerca al siglo, ha visto caer altas torres: Hitler, Stalin, Franco, el muro de Berlín.
Estuvo entre los derrotados españoles de 1939, hubo de huir al exilio y saltar de un país a otro, pero lo mantuvo firme la paciencia de esperar que ciertos sangrientos castillos de naipes se dispersaran en el viento de los años. Acaso sea ésta su percepción de la historia, que lo atrae con su enigmático curso imprevisible. De sus múltiples labores, destaco varias fundaciones, que acaso rememoraron en él, como en tantos españoles, la figura del pionero hispánico en tierra de Indias. Con Rafael Alberti y Rafael Dieste inició Nuevo Romance, pequeña editorial sostenida por el mecenazgo del industrial José Iturrat, colaboró también en la primera andadura de Emecé, cuyo nombre proviene de la eme de Medina, el contable y la ce de Arturo Cuadrado, el poeta, junto al pintor gallego y argentino Luis Seoane y al abogado porteño Luis Baudizzone, luego vendida a acaudaladas familias, los Braun Menéndez y los del Carril.
En la entonces novedosa Universidad del Litoral, en Rosario, Ayala inicia los cursos de sociología, antes de que Gino Germani lo hiciese en Buenos Aires. En 1948, en compañía de Francisco y José Luis Romero, dos andaluces afincados en la Argentina, cumple otra fundación, la revista de pensamiento Realidad. Fue, curiosamente, una iniciativa de un novelista, Eduardo Mallea, y contó con varios sponsors: Carmen Gándara y las editoriales Sudamericana y Losada, obra asimismo de españoles emigrados. Más tarde, en Puerto Rico, le toca echar las bases de los estudios sociales y dirigir la edición universitaria, entre cuyos títulos cuenta la revista La Torre (1951).
Ayala reconoce el decisivo apoyo que tuvo de dos emigrados españoles, el economista Medina Echavarría y el novelista Serrano Poncela, y del portorriqueño Jaime Benítez, rector de la universidad local. Larga es la lista de personajes que va desgranando la memoria de Ayala. Los ha observado con minucia de novelista y sus recuerdos son igualmente pormenorizados. Los retratos abundan, variables: admirativos, pintorescos y sutilmente sarcásticos.
Entre los españoles que anudan sus exilios en tertulias de café hay un poco de todo, nunca el previsible y eludido patetismo del destierro. Ayala tiene una opción clara que soslaya cualquier penuria asociada a la interdicción de volver: vivir de la mejor manera posible allí donde la deriva de los hechos le permita abrirse camino. Su contrafigura es el gallego Gori Muñoz, escenógrafo que prosperó en los buenos tiempos del cine y el teatro argentinos, ilustrando también ediciones de libros.
Tal como Ayala lo evoca, es el típico condenado al ostracismo, que detesta a los lugareños, primero en París y luego en Buenos Aires. Igualmente contrapuestas son las presencias de dos importantes editores: Antonio López Llausás, el de Sudamericana, y Gonzalo Losada, el de la casa homónima. Aquél, catalán, había colaborado con Cambó, en Barcelona, en la edición de clásicos de su lengua, en la institución Bernard Metge. Fundó en la capital argentina una entidad que reuniera a escritores en castellano junto con novedades de otras procedencias y Ayala lo describe como persona cordial y acogedora. Menos favorecido resulta su colega, a quien atribuye un mecenazgo algo fanfarrón y no muy claras cuentas a la hora de pagar derechos de autor.
No obstante, el emporio de Losada, ahora trasladado a Madrid, juntó a unos cuantos eminentes españoles a cargo de sus colecciones: Guillermo de Torre, siempre personalísimo en sus gustos, en literatura; Amado Alonso en lingüística; Luis Jiménez de Asúa en derecho; Lorenzo Luzuriaga en pedagogía; Francisco Romero en filosofía. No es pobre cosecha, según se ve. Nombres de menor resonancia se cuelan igualmente, como el tertuliano Javier Farías, que intenta rehacer en los cafés porteños las piñas literarias de la Puerta del Sol y la calle de Alcalá; Mariano Perla, el periodista que inventó los microprogramas de televisión; Jacinto Grau, un dramaturgo olvidado que valdría la pena recuperar, más allá de su peregrina figura de impecune y gafe.
Por Buenos Aires pasaban igualmente exilado s de diversa radicación: Américo Castro, en perpetua polémica con Claudio Sánchez Albornoz en torno al gran fantasma histórico de la identidad hispánica; León Felipe, su poesía de voz en cuello y sus desafíos a la policía del peronismo que cuidaba las buenas relaciones con el gobierno de Franco; los que traían, confidencialmente, noticias de una España en la que se intentaba conservar la memoria de preguerra, como Dámaso Alonso, de imprevistos arrebatos de humor, y Alonso Zamora Vicente.
De ellos destaca el memorialista a Federico de anís, un empecinado castizo que exageraba en público sus aires de cazurro provinciano irreductible y que decidió su muerte por no soportar los deterioros de la vejez, en Puerto Rico. Gustaba de provocar discusiones, sobre todo con sus teorías sobre el determinismo geográfico de las literaturas en español. Luego, en la citada San Juan portorriqueña, las buenas compañías de Margot Arce y Ricardo Gullón, y la incomparable estela del ya viejo y siempre enfermizo Juan Ramón Jiménez, popularísimo en la Argentina, donde era seguido por una multitud de jóvenes poetas neorrománticos y un público de lectores devotos.
Desde luego, tratándose de JRJ, es ineludible citar algunas de las incontables pullas que hacía de sus contemporáneos, incluido el propio Ayala, indulgente con ellas. Hay una escena antológica en que el jinete de Platero habla con olímpica serenidad sobre poesía modernista en un manicomio poblado por internos vociferantes. Toda una alegoría del letrado romántico, imperturbable y rodeado por la locura del mundo. No menos nutrida es la nómina de argentinos.
Dos retratos están especialmente cuidados. Mallea, a quien Ayala describe perdido en indecisiones que lo remontan a las alturas de lo abstracto, donde intenta definir la identidad argentina en clave metafísica, tanto como sus inasibles narraciones. Y Victoria acampo, de quien se contaba con el retrato en panegírico que de ella había hecho Ortega en Madrid, dama de la alta burguesía que actuó de mecenas desde la revista Sur y la adyacente editorial: una mujer apasionada por la cultura de todo género, con fama de altiva, autoritaria y snob pero que Ayala entiende generosa a partir de un fondo de ingenuidad seductora.
De los entonces jóvenes cuentan Daniel Devoto, músico y escritor –rareza en nuestras letras– y, especialmente, Julio Cortazar, a quien Ayala ofreció alguna página de Realidad para ocuparse de Adán Buenosayres, la curiosa novela de Leopoldo Marechal, dejando de lado su condición de peronista, que no compartían ninguno de ellos, condición que lo disminuía a los ojos de buena parte de la intelectualidad. Siguen los retratos argentinos con Ezequiel Martínez Estrada, que defendía en «la cabeza de Goliat», como él llamaba a Buenos Aires, su perfil de provinciano y dueño de los misterios telúricos del interior del país; el atrabiliario talento de Héctor A. Murena, sombrío y apocalíptico profeta de la decadencia argentina; el matrimonio afable y cordial del pedagogo Juan Mantovani con su mujer Frida Schulz; el dominicano Pedro Henríquez Ureña, siempre en maestro de sucesivas generaciones desde el México de principios de siglo, y argentino de adopción, del cual describe un inopinado final en un tren suburbano.
El ambiente porteño que evoca Ayala le suscita cariño y gratificación. Era una ciudad con recursos, cosmopolita, a la cual daban las resacas de las sucesivas desdichas europeas: la guerra civil española, el fascismo, las persecuciones raciales. Un público curioso, alimentado por la industria editorial más potente del momento en lengua española, con una escuela pública laica y democrática como no había conocido España, y en cuyas tertulias entre mundanas e intelectuales se podía informarse y discutir de todo lo divino y humano, lejos de la demencia política y militar de Occidente. Variadas reuniones pasan por estas páginas.
Ocurren en casas de la elegante burguesía, como las barrancas de San Isidro donde recibía Victoria Ocampo, el piso de Silvina, su hermana, y el consorte Bioy Casares, el hogar de Oliverio Girondo y Norah Lange, pero también las enfiladas mesas del café Tortoni, los asados pantagruélicos, al aire libre, del impresor Bartolomé Chiesino y las suculenta cocina italiana del restaurante Napoli, cerca del Mercado del Plata. Esta ciudad alegre y confiada vio cubrirse su cielo austral cuando llegó el peronismo, del cual Ayala da un retrato esperpéntico y excrementicio.
En el ambiente que él frecuentaba, nadie pareció advertir que estaba llegando. La Buenos Aires refinada y erudita era un puñado de calles y un sistema de salones a manera de invernáculos culturales. La rodeaba el otro país, que estalló con aspecto inesperado, pero que estaba hondamente precavido en la sociedad argentina. Seguramente, Ayala, como su amigo Borges, fue herido en su imperturbable escepticismo y se empezó a sentir descolocado. Borges se apuntaba a considerado irreal como una pesadilla de la que alguna vez se despertaría. Ayala, más pragmático y realista, decidió marcharse, primero a Puerto Rico y luego, a Estados Unidos, con un intervalo de un año, 1945, en Brasil.
De este periplo final del largo exilio americano, rescato dos figuras contrapuestas. Una es Gabriela Mistral, mujer cautivante y escena gráfica, defensora de una esencia americana que Ayala no comprende y que resulta, en verdad, mitográfica: la América india. La otra es el político portorriqueño Luis Muñoz Marín, hombre práctico y ejecutivo, que promovió el desarrollo de su isla comprendiendo la escasez de sus recursos, que exigía aliarse al vecino poderoso, los Estados Unidos. Alejado de cualquier ideología limitad oral y declamatoria, Muñoz Marín se ocupó de promover recursos para sacar a su mínimo país de la pobreza. Nada le preocupaban las esencias y sí la realidad de su porción americana como mestiza de hispánica y anglosajona. Un escéptico laborioso y emprendedor, sin duda, como el propio Francisco Ayala. De alguna manera, ambos creían que en la historia lo que se puede hacer es poco pero conviene saber en qué consiste, pues de lo contrario no es posible hacer nada.
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En los diarios de Rosa Chacel se pueden hallar los mismos temas que en las memorias de Francisco Ayala. Los recorridos son inversos pero el resultado es comparable porque las tareas coinciden, como dije al comienzo, en eludir el exilio. Rosa, obviamente, es mujer y se vive como tal, en el sentido de saberse poco vistosa (no tiene el privilegio de las bellas, que pueden colocar su cuerpo de cualquier manera), muy modestamente vestida con ropas que ella misma cose y recose como buenamente puede, irregular en sus costumbres sexuales, que no oculta aunque las alude sutilmente, dejando pasar con discreción las figuras de Concha de Albornoz y Fernanda Monasterio. Su familia está desordenada, pues ella vive en Buenos Aires con su hijo Carlos, mientras su marido, el pintor Timoteo Pérez Rubio, se ha instalado en Brasil.
Tiene dificultades para trabajar regularmente y pasa aprietos económicos, de los que sale, en ocasiones, con ayudas amistosas y una beca norteamericana. Escribe poco y con intermitencias, sus artículos y traducciones le proporcionan contadas rentas. No saca apenas partido de sus relaciones, que no abundan. Tiende al retraimiento y la soledad, que son su vocación y su penuria.
Todo ello explica sus nostalgias. No de España, cuya guerra civil le produjo espanto, por las barbaridades que estimuló a la vez, tanto por parte de los fascistas como de los facinerosos que abundaban en las filas republicanas. La huida al extranjero le resultó, en parte, un alivio, pero no el remedio a un malestar existencial que ningún lugar podía ir disminuyendo. De hecho, el único recuerdo concreto que le provoca algo de España sucede en una noche, cuando va al teatro a ver una deplorable función de zarzuela: La verbena de la Paloma, obrita maestra, y Molinos de viento, comedieta que detesta desde que la sufrió por primera vez, en Valladolid, allá por 1912 o 1913.
La reflexión sobre España, no su nostalgia, le viene de la manera más paradójica. Pasando por una venta de libros de lance – entonces situada en las traseras del Cabildo porteño –encuentra las obras completas de José Antonio, las compra y las lee. Sin omitir el compromiso del autor con los fascismos y sus macabras habilidades, no deja de admirar al escritor y reprocharse no haberlo leído antes. No hay razones para la falta de atención ni para que se mantuviera oculta la obra. Esto le permite discurrir acerca de la incapacidad española para ser, el mal de origen que impide existir a los españoles y que se disfraza de personalismo, cuando la realidad es que la persona española no se desarrolla por el cultivo –en sentido estricto, por la cultura– sino que se hipertrofia por la rabia, consiguiendo cegarse ante sí misma.
El resultado mayúsculo es que se confina en la indiferencia. A José Antonio, por ejemplo, ni siquiera lo perciben sus partidarios, empeñados en un españolismo epidérmico de castizo andalucismo y romo catolicismo clerical. En su caso, y sin distinguir entre vencedores y vencidos de la guerra civil, lo que a Rosa le produce su país es indignación y tristeza, por esa suerte de perversidad vocacional para desaparecer, ese dejar de ser percibida por los demás que empieza por el no verse a sí mismo. Las nostalgias de Rosa eran modestas y de índole concreta.
Una casa pequeño burguesa, un marido, los paseos del domingo con los chicos por el parque del barrio, lo que ve haciendo a la gente anónima de la ciudad, algo cercano e inalcanzable. En un sueño, el esposo se le aparece como padre y cuando se reúne con él en Brasil, el diario registra sus actividades como dueña de casa que apenas tiene tiempo para ir a la playa y darse un chapuzón en el mar. Rosa se convierte en una Maruja, acaso trivialmente feliz, pero tampoco satisfecha. Rosa se ocupa de sí misma en el espejo íntimo, más o menos reservado –finalmente, lo estamos leyendo nosotros, los del público– del diario. Lo hace en el sentido opuesto a don Paco. No se quiere tal como es, se examina analíticamente y pone en escena su naturaleza problemática, sin darle respuesta, orillando siempre una zona de angustia disolvente.
Por eso, el auto examen se despliega en un mayor espacio que el de su colega. «Una vida con sentido común, esto es con un sentido adecuado –social o profesionalmente– a mi verdadero ser, no la he tenido nunca» (7 de agosto de 1954). Es evidente, para el lector de estas páginas, la cercanía de André Gide.
Los diarios del francés, su continua actitud de análisis volcado en el espejo de la escritura, plantean inevitables analogías. Pero no son un modelo, porque Gide, a su modo, concilia y resuelve. No es un pensador existencial, tendido sobre la cuerda infinita de la vida, interrumpida por nudos memorables que a veces son una promesa de horca. Gide es un moralista. Por eso, Gide le interesa: hace lo que suelen hacer los escritores franceses, meter su vida en su obra, pero no la convence. «Nunca tuve simpatía por Gide y no a causa de sus pecados oficiales sino a causa de su manera de condimentados con virtudes » (Río de Janeiro, 2 de abril de 1955). Con todo, la atracción de Rosa por lo que no debe ser es innegablemente gideana.
Se le presenta en un sueño erótico que tiene con el actor Mel Ferrer, quien le ofrece una mejilla recién afeitada y que huele a loción. No le gusta pero la atrae. Hay una enmascarada necrofilia en sus preferencias por las cosas inertes. Está convencida de que no puede salvar a nadie y no se pregunta por qué se plantea las relaciones con los demás como una tarea de salvación imposible. Tiene la turbia sensación de que si alguien se le acerca en demanda de salvación, habrá de hundirse. Detrás de su actitud orgullosa se oculta una maniobra autodestructiva.
Alguna vez Pablo Neruda sentenció profetizando que ella nunca sería más que una señorita de Valladolid y ella acepta el dictum. Lo comenta, no obstante: una chica vallisoletana que ha rodado bastante, lo bastante como para ponerse en peligro como tal (anotación del 31 de diciembre de 1956). En cualquier caso, su tendencia es reactiva y se pone de manifiesto en su propensión a tomar resoluciones e imponerlas a los otros. Con lo que Neruda llevaba razón: las señoritas de Valladolid se tornan imperativas cuando llegan a ser amas de casa. En tales extremos, la ansiedad por su cambio de rolla lleva a coser y a comer en demasía. Engorda, se encuentra «tetuda y ordinaria» (sic) y se preocupa por lo que encuentra en los espejos, los de cristal y alinde. Lo más difícil de este trabajo especular es el encuentro con el otro reflejo, el más importante para un escritor: su escritura.
Relee sus libros y no le gustan, justamente porque los encuentra de mal gusto, una irresuelta mezcolanza de novela rosa y filosofía. Es entonces cuando los abandona, no vuelve a ellos si están publicados o deja inconclusos los que tiene entre manos, en ocasiones durante años. En esto, como en todo lo demás, pero especialmente en esto, una suerte de desarraigo vocacional le juega malas pasadas. «Sí, esa es mi situación; penetro en las cosas pero no estoy en ellas; y en las que verdaderamente estoy procuro pasar sin detenerme» (15 de febrero de 1959).
Al revés de Ayala, que encubre su optimismo providencialista con un escepticismo irónico, Chacel es declaradamente pesimista. En esta tesitura abre su diario en Burdeos, el 18 de abril de 1940: «En este cuaderno estudiaré los progresos que hace en mí la idea de fracaso». A esta lapidaria profecía se añade una nota de fatalidad existencial: «En mi vida no hay nada decisivo más que la vida misma». Si no entiendo mal, puedo traducir: la vida decide por mí. Acaso por ello, encuentra que lo más decisivo, insiste, ocurrirá al atravesar en barco el Atlántico, en ese no lugar transitorio que es el navío, alegoría de una existencia llevada pero no conducida por el titular de dicha existencia. La parábola se completa del otro lado del océano, en Buenos Aires, donde anota el 23 de enero de 1952: «No quiero dejar pasar el mes de enero. Este año es decisivo en mi vida, es el año en que no debo dejar perder nada ¿Qué no debo?.. No sé si debo o no debo (... )»
El tema de la decisión abstracta vuelve a obsesionarla, porque algo habrá de decidirse pero no lo decidirá ella, lo cual vuelve abstracta la decisión, que será de la vida misma, esa unidad que es la vida y que, al no poderse escindir sin desvitalizarse, actúa como un misterio. A menudo, los diarios registran momentos de una dejadez depresiva, suerte de acedía, que se documenta en una muerte de los sentidos, una ausencia total de emociones por las cosas mismas de su vida. Es cuando si siente algo, es que su vida es «esta cosa informe, trabada, estrangulada» (25 de diciembre de 1956).
La reacción es igualmente existencial: la náusea, la sartreana náusea. Para aliviarse y empezar de nuevo, o al menos intentarlo, conviene vomitar todo, es decir el pasado y el presente. No el futuro, porque no se puede, aunque también lo merezca. La figura de la angustia y el tratamiento consiguiente es también digestiva: al vacío que sigue al vómito se lo remedia comiendo ansiosamente, devorando lo que tiene a mano, como su Leticia Valle al final de la novela respectiva. Pero el bienestar es transitorio. La vida que todo lo decide está gobernada por la muerte. «Es un suicidio lento, una destrucción incontenible, como la erosión de un talud» (14 de enero de 1959).
Hay en Rosa, en esa búsqueda existencial radical, en ese contacto con las ultimidades, mucho de religioso, de una religión personal o, por mejor decir, de la religión considerada, en clave agustiniana, como algo personal. En ocasiones, la aridez mística se transforma o da lugar, desde su desértico espacio, a una suerte de comunión con el universo, de un carácter erótico que nada tiene que ver con la lujuria.
La aridez se torna avidez. Eros, justamente, en sentido clásico y primigenio, es ese intermediario entre la dispersión de las cosas, que las une, las pegotea, las liga y religa, y produce el conjunto que llamamos mundo. Al considerarlo único, le damos la categoría de lo universal. Dios aparece entonces, nada más –nada menos– como invocación. No hace falta mencionar a San Juan de la Cruz, poeta del erótico misticismo, pero quede citado por ser de justicia. Más concretamente, hay en Rosa un peculiar sesgo cristiano que intenta actualizarse en el tiempo, ser un cristianismo de cada momento, por ejemplo de hoy. Vivimos una gran crisis de la piedad y hasta la Iglesia admite que se ha perdido la esperanza y sólo puede ofrecer protección al desamparado.
El cristianismo de Rosa, por existencial, es desesperado y se juega en la angustia de tradición jansenista y protestante más que de previsible y español catolicismo. Si acaso, en el personalísimo catolicismo de Unamuno, derivado del protestante Kierkegaard.
En esta encrucijada se puede situar el lugar chaceliano de la escritura. No se trata de un ejercicio placentero y lo que posee de erótico es angustioso. No tiene que ver, como en Ayala, con la noción de obra, conjunto orgánico al que se dedica el trabajo cotidiano, complaciente y tranquilo. Es una intermitencia, las páginas se interrumpen, los libros se trasponen, se abandonan como hijos no queridos.
Es entonces, cuando no puede escribir otra cosa, la Otra Cosa que sería la imposible Obra, que se dedica a redactar sus diarios. La escritura de la escritora Rosa Chacel no le proporciona ninguna seguridad. Relee lo hecho y lo desaprueba, proyecta unas comedias que nunca escribirá o se entretiene proponiéndose componer un libro de mil páginas cuyo tema es: las cosas tal como son. Un libro irrealizable pues las cosas tal como son no caben en el lenguaje. Si las palabras coincidieran con el ser de las cosas, ya estarían dichas desde siempre y no habría que preocuparse por la literatura, tarea imposible y, en el mejor de los casos, superflua. En la tarea deslizante que va de la palabra a la inalcanzable coincidencia con las cosas tal como son, justamente en ella, reside la posibilidad de la literatura.
La promesa de la palabra justa y definitiva que sea la exacta voz del ser de las cosas, es una tentación mística que no da lugar a la tarea del escritor. En todo caso la palabra no se trata con las cosas tal como son sino con las palabras tal como intentan ser. Para colmo, el arte actual ha perdido la relación con la imagen, que fue su verdad durante siglos. La imagen impresiona y la impresión es siempre verdadera, aunque sea ilusoria porque se produce como ilusión veraz.
El arte actual niega esta veracidad tradicional –mejor dicho: clásica– pero no es capaz de dar respuesta a una norma inexorable, la del gusto, la oscura ley de la atracción y la repulsión, como Rosa la define. Y esta supervivencia crea una incertidumbre que conduce a la inacción o a replantearse aquel vínculo, algo que quizás, algún día, valdrá como un renacimiento. Según se ve, la intimidad de Rosa, manifestada en su escritura, es considerablemente abstracta, muy distinta del mundo ayalino, colmado de decisiones prácticas, concretas y exitosas. No hace falta encarecer que una personalidad como aquélla se dispone a establecer difíciles vínculos en un país desconocido, visto desde la distancia solitaria de una mística sin religión del todo reconocible y escasamente vocacional para la supervivencia cotidiana.
En Buenos Aires, Rosa llevó una vida muy modesta, lindante con la pobreza. No podía invitar a su casa por falta de recursos. Sus amigos eran, según confesaba, una media docena de escritores jóvenes de medio pelo. Tampoco pudo recorrer el país, conocerlo y documentarse para que apareciera algún argentino en sus novelas. La Argentina donde se supone que pasa buena parte de La sinrazón es la tierra de cualquier parte, pero tampoco sus libros «españoles» abundan en concreciones españolas, porque responden a una actitud vital que tiende a lo intemporal e inespacial, a un mundo –dicho sea de nuevo– de abstracciones que representan esa verdad difícilmente decible de la existencia, que proviene de la reflexión filosófica. Por su parte, muchos argentinos de los que trata, como los intelectuales de Sur, comprenden malo nada la grandeza de España en su miseria actual (años cuarenta y cincuenta del pasado siglo), que acaso ella representa, miserable y grandiosa, en sus momentos de comunión erótica con el universo. Sus esfuerzos en sentido inverso, o sea por comprender lo concreto argentino, tampoco llegan lejos.
En cierta ocasión le presentan a una mujer hermosa y simpática, que quiere entablar amistad con ella. Se llama Susana Bombal y Rosa la confunde con la escritora María Luisa Bombal y la interroga sobre unos libros que la otra no sabe cómo encajar en su vida. No obstante, se siente agradecida con Buenos Aires, la atención que le presta su gente, los trabajos que le consiguen, todo en una dinámica egolátrica, en que ella se sitúa en el lugar acreedor. No el medio literario argentino, que la aplasta con su adversidad –tanta como la que ella siente por dicho medio– y, más concretamente, la Sociedad Argentina de Escritores: vejez, medio pelo y rencor. Sus opiniones sobre escritores rara vez son elogiosas. Simone Weil es una inteligencia colosal que se ofusca ante los hechos; Simone de Beauvoir es profusa en errores; Virginia Woolf es satánicamente orgullosa; con Murena no congenia; Lanza del Vasto la revienta y le parece «un manantial de confusionismo (...) soluciones falsas para damas despistadas»; Borges «no es precisamente benigno» ya que siente una especie de felicidad pensando en los orilleros que se acuchillan en Palermo.
Los únicos escritores argentinos por los que manifiesta admiración resultan ser Elvira Orphée, Hellen Ferro y Arturo Jacinto Álvarez. Tampoco la atrae opinar sobre la historia argentina. La caída de Perón en 1955, que seguramente debió regocijar a Francisco Ayala, sólo le produce una confusa impresión de falsa democracia. Curiosamente, su oído lingüístico recoge, asume y apunta modismos argentinos. Ejemplos: mozo por camarero, Birome por bolígrafo, bárbaro (como elogio), bondi por tranvía, hacer la comida por guisar, cuadra por manzana o calle, tipo por Fulano, living por salón, ómnibus por autobús, opio por aburrimiento, lapicera por pluma de escribir, encurdelarse por emborracharse, romperse todo por hacer un gran esfuerzo, salame por tonto. Rosa Chacel llegó a Nueva York el uno de diciembre de 1952. No volvió a vivir en la Argentina.
Había recibido una beca Guggenheim que le permitía ese traslado. A comienzos de 1962 regresó por primera vez a España. Durante los seis meses que estuvo en el país no escribió nada en sus diarios. Ese mismo año, Francisco Ayala publicó en la editorial Sur de Buenos Aires un libro entero dedicado a la situación española: España a la fecha.
Copyright del artículo © Blas Matamoro. Publicado originalmente en la revista Cuadernos Hispanoamericanos. Aparece en Cine y Letras por cortesía de su autor.
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