En 1893 se publicó la primera edición de Salomé, en francés, lengua en la que la había escrito Wilde, y un año después la edición inglesa, traducida por Lord Alfred Douglas, con las magníficas ilustraciones de Aubrey Beardsley.
La obra se representó por primera vez en París, en 1896, estando el autor en prisión. Salomé es uno de los mejores textos de Wilde y sin duda el más decadente. Los personajes son símbolos de pasión y morbosidad, y el texto lleno de galas fin de siècle es ambiguo y poético.
Salomé está presa de la luna, y la luna es una diosa que puede simbolizar las pasiones ocultas, la ambigüedad, la morbosidad dulce de lo prohibido, el lado femenino de toda realidad.
En esta obra, Wilde logra una altísima cota literario-dramática, al mismo tiempo que plasma su concepción de la belleza unida al morbo, al lujo y a la muerte.
"Cristo –escribe Blas Matamoro– es el amor de los amores, el modelo de amado perfecto. Los amores terrenales forjan una cadena de deslizamientos equívocos e imperfectos que van a dar a Él.
Cristo es, si se quiere, el Eros platónico, cuya formulación verbal es el Logos cristiano, el animador verbal de las cosas, el Espíritu Santo. En este sentido, es palabra poética.
En el otro sentido, es éxtasis, plenitud y mudez.
Wilde pone en escena este encadenamiento del deseo que lleva hasta Cristo en su tragedia Salomé.
El paje de Herodías ama a Narraboz, que ama a Salomé. Herodías ama a Herodes, que ama a Salomé. Pero Salomé ama a Juan, que ama al Galileo. Y, viceversa, Juan no ama a Salomé, que no ama a Narraboz ni a Herodes, que no ama a Herodías, como tampoco Narraboz corresponde al amor del paje.
Con lo que la comedia del amor humano es una trama de equívocos y de rechazos histéricos, que se cortan con la muerte. (...) Llegados a este punto, podemos pensar en la extravagancia como un sistema vital wildeano, una actitud constante que consiste en situarse siempre fuera de, notoriamente fuera del lugar institucional.
Él lo dice con fórmula ya recordada: no le interesa la ley, sino la excepción. No quiere parecerse, sino distinguirse. Y en esto es radicalmente antifilisteo, pues la ética filistea consiste en hacer lo que los otros, aunque sin convicción, y dar por fundamental lo habitual, sin interrogarse sobre ningún fundamento.
Por ello no valen a Wilde las construcciones de la moral, la religión ni la ciencia racional. Se ocupan de normas, de objetos invisibles y de razones, o sea de cosas mensurables que no se exceden a sí mismas. (...) Ahora bien. Llevados al extremo, los postulados wildeanos nos ponen ante una pregunta radical que Wilde se ve obligado a contestar negativamente: ¿puede el hombre extravagar de su condición moral? ¿Puede algún acto humano ser éticamente neutral, ni bueno ni malo? La respuesta platónica es: el arte llega a la bondad por la belleza. La respuesta cristiana es: el saber se adquiere por el dolor, que es la conciencia desdichada de la carencia. (...) En cualquier caso, el arte es el mediador, por eso la situación privilegiada del artista en el mundo moral. Hay la belleza de la carne como vía de acceso al saber, y hay la belleza del alma como vía de acceso al saber, igualmente. La síntesis es el Eros platónico, Apolo que es Cristo.
El héroe que ejemplifica este doble juego es Dorian Gray, un hombre convertido en obra de arte eterna y amoral, y un cuadro convertido en humanidad perecible y culpable, que se encuentran en el doble suicidio por medio del cual cada uno recupera su condición original: el hombre es culpable y mortal, el cuadro es inocente y sempiterno".
Copyright del comentario © Blas Matamoro. El texto aparece publicado en "Cine y Letras" con el permiso de su autor. Reservados todos los derechos.
Copyright del texto © Biblioteca Nueva. Reservados todos los derechos.
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