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Compostela decimonónica
Viajeros de otras tierras llegaron a España para reinventarla en el XIX. Muchos fueron franceses, y no faltó algún británico. Tal es el caso de George Borrow, mejor llamado don Jorge el Inglés: aquel evangelista andariego y soñador, aquel simpático predicador que siguió una ruta física y literaria ya emprendida por Cosme de Médicis en el XVII y por Guillermo Manier en el XVIII.
Quien lea su obra magna, La Biblia en España, entenderá por qué agradecemos en este párrafo, ya sin otro pormenor, la jornada compostelana de Borrow.
Por distintas razones, la literatura decimonónica y de comienzos del siglo XX le sienta bien a Compostela. Menudean los títulos y no faltan los autores de raigambre local.
Así, el ferrolano Manuel Peña y Cajigas editó sus poemas en las páginas de un rotativo tan solvente como El Recreo Compostelano. El político y jurista Manuel Linares Rivas, natural de la ciudad, estrenó comedias como El abolengo (1904), El ídolo (1906) y La fuerza del mal (1914).
Otro hijo de Santiago, el ya citado López Ferreiro, creó la revista Galicia Histórica y escribió entre 1898 y 1910 monografías como Fueros municipales de Santiago y de su tierra e Historia de la santa A. M. Iglesia de Santiago de Compostela. También fue nativo del mismo lugar el folclorista y escritor Antonio Machado y Álvarez, apodado Demófilo, y padre e inspirador de Antonio y Manuel Machado.
A tan ilustre etnógrafo, pionero de su disciplina, debemos obras como la Colección de enigmas y adivinanzas (1880), las Adivinanzas francesas y españolas (1881) y la Colección de cantos flamencos (1881).
No obstante, el moderno lector estará más familiarizado con otro literato de la época, Alejandro Pérez Lugín autor de la pieza novelesca que representa con mejor fortuna el ambiente estudiantil en Santiago: La casa de la Troya (1915). Con eficacia indiscutible en la adaptación, el cine se ha encargado de acrecentar la fama que originalmente acreditó dicha novela.
La poetisa Narcisa Pérez de Reoyo nació probablemente en Santiago, aunque no faltan voces que la creen coruñesa. Colaboradora de cabeceras como El Ángel del Hogar y La Voz de la Caridad, recopiló su obra en los libros Cantos de la infancia (1865), Devocionario infantil en verso (1867) y Horas perdidas (1874).
Afín al mismo criterio poético, la coruñesa Emilia Calé y Torres se dio a conocer con el pseudónimo de Esperanza y estrenó en 1883 una pieza teatral en verso, Los lazos rotos, que procura reflejar los efectos de las guerras carlistas en Madrid y en Santiago.
También trabajó en la prensa escrita el dramaturgo compostelano José Ruiz Figueroa, entre cuyos estrenos citaremos El arzobispo don Suero (1840) y También por amor se muere (1848).
Otra escritora y periodista nacida en Santiago fue Concepción Sáiz y Otero, insigne pedagoga que publicó títulos como Teoría y práctica de la educación y la enseñanza. Curso completo y enciclopédico de Pedagogía, expuesto conforme a un método rigurosamente didáctico (1908), Dos meses por las escuelas de Londres (1911) y Un episodio nacional que no escribió Pérez Galdós. La Revolución del 68 y la cultura femenina (1929).
Probablemente, el ideal femenino promovido por doña Concepción no quedaba lejos de Emilia Pardo Bazán, y tampoco de la escritora más popular de Compostela, Rosalía de Castro, cultivadora pródiga y prodigiosa de un romanticismo crepuscular. El esposo de la poeta fue el historiador y periodista Manuel Murguía, promotor de ese movimiento a favor de la cultura local que se llamó, en clave literaria, Rexurdimento, y del que también formaron parte los poetas Manuel Curros Enríquez y Eduardo Pondal.












































































