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Santiago de Compostela en la literatura

Índice de Artículos
Santiago de Compostela en la literatura
Crónicas y cronicones
Compostela decimonónica
Del regionalismo al realismo mágico
Todas las páginas

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No existe un rincón más idóneo para nuestro propósito literario que el anaquel donde se custodia el Codex Calixtinus, también llamado Liber Sancti Iacobi. Tesoro compostelano y patrimonio libresco de primer orden, dicho códice nos sitúa en el siglo XII, un tiempo de juglares, de legendarios cronistas y de poetas cortesanos.

Cinco libros lo componen: el primero está formado por protocolos litúrgicos y homilías que festejan al Apóstol; el segundo relata los milagros de éste, al estilo de los que reunirá un siglo después el dominico italiano Santiago de la Vorágine en La leyenda dorada; el tercero narra el traslado de las reliquias del Santo, desde los Lugares Santos hasta la costa gallega; el cuarto es llamado el Pseudo Turpín en honor al Arzobispo de Reims, Turpín, tenido erróneamente por su autor, e inyecta la épica que conviene a los hechos de Carlomagno en la Península. Conforme dice su texto, el Emperador fue inspirado en sueños por Santiago y resolvió liberar la tumba de éste siguiendo la vía jacobea.

Finalmente, el quinto de los libros, el Liber Peregrinationis, describe el Camino y la ciudad para beneficio de peregrinos y visitantes.

Según detalla el Liber, hay cuatro rutas que llevan a Compostela: la que discurre por Saint-Gilles, Montpellier, Tolosa y Somport; aquella que avanza por Santa María del Puy, Santa Fe de Conques y San Pedro de Moissac; la que parte de Santa María Magdalena de Vézelay, pasando por San Leonardo de Limoges y por Pérogueux; y finalmente, la que une San Martín de Tours, San Hilario de Poitiers, San Juan d'Angély, San Eutropio de Saintes y Burdeos. De acuerdo con ese trazado, los itinerarios que cruzan Santa Fe de Conques, San Leonardo de Limoges y San Martín de Tours tienen su intersección en Ostabal, ligándose finalmente en Puente la Reina a la ruta que viene de Somport.

La autoría de esta obra no es una cuestión menor, pero resulta difusa.

Misterios medievales

En todo caso, el Codex recibe su nombre del papa Calixto II, quien figura como inspirador final de un conjunto que fue reuniéndose a lo largo de un extenso periodo. El encargado de procesar todo este material, allá por 1139, no debió de ser otro que Aymeric Picaud, un clérigo de Poitou que introdujó en la obra no pocas líneas de cosecha propia.

De otra parte, la fascinación por este libro ha prendido en escritores de todas las épocas, y acaso quien mejor lo ejemplifica es Ramón del Valle-Inclán, atento a otros pormenores compostelanos y responsable, para lo que acá nos importa, de una reseña que tituló precisamente así: Codex Calixtinus (Inciso: al curioso de la obra de don Ramón le interesa releer La lámpara maravillosa para descubrir otra interpretación de Santiago, más profunda, más lírica).

Por las mismas fechas en que el Codex define el modelo litúrgico que van a seguir los fieles reunidos en Santiago, son muchas las fórmulas literarias y rituales que viajan por el Camino.

La lírica de los trovadores, teñida por el vigor creativo del amor cortés, se entrevera con salmodias procesionales y atisbos de polifonía: en suma, hablamos acá de la sugestiva significación de un arte compositivo que se define con la Europa medieval y cristiana.

Sin duda, asistió a este milagro Pedro Gundesindiz, nombrado capellán catedralicio en 1101. Buen amigo de Diego Gelmírez, don Pedro llegó a ser cardenal en 1112 y colaboró en la Historia Compostelana cuyos autores principales fueron Nuño Alfonso (Munio Alonso), tesorero de la catedral en tiempos de Gelmírez, Giraldo de Beauvais y Hugo Francés, arcediano de Santiago y obispo de Oporto.

La Historia es, junto al Codex, el otro monumento literario de Santiago. La versión que ha llegado hasta nosotros, traducida del latín al castellano por Fray Manuel Suárez y anotada por Fray José Campelo, es un testimonio histórico capital, muy sugestivo en su expresión, y por supuesto apasionado en su testimonio del vasto lienzo compostelano. El subtítulo de la crónica, Hechos de D. Diego Gelmírez, primer arzobispo de Santiago, sirve para acotar su periodo. Campelo se encarga de resumir los antecedentes de su labor. Así, conoce los siguientes códices de la Historia Compostelana: los tres de la Biblioteca Nacional de Madrid, acaso correspondientes a los siglos XVI y XVII; el manuscrito existente en la Biblioteca del Palacio Real, fechado en el siglo XIII y decorado con miniaturas.

En el citado archivo real, por las fechas en que trabajó Campelo, figuraban en el catálogo otro manuscrito del siglo XVII, un tercero, probablemente del XVII, y por último, otro, caracterizado por ser su letra la propia del siglo XVIII.

A buen seguro, el Padre Flórez, viejo conocedor de la Historia, revisó estos códices antes de publicar por primera vez la obra en el tomo XX de su España Sagrada. Campelo cita dos ediciones de dicho tomo, la primera corresponde a la Imprenta de la Viuda de Eliseo Sánchez (1765) y la segunda a la Imprenta de la Viuda e Hijo de Pedro Marín (1791). Tras la Noticia previa, ambas incluyen la Historia Compostelana propiamente dicha.



Crónicas y cronicones

A diferencia de la de Flórez, la posterior traducción de Suárez prescide del llamado Cronicón Iriense, que principia con las palabras Cum Vandali, Silinqui et Ugni, y concluye con restituit eum in regno suo, «dicho así porque contiene una breve relación cronológica de los obispos de Iria, desde Andrés (año 572) hasta San Pedro de Mezonzo, que fue promovido en 982».

Tampoco traduce Suárez el Cronicón Compostelano, que comienza con las palabras In era CCCC coeperunt gothi regnare, y termina et unum annum solummodo habebat. Este Cronicón no es otra cosa que una relación de los monarcas de Asturias y León «hasta el comienzo del reinado de Alfonso VII, con alguna mayor extensión a partir de Fernando I».

Por último, Campelo rescata de Flórez el catálogo de los arzobispos de Santiago, que abarca un listado que va desde don Diego Gelmírez hasta Alonso III de Fonseca.

A partir de Dante Alighieri, la literatura medieval en torno a Santiago es rica y dispone de variadas contribuciones. En su Bibliografía hispano-latina clásica, Menéndez Pelayo hojea el inventario y halla, a mediados del siglo XII, una referencia de interés: De Consolatione Rationis, compuesta en dos volúmenes de prosa y verso por el Maestro Pedro Compostelano, quien puso en la dedicatoria a su obispo Berenguer.

Dice el erudito cántabro que dicha obra figura en un códice de la Biblioteca del Escorial, y que la conocieron Rodríguez de Castro, Pérez Bayer y Amador de los Ríos. Lógicamente, nos importa menos esta creación que su autor, de insoslayable gentilicio.

Otro estudio de don Marcelino, la Antología de los poetas líricos castellanos, subraya el modo en que fue introduciéndose en España la canción épica de los franceses. No en vano, ésta venía a cuento en tiempo de luchas cristiano-musulmanas, y además, muchas trovas occitánicas traían la imagen del Emperador soñando con nuestro Apóstol y emprendiendo la ruta de las estrellas.

Una vez ligado Carlomagno a la leyenda compostelana, la poesía épica francesa tenía un recibimiento asegurado a este lado del Pirineo.

En el siglo XIII desarrolla su misión el teólogo y canonista Bernardo de Compostela, autor de una Compilación de las Decretales y de un Comentario sobre los primeros libros de éstas.

Por los tiempos de don Bernardo, la Historia Compostelana de Nuño Alfonso y Hugo Francés ya había popularizado –casi mitificado– a figuras como Gelmírez y doña Urraca. «Si queréis conocer el perfil espiritual del primer Arzobispo de Compostela –escribía Filgueira Valverde–, asomaos a las páginas de la Compostelana, el Registro anotado por sus discípulos Munio, Hugo y Giraldo, gesta en prosa latina, rara alianza de popularismo y lenguaje clasicista, de narración y oratoria, de apología y colección de fuentes documentales, que es el querer ser del héroe que aparece posando, como para un gran tapiz de historia».

Doña Urraca, como es de imaginar, era descrita con escasa indulgencia en el texto mencionado.

Óscar Perea cita otra fuente para conocer con mayor simpatía el devenir de la reina viuda: el Anónimo de Sahagún, compilado en el siglo XIV y muy contrario al rey Alfonso el Batallador. Por ser Compostela una pieza decisiva en el juego de ajedrez que iniciaron Urraca, Alfonso y Gelmírez, las crónicas reales son una fuente idónea para rastrear menciones de la ciudad.

Tras la pista de Urraca, Perea descubre los escritos de fray Prudencio de Sandoval (siglo XVI) y los de Luis de Salazar y Castro (siglo XVII). El erudito Antonio López Ferreiro, de quien hablamos en otros apartados, buscó datos más sinceros en los archivos catedralicios, y con ellos deslució –lo procuró, al menos– el estereotipo romántico.

El empeño documental de don Antonio, por otra parte, debía lidiar con siglos de idealización literaria. El recuento de Perea basta para hacerse una idea de la cantidad de obras dedicadas al drama protagonizado por Urraca. Para empezar, figura en el listado La varona castellana, de Lope de Vega. Los novelistas del XIX siguieron idéntica inspiración. Patricio de la Escosura sacó de imprenta su novela El conde de Candespina (1832), Francisco Navarro Villoslada divulgó su Doña Urraca de Castilla (1849), y el gaditano Antonio García Gutiérrez dio el mismo título al folletín histórico que publicó en 1872.

Gran estudioso del drama de Urraca, Gelmírez y el Batallador fue Menéndez Pelayo, quien nos permite retroceder nuevamente en el tiempo para tomar el hilo cronológico que perdimos en la anterior digresión.

El sabio cántabro repasa la Crónica gallega de Iria, citada bajo el nombre de Juan Rodríguez. Las copias de esa obra corresponden al siglo XVII, y revelan que sólo es un resumen de la Historia Compostelana y del Chronicon Iriense, «con algunas especies cronológicas tomadas de las obras de Juan Beleth, doctor parisiense del siglo XII, compaginado todo ello, al parecer, por un clérigo llamado Ruy Vázquez en 1468».

Resalta don Marcelino que la Chanson de Roland fue una de las composiciones predilectas de los juglares franceses y romeros que atravesaban Roncesvalles, camino de Santiago. Este ejemplo le vale para explicar el afrancesamiento en la corte de Alfonso VI. De paso, justifica así la transformación del monacato, un cambio de costumbres y protocolos que «alcanzó su apogeo en tiempo del primer arzobispo compostelano D. Diego Gelmírez, francés de corazón, todavía más que gallego, e idólatra de aquella cultura».

Al decir de Menéndez Pelayo, Gelmírez fue más un señor feudal que el custodio de la tumba del Apóstol. La curia afrancesada de Compostela propició esa Crónica de Turpín, que más arriba citábamos: «una especie de versión, para la gente de clerecía, de la tradición épica corrompida y degenerada».

En un tomo de su Biblioteca de traductores españoles, el santanderino glosa la figura de don Alonso de Cartagena, insigne eclesiástico que tradujo a Cicerón y a Séneca, y que alternó los quehaceres de su prelacía con el cultivo de la filosofía y de la literatura. Compañero intelectual del escritor Fernán Pérez de Guzmán, don Alonso murió en 1456, cuando regresaba de visitar el sepulcro de Santiago. Sin duda supo de este dato Pérez de Guzmán, quien cita a Compostela en unos versos de fervor monárquico: Del Rey Don Fernando, que ganó la frontera.

Corresponde al siglo XV el teólogo zamorano Alfonso Castro, predicador de la orden de los Franciscanos y consejero de Felipe II, que antes de ser nombrado arzobispo de Santiago de Compostela redactó obras como De juste haereticorum punitione, De potestate legis panalis y De sortilegis ac maleficis, eorumque punitione.

Obviamente, la literatura áurea dispone de un mejor lugar para la ciudad, gracias en parte a Quevedo, muy respetuoso con el Patronato de Santiago, y también a Lope de Vega, quien se refiere a Compostela en su comedia Las Almenas de Toro; concretamente en unos versos que se inspiran en ese romance que, con otra contextura literaria, también figura en la Rosa Española, de Juan de Timoneda.

A lo largo del siglo XVI, la Universidad de Santiago cumplía con su afán académico gracias a personajes como el jesuita Bernardo de Aldrete (o de Alderete), teólogo y autor de unos Comentarios de las obras de Santo Tomás.

Dentro de dicho periodo, hemos de citar a Berenguer de Compostela, prelado de la ciudad y firmante de la obra De eventibus rerum. Ejerció la misma responsabilidad eclesiástica don Francisco Blanco, participante en el Concilio de Trento y escritor de aquellas oportunas Advertencias para que los curas ejerciten mejor sus oficios para evitar algunos yerros y de la Suma de la doctrina cristiana.

Como canónigo magistral de Tuy y penitenciario de Santiago de Compostela, Simón Díaz de Ravago acrecentó su fama de predicador y dio a conocer notables oraciones, como la que dedicó a la reina María Amalia de Sajonia (1760).

Otro religioso, el dominico compostelano Fray Francisco Benavides y Troncoso, divulgó su Vida de San Vicente Ferrer en 1714. Su paisano, el franciscano Jacobo de Castro, escribió un Árbol cronológico de la provincia de Santiago, dividido en dos volúmenes. El primer tomo se imprimió en Salamanca, en 1722, y el segundo en la patria chica del autor, en 1727.

Compartía esa vocación literaria y religiosa el Padre Fita, a cuyos Monumentos antiguos de la Iglesia Compostelana (1883) hay que sumar un volumen que firmó con Aureliano Fernández Guerra: Recuerdos de un viaje a Santiago (1880).



Compostela decimonónica

Viajeros de otras tierras llegaron a España para reinventarla en el XIX. Muchos fueron franceses, y no faltó algún británico. Tal es el caso de George Borrow, mejor llamado don Jorge el Inglés: aquel evangelista andariego y soñador, aquel simpático predicador que siguió una ruta física y literaria ya emprendida por Cosme de Médicis en el XVII y por Guillermo Manier en el XVIII.

Quien lea su obra magna, La Biblia en España, entenderá por qué agradecemos en este párrafo, ya sin otro pormenor, la jornada compostelana de Borrow.

Por distintas razones, la literatura decimonónica y de comienzos del siglo XX le sienta bien a Compostela. Menudean los títulos y no faltan los autores de raigambre local.

Así, el ferrolano Manuel Peña y Cajigas editó sus poemas en las páginas de un rotativo tan solvente como El Recreo Compostelano. El político y jurista Manuel Linares Rivas, natural de la ciudad, estrenó comedias como El abolengo (1904), El ídolo (1906) y La fuerza del mal (1914).

Otro hijo de Santiago, el ya citado López Ferreiro, creó la revista Galicia Histórica y escribió entre 1898 y 1910 monografías como Fueros municipales de Santiago y de su tierra e Historia de la santa A. M. Iglesia de Santiago de Compostela. También fue nativo del mismo lugar el folclorista y escritor Antonio Machado y Álvarez, apodado Demófilo, y padre e inspirador de Antonio y Manuel Machado.

A tan ilustre etnógrafo, pionero de su disciplina, debemos obras como la Colección de enigmas y adivinanzas (1880), las Adivinanzas francesas y españolas (1881) y la Colección de cantos flamencos (1881).

No obstante, el moderno lector estará más familiarizado con otro literato de la época, Alejandro Pérez Lugín autor de la pieza novelesca que representa con mejor fortuna el ambiente estudiantil en Santiago: La casa de la Troya (1915). Con eficacia indiscutible en la adaptación, el cine se ha encargado de acrecentar la fama que originalmente acreditó dicha novela.

La poetisa Narcisa Pérez de Reoyo nació probablemente en Santiago, aunque no faltan voces que la creen coruñesa. Colaboradora de cabeceras como El Ángel del Hogar y La Voz de la Caridad, recopiló su obra en los libros Cantos de la infancia (1865), Devocionario infantil en verso (1867) y Horas perdidas (1874).

Afín al mismo criterio poético, la coruñesa Emilia Calé y Torres se dio a conocer con el pseudónimo de Esperanza y estrenó en 1883 una pieza teatral en verso, Los lazos rotos, que procura reflejar los efectos de las guerras carlistas en Madrid y en Santiago.

También trabajó en la prensa escrita el dramaturgo compostelano José Ruiz Figueroa, entre cuyos estrenos citaremos El arzobispo don Suero (1840) y También por amor se muere (1848).

Otra escritora y periodista nacida en Santiago fue Concepción Sáiz y Otero, insigne pedagoga que publicó títulos como Teoría y práctica de la educación y la enseñanza. Curso completo y enciclopédico de Pedagogía, expuesto conforme a un método rigurosamente didáctico (1908), Dos meses por las escuelas de Londres (1911) y Un episodio nacional que no escribió Pérez Galdós. La Revolución del 68 y la cultura femenina (1929).

Probablemente, el ideal femenino promovido por doña Concepción no quedaba lejos de Emilia Pardo Bazán, y tampoco de la escritora más popular de Compostela, Rosalía de Castro, cultivadora pródiga y prodigiosa de un romanticismo crepuscular. El esposo de la poeta fue el historiador y periodista Manuel Murguía, promotor de ese movimiento a favor de la cultura local que se llamó, en clave literaria, Rexurdimento, y del que también formaron parte los poetas Manuel Curros Enríquez y Eduardo Pondal.



Del regionalismo al realismo mágico

En política, Murguía se identificó con el regionalismo, y en lo académico, con las tareas intelectuales de la Real Academia Gallega, cuya presidencia ejerció hasta su muerte, ocurrida en 1923.

El 25 de julio de 1905, Joan Maragall publicó el artículo Santiago, patrón de España, donde reflexiona con hondura acerca del moderno sentido de esta locución: «Porque el ideal del cuerpo milagroso del Apóstol allí está en la oscura devoción de las buenas gentes de ahora; pero la batalla de Clavijo y la brillante visión guerrera, ¿dónde está? ¿Dónde está el grito de Santiago y cierra España? Perdióse en el viento de los siglos».

Ya en el siglo XX, el interés por lo gallego, y más en concreto por lo compostelano, cruzó fronteras regionales y afectó a eruditos como Juan Contreras y López de Ayala, más conocido por su título nobiliario de Marqués de Lozoya. Lleva su firma el volumen titulado Santiago de Compostela: la catedral.

El terreno ensayístico que dominó don Juan le era muy familiar al profesor ovetense Juan Uría y Ríu, un historiador de alto linaje a quien debemos obras opulentas, como Notas para la historia de los judíos en Asturias (1944) y Notas para el estudio del mozarabismo en Asturias; y que también escribió, esta vez en colaboración con Vázquez de Parra Iglesias, la densa monografía rotulada Las peregrinaciones a Santiago de Compostela (1949).

Un viajero erudito como Gaspar Gómez de la Serna no podía desdeñar ese interés por la ruta jacobea, y por eso decidió componer el volumen que llamó Del Pirineo a Compostela (1965).

Otros historiadores, engarzando los mismos fragmentos, encontraron los perdidos engranajes del ser hispánico. Léase, por ejemplo a don Claudio Sánchez-Albornoz en los párrafos de su Historia y libertad.

Por la misma senda, el alicantino Arturo Cuadrado Moure, criado culturalmente en Santiago, abarcó en sus afanes la historia y la literatura de la ciudad. En cierto modo, ejerció de administrador intelectual por medio de las diversas publicaciones que allá fundó y de los artículos y poemas que dedicó a los asuntos locales.

Desde su exilio argentino, Cuadrado siguió reivindicando la cultura gallega, aunque probablemente la posteridad le agradezca con más sonoridad que interviniese en la creación de editoriales tan prestigiosas como Emecé, Nova y Botella al Mar.

Esta referencia a un transterrado en Argentina nos permite aludir a otro libro, proveniente de esa tierra y sugeridor donde los haya: Aguafuertes gallegas, de Roberto Arlt. Lo forman una serie de crónicas que el narrador escribió mediada la década de los treinta, al hilo de otras dos series periodísticas de renombre: Aguafuertes porteñas y Aguafuertes españolas.

Las anotaciones de Arlt durante su peripecia galaica son dignas de cita y de culto, no ya por la originalidad de estilo sino por el pulso y la agudeza presentes en cada una de ellas.

Como dignos integrantes del Grupo Nós, los poetas Ramón Otero Pedrayo y Vicente Risco amaron la tradición gallega y dejaron en su obra descripciones formidables del acervo compostelano.

Otero Pedrayo firmó novelas como Pantelas, home libre (1926) y Escrito na néboa (1927); y ensayos al estilo de Síntesis geográfica de Galicia (1926), Guía de Galicia: Ensayo histórico sobre la cultura gallega (1933) y Santiago de Compostela (1958).

En cuanto a Vicente Risco –apellidado realmente Martínez Risco Agüero–, sabemos que participó de los fervores del Rexurdimento y que, con distinta intención creativa, los intelectualizó en su Historia de Galicia (1952) y en los versos de O porco de pe (1928).

El galleguismo también fue tomado como cosa propia por Uxío Novoneyra, quien falleció en Santiago en 1999 y divulgó, entre otros insólitos poemarios, Os eidos (1955), Letanía de Galicia e outros poemas (1974), Do Courel a Compostela (1988) y Tempo de elexía (1992).

En el terreno poético, no obstante, hay varios miembros de la generación del 27 que hemos de citar en un apartado distinto, no sólo por su dimensión espiritual sino por las renovadas posibilidades de su ideario estético.

Muy por encima de otros creadores, García Lorca, Manuel Machado y Gerardo Diego llevaron dentro de sí una nota compostelana que podría culminar cualquier antología. Torrente Ballester, autor de un texto bien hermoso acerca de la ciudad del Apóstol, Compostela, rescata de don Manuel los versos siguientes, compuestos cuando el poeta era bibliotecario en la ciudad que tanto amó su padre: «¡Oh Quintana de Muertos! ¡Oh, Palacio / de Gelmírez! ¡Oh, piedra suntuaria, / lujosa piedra, piedra igual y varia, / matizada de gris hasta el topacio! / ¡Oh, gárgola, mingente en el espacio, / con la ruda impudicia milenaria!».

La misma fascinación pétrea le cupo a Gerardo Diego, afecto a las potestades que él llamó Ángeles de Compostela (1961): «También la piedra, si hay estrellas, vuela. / Sobre la noche, biselada y fría, / creced, mellizos lirios de osadía; / creced, pujad torres de Compostela».

Tanta riqueza en la arquitectura se traduce en clave simbólica, fijando así un arsenal de materiales que también Lorca aprovecha en sus estrofas: «Dice un hombre que ha visto a Santiago / en tropel con doscientos guerreros; / iban todos cubiertos de luces, / con guirnaldas de verdes luceros, / y el caballo que monta Santiago / era un astro de brillos intensos».

De nuevo en los márgenes del galleguismo, cabe citar al compostelano Agustín Magán, dramaturgo comprometido con los avances del teatro gallego contemporáneo. Paisana suya, la escritora y periodista Concha Castroviejo, autora de novelas como Los que se fueron (1957) y Vísperas del odio (1959), nos permite acceder a otra familia literaria: la que formaron su hermano, el escritor José María Castroviejo, y el buen amigo de éste que fue Álvaro Cunqueiro, uno de los autores más originales y admirables de la España de su tiempo.

La obra de ambos es abundante en referencias telúricas, aún más notorias si cabe en ese librito encantador que elaboraron conjuntamente: Viaje por los montes y chimeneas de Galicia (1962). A Cunqueiro le debemos líneas tan felices como las de La botica del obispo Diego Peláez.

De casta le viene ese interés por lo jacobeo, al menos si hacemos caso a su cofrade Juan Perucho. Al decir de este escritor, don Roldán, el de Roncesvalles, no murió en Roncesvalles. En la isla de Sálvora tuvo amores con la sirena Pasitea, de escamas de plata y cabellos de oro, y de ese romance nació un hijo, que se llamó Paladín. «Me han asegurado –dice Perucho en Nicéforas y el grifo– que Cunqueiro desciende de esta sirena Pasitea por la rama de los Mariños de Lobeiro».

(Publiqué la primera versión de este artículo en el portal del Centro Virtual Cervantes)


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