
En Stendhal hay poco que hacer con las nacionalidades como actores identitarios.
Suiza –al menos, Ginebra– le parece «aburrida, gazmoña y pedante».
Los norteamericanos son caricaturas de los ingleses y los españoles, carentes de la gracia italiana y la urbanidad francesa, groseros, duros y bárbaros. Los alemanes, pacientes y serviles ante sus señores, pierden la razón en la locura de sus sistemas. Son estudiosos, probos en el conocimiento, pero carecen del sentimiento de lo bello, gustan de lo blando y lo tonto, como si todos ellos fueran muchachos veinteañeros enfermos de los pulmones. Podría pensarse que un francés hallaría fácilmente en Francia su espejo nacional, pero no es nuestro caso.
A Stendhal no le gustaba vivir en Francia a causa, precisamente, de los franceses: despectivos, distantes, desagradables por su frivolo sentido del amor, vanidosos y desatentos respecto a los otros. París le parecía una ciudad grandiosa –no olvidemos que era un provinciano de Grenoble– pero que servía de escenario a sainetes del género chico, porque los franceses confunden lo sublime con las buenas maneras.
Por ejemplo: es corriente que un crítico censure a un novelista porque pinta lo que no ha visto, tal si imaginar fuera algo defectuoso. No hay genio en los franceses sino temor al aburrimiento bajo la etiqueta del genio.
Al margen de sus proclamas ¿le disgustaba realmente París, más allá de cuanto fastidia y seduce una capital a un provinciano? Stendhal reconocía el coraje cívico de los parisinos, el ingenio de su charla y la excelencia de su cocina. Se la pasaba recogiendo chismes en los cafés y los salones, de los que tenía una agenda cotidiana. Detestaba los domingos, los paseos dominicales por los parques, justamente, por la falta de esa sociabilidad de la que decía no gustar.
En sus momentos de complacencia, admitió que había un buen costado en la condición de los franceses: ser –nada menos– una civilización, la buena compañera del universo. Pero es como si no fuera su civilización, como si se tratase de algo inherente a los otros, esos que están ahí y se denominan franceses.
Frente a ellos, los italianos exhiben las virtudes que Stendhal admira: la improvisación, el brío, la loca alegría. Si los franceses son mediocres y divertidos, los italianos son afectos al genio y al crimen. Hay una clave psicoanalítica, si se la acepta, para explicar esta inclinación familiar de Stendhal por Italia (al menos, por cierta Italia): la fantasía de que su madre era de ascendencia italiana y que su apellido original no era el francés Gagnon sino el italiano Gagnoni. Si se quiere, en Italia, Arrigo Bey le recuperaba su «patria materna». La Italia que ama Stendhal es la de una supuesta Edad Media.
Su modelo: Milán. En ella todo se vive en un tono caballeresco y heroico, desdeñando la británica preocupación por la economía, las finanzas, los impuestos. La política es un tema de conversación en los palcos de la Scala. Hasta la oscuridad del idioma italiano –opacidad del cuerpo en la palabra– le da un placer que no obtiene de la claridad inglesa, precisa y descarnada.
Cabe concluir que Stendhal gusta del heroísmo propuesto por la ópera, a la cual fue empecinado asistente. Fuera de Milán, su preferencia va hacia la Roma renacentista, la de Rafael, en tanto abomina de la Roma barroca, la de Bernini y sus secuaces. Los sepulcros de Canova le parecen panfletos contra la muerte. Roma es admirable y sepulcral, al revés que Nápoles, execrable de arquitectura –sólo le gustan sus puertas cocheras– pero llena de vida.
Copyright del texto © Blas Matamoro. Este artículo fue editado originalmente en la revista Cuadernos Hispanoamericanos. El texto aparece publicado en Cine y Letras con el permiso de su autor. Reservados todos los derechos
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