Corren tiempos oscuros
En un arrebato de dignidad, el escritor escribe en 1993 un artículo en el que arremete duramente contra las continuaciones literarias de Lo que el viento se llevó y Rebeca, y afirma que el mundo editorial moderno sólo parece interesado por los creadores de grandes éxitos, al estilo de Tom Clancy, Michael Crichton... o Stephen King.
Más de cincuenta millones de libros vendidos en todo el mundo es una cifra lo bastante respetable como para hacer olvidar a sus agentes literarios frivolidades como ese caserón gótico que King se construye en Bangor, aislado del mundo como un País de Nunca Jamás de estilo victoriano, en el que jugar tranquilamente con sus gatos y corregir los escritos de su esposa Tabitha al amor de una vieja chimenea.
Por desgracia, esa felicidad va a verse comprometida por un accidente. El 19 de junio de 1999, mientras pasea por una carretera de Lovell, sufre un aparatoso atropello. Más de un mes en cuidados intensivos, cinco operaciones y una buena temporada de rehabilitación son el balance de esa desgracia que se añade a otra: King pierde la seguridad y la inspiración a la hora de escribir.
Sólo el tiempo le permitirá superar ese bloqueo.
En marzo de 2000 publica la primera novela para ser leída exclusivamente en Internet. El citado libro electrónico, Riding the Bullet, tan sólo cuesta 2,50 dólares. Se distribuye en un archivo con el texto codificado de forma que no pueda copiarse ni imprimirse: sólo se puede leer sentado ante el ordenador o empleando alguna de las modernas agendas electrónicas.
Meses después, King presenta un nuevo proyecto cibernético, La planta, un relato por entregas que puede descargarse en cualquier ordenador.
Sin embargo, la respuesta de los internautas no es demasiado entusiasta y el autor decide retirar la novela después de la sexta entrega.
La excelente acogida comercial de títulos como El cazador de sueños (2001), Cell (2006) y La Cúpula (2009) mantiene a King en un lugar de privilegio entre los escritores norteamericanos.
A estas alturas, en su cuaderno de bitácora no existen palabras como pesimismo o desánimo. Tan solo el entusiasmo parece dominar su vida, dividida entre la ternura doméstica y su dimensión de autor de fama.
Con todo, no es posible determinar qué siniestros fantasmas culebrean por su pensamiento. Sobre todo cuando hace declaraciones a la prensa en las que dice, quién sabe si ingenuamente: "Creo en Dios y creo que seguramente Dios hace bien las cosas. No sé de qué otra manera se podría explicar que sigamos vivos años después de la explosión de la primera bomba atómica y que nadie más la haya empleado".
¿Alguien ha creído entrever, por una vez siquiera, un Stephen King sin claroscuros? Dejemos que él mismo apunte la última reflexión: "¿Saben una cosa? –dice, sonriendo–. Pienso que el Diablo es un tipo divertido".












































































