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Stephen King - La ruta de la fama

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La ruta de la fama

Por esta época, el escritor contrae matrimonio con su antigua compañera de la Universidad de Maine, Tabitha Spruce.

"Nos conocimos –escribe– trabajando los dos en una biblioteca, y yo me enamoré de ella en otoño de 1969, durante un taller de poesía, yendo yo a cuarto y ella a tercero. En parte me enamoré porque comprendía la intención de sus escritos. Y ella la de los míos. También me enamoré porque llevaba un vestido sexy y medias de seda de las que se ponen con liguero".

En 1970, nace su primera hija, Naomi Rachel. Sin otros ingresos en perspectiva, King malvive con un pequeño sueldo como profesor de la Academia Hampden. Frustrado y con la esperanza metida en una olla de presión, encuentra refugio en el alcoholismo: una dependencia que a punto está de dar al traste con su matrimonio y con su carrera.

"Los relatos que vendí –dice– a las revistas para hombres entre agosto de 1970 (cuando recibí el cheque de doscientos dólares por El último turno) y el invierno de 1973-1974 eran lo único que nos separaba de la asistencia social, y por poco".

En 1972, nace su segundo hijo, Joseph Hillstrom, y cuando las cosas parecen empeñarse en no mejorar, una gran editorial acepta el borrador de su primer libro, Carrie.

"El original de Carrie –escribe– fue expedido a Doubleday, con uno de cuyos empleados, William Thompson, yo había tramado amistad. Después de enviarlo olvidé su existencia y proseguí mi vida normal, que en aquella época consistía en dar clases, ejercer de padre, querer a mi esposa, emborracharme cada viernes por la tarde y escribir relatos".

Carrie es la novela que revela en 1974 el genio de King al gran público. En un terreno personal, es el éxito económico que le sirve a él y a su familia para abandonar una vida de privaciones, llena de anécdotas tan infelices como tener el teléfono cortado por falta de pago o necesitar un trabajo eventual en una lavandería para sumar este sueldo al obtenido como profesor el resto del año, y cubrir así los gastos familiares más elementales.

Entre 1977 y 1984, Stephen King adopta el sobrenombre de Richard Bachman y edita algunas novelas de género escritas antes de Carrie (en concreto, Rabia, La larga marcha y El fugitivo), mientras añade clásicos a su creciente bibliografía.

Mientras completa el borrador de Salem's Lot (1975), su madre fallece de cáncer. Durante un breve periodo, los King se trasladan a Boulder, Colorado, y allí King dedica largas horas a la escritura de El resplandor (1977), una novela en la que, además de explorar los senderos de la locura con insólita madurez, también queda patente su lucha con los fantasmas del alcohol. Todo ello ambientado en una casa encantada que entronca con la vieja tradición de la ghost story del siglo XIX.

"La primera vez que la leí –escribe Peter Straub– quedé conmovido por la belleza de su ornamentación, tan florida y precisa como una alfombra persa: la infancia de Jack Torrance está tan minuciosamente decorada como el hotel Overlock. Y gracias a esta clase de instintivo detallismo, hacía que el terror doliera a través de todo el libro".

El retorno a Maine en 1975 coincide con dos buenas noticias: el nacimiento del tercer hijo de los King, Owen Phillips, y el ingreso del novelista en la Universidad de Maine, como profesor de escritura creativa.

En La zona muerta (1979) King narra una historia a medio camino entre la política-ficción y los fenómenos paranormales, propia de un diario tabloide de la época, con un protagonista dotado de increíbles facultades de videncia. En la misma línea, Ojos de fuego (1980) se centra en una niña con otro don sobrenatural.

A partir de este momento, King se sabe un creador de éxitos. Y aunque no ha retirado la botella del cajón de su escritorio, está convencido de que los tiempos duros han quedado atrás.

Con todo, cada nueva obra suya que aparece en el mercado es más voluminosa y es peor tratada por la crítica.

¿Acaso ha perdido la inspiración? Quizás sólo sea víctima de un ritmo de producción editorial que muchos consideran sospechoso. Al fin y al cabo, no es ningún secreto que otros autores recurren a aprendices aventajados para completar obras que ellos sólo bosquejan.

A mediados de los ochenta, los rumores vienen y van pese a que el talento literario de King debiera desmentirlos. Siempre cabe suponer que algún lector de aviesa imaginación situaría de buen grado a King en el lugar de Paul Sheldon, el escritor protagonista de Misery (1987), atrapado en esa casa que gobierna una enfermera enloquecida llamada Annie Wilkes.



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