Mutantes en el autocine
La trágica pesadilla de la bomba H tuvo consecuencias mucho más inofensivas en la cinematografía de los cincuenta que aquellas que el recuerdo terrible de Hiroshima hacía presagiar.
El gigantesco protagonista de The Amazing Colossal Man (1957) se pasea entre las sombras de Durham, aturdiendo la desbocada fantasía de King, preso de una cinefilia que no discrimina propuesta alguna, y que lo mismo acepta la quimera de las enormes hormigas de La humanidad en peligro (1954) que la compañía de ese encantador monstruo de caucho que protagoniza Japón bajo el terror del monstruo (1954).
Siempre, claro está, en la tenuidad cómplice de la sala de cine local, bolsa de palomitas en ristre y rodeado de buenos camaradas junto a los que comentar, a viva voz, los momentos más afortunados de cada proyección
Cosa bien distinta es pensar en la fatalidad que encarna el perro protagonista de su novela Cujo (1981), un engendro sanguinario que no admite complicidades, pero que nace en la imaginación de King gracias a esos mutantes que aterrorizan a la platea del cine al que acude cada fin de semana.
El cruce de géneros, tan habitual en este tipo de salas, explica asimismo el origen de La Torre Oscura, con una imaginería rescatada del más genuino western de bajo presupuesto.












































































