
Director de la revista Scherzo y presentador de Juego de Espejos en Radio Clásica, Luis Suñén atesora una prestigiosa carrera en el periodismo cultural y la edición de libros. En 1999 tuve la ocasión de entrevistarle en torno a un tema complejo: la relación entre la tauromaquia y la literatura. A la hora de reproducir aquel diálogo, y para destacar la profundidad de sus respuestas, he preferido obviar muchas de mis preguntas.
Muchos escritores han sido aficionados a los toros, y algunos de ellos son una leyenda para los lectores.
Ciertamente, es posible citar a muchos escritores que han tomado los toros como pretexto para hacer literatura. Podríamos recordar a Hemingway, a los poetas del 27, a poetas más cercanos a nosotros, como Francisco Brines o Rafael Morales. Siempre ha existido literatura sobre lo taurino.
No obstante, se han dado cambios de importancia tanto en las letras como en el toreo. Cambios decisivos, pues la novela ya no responde a los parámetros realistas a los cuales iba muy bien el asunto taurino; es dífícil que hoy se escriba un libro como Los clarines del miedo, de Ángel María de Lera.
Por otro lado, los sujetos de esas novelas, toreros y aprendices de toreros, ya no responden al mismo perfil, pues no van toreando por las dehesas a la luz de la luna, ni robando gallinas, como hacía "el Cordobés".
Es poco probable que las vidas de los espadas modernos puedan llevarse a la literatura en la clave que le interesa a la sociedad lectora española. Sin embargo, continúa publicándose bibliografía taurina y siguen interesando las historias del toreo, los análisis del modo de torear y, en general, los ensayos y obras divulgativas que tienen que ver con los toros.
En este contexto, si acudimos a una plaza, resulta difícil pensar que algunos vociferantes que allí se encuentran hayan leído una obra como Juan Belmonte, matador de toros, de Manuel Chaves Nogales, o algún libro que defina en qué consiste cargar la suerte. Pero resulta que los títulos acerca de la materia continúan vendiéndose e incluso hay reediciones. Siguiendo el calendario de la fiesta, la demanda es, en cierto grado, estacional, pues son libros que tienen sus puntas de venta coincidiendo con las ferias.
¿Te ha servido de inspiración la fiesta a la hora de escribir?
Confieso que los toros no me han servido como materia de inspiración (por volver a esa expresión en desuso) como poeta. Sobre la fiesta sólo he escrito algunos artículos de periódico.
Permítaseme una ironía: el hecho de no haber dedicado ningún poema al tema taurino podría ser materia analizable. Quizá la razón es que soy poco fetichista, y entonces los toros me gustan en la manera en que deben gustar, no más allá.
Pero dejemos aparte esta experiencia personal, pues en este mundo de relaciones entre lidia y literatura, el rastreo es rico en nombres y propuestas estéticas, y también nos conduce a literatos con una visión muy personal de la tauromaquia, caso de José Bergamín, quien sigue una línea menos directa en materia toresca que la trazada por la generación del 27.
Él caracteriza eso que un poco tópicamente, pero también con bastante certeza, se dice del pensamiento español: más interesado por hacer literatura que por crear un sistema. Es probable que sea cierto, y el caso de Bergamín y los toros es algo así. Nadie escribe de una manera sistemática sobre torerías y Bergamín tampoco. Sin embargo, es curioso su planteamiento taurino, porque sí introduce algún elemento de tipo geométrico cuando describe la lidia.
Los toros tienen mucho de geometría y de matemática, y así lo demuestran obras como Abriendo el compás, de Felipe Garrigues, donde se explica lo fundamental de abrir el compás a la hora de darle un pase al toro con el capote o la muleta. Bergamín analiza bien este tipo de cosas que tienen que ver con una técnica codificada, al mismo tiempo sometida al instante, al error, al azar.
Uno de los escritos taurómacos más conocidos de Bergamín es La música callada del toreo. Nos sugiere ese título una perfecta definición de la lidia, puesto que cabe plantear el toreo como una suerte de pentagrama sometido a la improvisación del momento.
Desde la de Pepe-Hillo, las primeras tauromaquias empiezan a regular la actuación del torero frente al toro. Es la introducción de esas pautas lo que permite resolver las suertes del toreo, a partir de las cuales, a lo largo de la historia, irá implantándose el estilo. Juan Belmonte logra que ese concepto de estilo penetre en la fiesta de forma decisiva. Y dado que la estética que rodea a la llamada fiesta nacional es a veces abominable, un aficionado como yo acaba quedándose con esas cuestiones que tienen que ver con la geometría y el estilo, con ese dúo casi balletístico que forman la res y el torero.
Se da una contradicción entre la profundidad cultural de la fiesta y su aparente barbarie.
Hay muchas prácticas relacionadas con el toro que parecen bárbaras, y de hecho lo son. Ese es justamente el problema de la simpatía por este mundo, origen de esa contradicción, muy difícil de resolver.
Cada año, cuando empieza en Madrid la Feria de San Isidro, el diario El País publica un brillante y lúcido artículo de Manuel Vicent contra la fiesta de los toros. Por sistema, el citado artículo no es contestado.
¿Cuál es el motivo?
Sencillamente, nadie es capaz de responder a lo que está diciendo Vicent porque, en el fondo, es cierto. Es verdad que las corridas de rejones son una auténtica salvajada. Es verdad que resulta algo tremendo ver a un estoqueador entrando a matar doce veces. Resulta todo ello muy poco considerado con los animales, a los cuales hemos de respetar, y desde luego, parece antiestético y quizá poco humano, así que, a la hora de defender la validez de la fiesta, nadie pone la misma pasión que sus detractores. Cierto que algunos autores contradicen los argumentos de Vicent, pero lo intentan con útiles que no sirven para razonar.
Yo no puedo sostener que los toros me parecen maravillosos sólo porque Ortega y Gasset, Alberti, Bergamín y Brines han escrito sobre ellos. No, eso no me parece que sea una razón suficiente.
Desde el punto de vista de lo que puede ser el pensamiento de fines del siglo XX, el toreo es difícilmente defendible, dado que se trata de una lucha con frecuencia desigual entre un hombre y un toro, en la cual muchas veces las cartas están marcadas y corren los más bajos instintos de un público que además ha pagado una tremenda cantidad de dinero.
Lo único que me parece emocionante de todo eso es la realidad estética de un ser humano y un animal componiendo una figura plástica maravillosa. En mi opinión, el hombre o la mujer que están haciendo eso que llamamos torear se trascienden de una manera especial y transmiten a los aficionados una emoción que, es evidente, Vicent y los antitaurinos no comparten.
¿Qué opinas del casticismo en el mundo del torero?
Algo hay de ello. Recientemente "el Juli", un matador de dieciséis años, decía que el torero lo es dentro y fuera de la plaza, así que ha de ser un hombre serio, riguroso en las formas y el atuendo. Eso que "el Juli" sostiene no supone la conservación del casticismo, sino de la figura del torero como alguien especial. Siempre me ha impresionado ese perfil del matador, pero no en lo que tiene de chulesca su actitud más caricaturizada.
Me atrae porque el espada siempre ha tenido entre nosotros una consideración muy singular como artista que además se juega la vida. En otro sentido, no me gusta identificar a los toros con la esencia de lo español.
Eso sería tanto como pensar que seguimos anclados en una estética de clavel reventón y forro de caja de puros. Sin embargo, debo insistir en los aspectos negativos de la estética que rodea lo taurino.
El diseño de los carteles y las entradas, la gente que pulula por los alrededores de una plaza, los reventas y otros elementos del entorno, resultan de una sordidez asombrosa, y eso es bastante descorazonador, sobre todo para quien se acerca por primera vez a la lidia.
Quienes ya somos mayores sabemos que el taurinismo sólo es un accesorio, pero un accesorio peligroso. Conviene por ello destacar una diferencia importante entre taurinos y aficionados. El aficionado es un señor que va a ver la corrida con un mínimo sentido crítico, y llamamos taurinos a quienes viven de los toros y, fundamentalmente, se aprovechan de ellos.
Es irritante para el taurófilo moderno el hecho de que los toros se caigan durante la lidia. Asimismo, le molesta comprobar cómo determinados toreros no acaban de subir en el escalafón mientras otros torean corridas constantemente, y tampoco entiende la escasa exigencia que hay en las plazas en materias tan distintas como la concesión de orejas o el cambio un toro inválido.
Con parecido apasionamiento, los aficionados de todas las épocas han considerado la suya como la peor en toda la historia de la fiesta. Incluso al revisar las críticas de Gregorio Corrochano, descubrimos que afirma: "No hay toros", es decir, lo mismo que señalamos en la actualidad. Pero, por desgracia, ahora sí me parece evidente esa decadencia en la bravura del toro, y quienes creemos en el continente estético de la fiesta sabemos perfectamente que sin toro no hay nada que hacer.
Componer la figura es algo que nos puede gustar más o menos, pero si no hay una emoción añadida, lo cierto es que no existen diferencias entre torear un astado y torear un caballo de cartón. Por esta razón, la intransigencia es algo fundamental para el desarrollo del toreo. Es evidente que ha de haber una crítica intransigente y unos aficionados intransigentes, incluso tendenciosos en el mejor sentido de la palabra. Perder la memoria en este sentido es peligrosísimo.
Háblame de la crítica taurina actual.
No leo a todos los críticos taurinos, pero sí leo con muchísimo placer a Joaquín Vidal, quien me parece un escritor muy castizo, en el cual se dan determinadas invariantes que han seguido funcionando a lo largo de lo que sería el costumbrismo español y su apreciación de la vida cotidiana. Sabe combinar bien el juicio con el modo de exponerlo y el resultado es una pieza periodístico-literaria bastante bien acabada en términos generales.
Pero hay lectores que prefieren una crítica menos amarga que la suya. Por cierto, ese mismo estilo lo tenía, en otro registro expresivo, Díaz-Cañabate, magnífico escritor que en muchas ocasiones no hablaba de lo que había pasado en la plaza, sino de lo que comentaba su vecino de localidad.
El de la crítica taurina es un terreno complicado, porque a lo mejor resulta que sus problemas son los mismos que padece la crítica en general en España. No destaca la vida intelectual española porque haya una gran cantidad de críticos de altura. Por lo demás, he creído siempre que la crítica de espectáculos más difícil de hacer es la taurina, dado que, por mucho que digamos que los toros se caen o tienen manipulados los pitones, lo relevante es que el torero pone en juego su vida.
Recuerdo un artículo magistral de Rafael Sánchez Ferlosio, dedicado a Rafael Ortega. Lo titulaba El as de espadas, porque este diestro mataba muy bien, y comentaba en él que si algo no se le puede exigir a un torero es honradez. En la profesión del toreo es muy matizable ese concepto de la honradez, sobre todo cuando hablamos de personas que arriesgan su existencia. Juzgar la actuación de un torero supone entrar en terreno resbaladizo, pues existe el peligro de apretar los tornillos más de la cuenta a quien está ya de por sí en el límite.
Ahora bien, al constatar circunstancias como ésa, debemos considerar que estamos hablando de estética y estamos hablando de una realización efímera, maravillosamente acabada, llevada a cabo por gente que, en muchas ocasiones y sobre todo en el pasado, no sabía ni leer ni escribir. Esa es otra de las cosas atractivas del toreo, esa especie de extraño carácter sacramental que imprime a quien lo ejerce.
El decaimiento que advertimos en el toreo los aficionados tiene diversas facetas. Hay al respecto una frase genial de Vicent, quien se preguntaba qué se puede esperar de una fiesta que empieza en la isla de Creta y termina en la calle de la Victoria.
Desde luego, no deja de ser un poco tremendo que una de las cosas más hermosas que yo haya visto en los últimos diez años sea la imagen de Rafael de Paula, con el capote echado a la espalda, sentado en el estribo, esperando a que los areneros concluyan su labor. Parece difícil que el espíritu de un aficionado serio se conmueva en una corrida con Jesulín de Ubrique, Enrique Ponce y Vicente Barrera.
A mí desde luego me conmueve mucho más una corrida con toreros serios, rigurosos, de los situados en la parte media-baja del escalafón. En este punto es donde amenaza otra combinación peligrosa para la fiesta: aquella que une al empresario que va directamente a hacer negocio con el público que consiente que le den gato por liebre. Y en eso ha influido determinada crítica que jalea aquello que triunfa, siguiendo el axioma de que si a la gente le gusta, será por algo.
Todo esto, en suma, explica por qué determinados seguidores de la fiesta estamos desencantados con el presente de la lidia. Sin ir más lejos, recuerdo el día en que se retiró Curro Vázquez.
Pensaba escribir al día siguiente un artículo explicando que ese día también me cortaba la coleta: se iba Curro Vázquez y también me iba yo, como espectador. Pues bien, mis sentimientos no han variado. En este momento, como entonces, no tengo ningún estímulo para ir a los toros.
Publiqué la primera versión de este artículo en la revista Cuadernos Hispanoamericanos.
648 días atrás
648 días atrás
648 días atrás
648 días atrás
648 días atrás
648 días atrás
648 días atrás
1227 días atrás
1430 días atrás
1443 días atrás
1494 días atrás












































































