
En el poema «Paisaje inmóvil» perteneciente a su libro Salir con vida (Pre-Textos, Valencia, 2004), Tomás Segovia emprende el sendero, quizá destino, de tantos poetas: la búsqueda y, acaso, el hallazgo de ese tiempo «sin tajos ni arañazos» que fluye en un lecho virgen, el tiempo anterior a la historia, cuando todavía no era depositario de ningún evento concreto.
Tiempo equivalente al ser puro que Hegel equiparó a la nada. Segovia no sólo menta ese tiempo sino que declara haberlo visto porque allí, en ese lugar primordial, «se ve el lúcido fondo de su cauce». El poeta ve lo que, normalmente, ni él ni nosotros vemos: el tiempo despojado de los acontecimientos temporales.
Con insistencia, los filósofos se han planteado este problema. Lo hizo Walter Benjamin allá por el siglo pasado y admitió la imposibilidad humana de encontrarse con un tiempo que transcurriese sin que nada ocurriera en el transcurso, es decir: un tiempo que fuera, a la vez, temporal y ahistórico. El poeta, una vez más, puede llegar a las zonas que el filósofo se veda en homenaje a su oficio.
El poeta no tiene oficio, su discurso no es oficial sino oficioso. Para él, llegar a ese cauce puro del tiempo es un ejercicio de extrema lucidez, de vigilia exacerbada que da lugar al silencio que exige el poema, lugar donde el lenguaje dice como si jamás hubiera dicho nada.
Es claro que, al decir, el poema discurre y muestra lo sucesivo de su trama, o sea su naturaleza temporal. El verso arriba al lugar del tiempo sin eventos, sin historia, pero el poema que va tramando resulta, fatalmente, histórico. La memoria, aunque impersonal, es idiomática, y viene trayendo su propia historia. Segovia, por cuanto va dicho, recoge el eco inmemorial de la palabra que intenta ver la pureza virginal del tiempo prehistórico. Es un deber insistente de todo poeta porque sin esa imagen prístina no hay poesía y la palabra se torna inevitablemente oficial.
Como todo poeta auténtico, Segovia rehuye tener un oficio, acumular normas de taller y repetirlas para ejemplarizar a sus aprendices y a sus lectores.
Por el contrario, se empecina y hasta obtiene una especial felicidad, en ver el cauce donde la lucidez percibe la pureza del tiempo que sólo es Tiempo.
Copyright del texto © Blas Matamoro. Este artículo fue editado originalmente en la revista Cuadernos Hispanoamericanos. El texto aparece publicado en Cine y Letras con el permiso de su autor. Reservados todos los derechos
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