
Una paciente y concienzuda obra de años ha cumplido Anna Caballé en la materia de la literatura escrita por mujeres.
Como era obligado, se encontró con hartas expresiones de pensamiento misógino, en textos literarios, teológicos, políticos, científicos, filosóficos, dispersos en libros, folletos, periódicos y revistas.
Antologarlos -en el caso, sólo acudiendo a fuentes españolas-, clasificarlos, fundamentar la clasificación y comentar sus bases ideológicas, ha sido la solución que el presente libro exhibe.
Es obvia la utilidad que presta para entender cómo se ha pensado, juzgado y prejuzgado la identidad de la mujer en nuestra lengua, desde la Edad Media hasta hoy. Menos obvias son las sorpresas que la investigación señala.
En efecto, hay de todo en la crestomatía sexista, basada en la creencia de que las distinciones entre las identidades del varón y la mujer, son naturales y, por ello, inmodificables, cuando no incisos de un decreto divino, el del Creador de la inmutable Naturaleza.
Las hay finamente científicas o filosóficas (las de Marañón y Ortega), rasamente fisiologistas (Baroja), fóbicas (Quevedo) y hasta de un paternalismo que trata siempre de coartar los movimientos de la mujer para que no enloquezca y deba ser reprimida en instituciones pertinentes.
Queden de lado las abundantes groserías tabernarias y en silencio pasen sus autores.
Pero la misoginia que estudió Caballé no es cosa de hombres o no lo es solamente.
Muchas de las páginas que se antologan están escritas por mujeres, lo que permite concluir que ellas han sido, en gran medida, las transmisoras del sexismo misógino, fuente de una identidad represiva y hasta humillante, pero identitaria al fin de cuentas. Sublime como diosa o madre de la vida, demoníaca como animal oscuro y demente, la mujer según debió ser en la normativa sexista, no aparece en tanto ser humano, sino algo que está por encima o por debajo de la humanidad, cuyo paradigma es el varón.
En todo caso, y así sucede siempre con lo sagrado, hay que fascinarse y adorarla, a la vez que defenderse de ella porque su profanación desata los castigos del tabú.
Todo ello, debidamente criticado desde una perspectiva igualitaria -de nuevo: no identitaria- es el valor añadido a la sólida tarea de Caballé, necesaria y punzante en un medio enmarañado de prejuicios que se enfrentan sin razonarse.
Copyright del texto © Blas Matamoro. Este artículo fue editado originalmente en la revista Cuadernos Hispanoamericanos. El texto aparece publicado en Cine y Letras con el permiso de su autor. Reservados todos los derechos.
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