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Una filosofía masoquista
Mishima aplica los contenidos del Hagakure a la realidad de su tiempo; comenta, critica, aconseja...
Por cada paso errado de la juventud –pendiente de modas y ritmos que él aún considera extranjeros–, el arcaico Mishima propone una máxima, una referencia épica que sirva de aviso para evitar el desastre.
Maestro de armas y sueños, Mishima insiste en un retorno al antiguo Imperio, pero no se refiere ya al humillado Mikado de Hiro Hito, sino al de las viejas dinastías: aquel que fortalecieron personajes tan fundamentales en la historia del Japón como Oda Nobunaga. A su modo, es como si un francés reivindicase a Carlomagno.
Tras haber velado armas junto a un puñado de fieles de la Sociedad del Escudo, el escritor medita sobre los contenidos del breviario, conocedor del tormentoso devenir que le sugiere. Mishima distingue tres filosofías diferentes en el Hagakure: 1) Filosofía del acto: La consecuencia última del acto es la muerte. 2) Filosofía del amor: En el espíritu profundo japonés amor y muerte están en una misma línea. El amor más sublime es el profesado al Emperador. 3) Filosofía viva: La honradez absoluta es el patró de toda conducta.
“Para el hombre de acción –señala Mishima–, la vida se presenta frecuentemente como un círculo que ha de ser completado añadiendo un último punto. A cada momento, él continúa descartando tales círculos, incompletos por la asusencia del punto, y prosigue su camino, encarando una sucesión de círculos semejantes”.
Quizá buscaban este último punto muchos de aquellos desgraciados kamikazes que volaron hacia una muerte segura cuando la guerra ya estaba perdida.
¿Se sintió frustrado Mishima por haber cambiado la gloria en el combate por una acomodada vida como novelista? Esta es su repuesta: “La vida de un artista o filósofo se muestra como una acumulación de círculos concéntricos progresivamente ensanchados. Pero cuando la muerte llega finalmente, ¿quién habrá alcanzado un mayor grado de realización? ¿El hombre de acción o el artista? Yo pensaría que una muerte que en un instante completa el mundo personal con el añadido de un solo punto proporcionaría, con mucho, un más intenso sentimiento de realización”.
En la muerte, como en la vida, el guerrero pretende alcanzar la permanencia a través del cumplimiento de determinados propósitos. Mishima ha sido afortunado en el mundo de las letras, ha sabido burlar los convencionalismos y los prejuicios de una sociedad que él sabe extraviada, y ha firmado con sangre el epílogo de una vida intensa, síntesis de inefables contrastes.












































































