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Vida, obra e ideario de Cesare Pavese

William_Michael_Harnett5

Dice Safo en los Diálogos con Leucó: «No acepto el destino. Nadie lo acepta. Soy el destino». Excelente fórmula de la libertad humana, una entre las tantas posibles.

Una fórmula dicha desde lo trágico, desde lo clásico: ser el destino, no soportarlo ni someterse a él. Esta identidad del sujeto con su destino invierte los términos y altera su perfil de tragedia. Es el sujeto quien protagoniza su destino en el misterio del ser. En este límite, Cesare Pavese (Santo Stefano Belbo, Cuneo, 9 de septiembre de 1908 – Turín, 27 de agosto de 1950) ejerce un lúcido y minucioso autoanálisis, el que se abre espacio desde la pregunta: ¿quién soy, yo que soy mi destino?

Yo, mi destino y el ser somos, al menos, tres. Una suerte de coloquio se articula entre nosotros. Esta conversación anima la radical soledad de Pavese, su constante escucha de sí mismo, de esas voces que acechan su escritura. No sobra recordar los versos tantas veces citados: "Vendrá la muerte y tendrá tus ojos / Esta muerte que nos acompaña / De la mañana a la noche, insomne / Sorda, como un viejo remordimiento / O un vicio absurdo / La muerte tendrá tus ojos: / tendrá tus mismos ojos, / te mirará con tus ojos, / te verás con los ojos de la muerte, que son los tuyos. Y también: la muerte hará suyos tus ojos, te quedarás ciego al morir. Bien, pero ¿quién eres tú?

Las respuestas obvias harían superflua la pregunta: tú eres el lector, el interpelado por el texto. No obstante, en Pavese cabe otro tú, si es que lo hallamos en su prosa autorreferente, en especial, sus diarios, y lo trasladamos a sus poemas, que tanto se le parecen. En ocasiones, la triple articulación de ese Quien desplegado en la escritura, se hace explícita («... yo, y no el hombre que está en mí» se lee en el diario del 24.4.1936).

En general, se pone en escena, resultando una suerte de narcisismo analítico: el yo del lenguaje, el tú del espejo y ese tercero, infrecuente, el sujeto civil y social conocido como Cesare Pavese.

El tú adquiere una connotación sexual: es femenino. La muerte tendrá tus ojos, ojos de mujer, y con ellos te mirará antes de cegarte. Tiresias (el de Diálogos con Lenco) teoriza sobre esta sexualidad mixta: «El sexo es ambiguo y siempre equívoco. Es una mitad que parece un todo».

A veces, Pavese se identifica con una mujer: «... tengo una terrible sed de amistad y comunión, como las viejas solteronas», escribe a Enzo Monferini en enero de 1938. En general cuando imagina su relación con una mujer, ansia ser poseído y amado como si él fuera otra mujer. A su amiga Fernanda Pivano le recomienda, proyectivamente, como si hablara desde su propia experiencia, que «se haga violar por el primer atleta que encuentre y verá las cosas con ojos más claros» (carta del 4.6.1943).

Es, precisamente en su relación con la Pivano donde mejor se advierte esta alquimia de la «alteración» sexual pavesiana. En algunas de sus cartas la llama Nando y le adjudica un carácter masculino, jugando a ser él mismo una mujer que quiere casarse con él / ella.

En una prosa fechada el 25.10.1940, Análisis de P., se dice: «P. Se olvida de enamorar a la mujer en cuestión y, en su lugar, se preocupa de tender toda su propia vida interior hacia ella, de enamorar con ella cada molécula de su propio espíritu, de cortar todos los puentes a su paso».

Dicho de otro modo; enamorarse, para Pavese, es interiorizar a la mujer amada, feminizarse y darle ese tú al que antes me he referido. La atracción por la Pivano consiste en que ella le ofrece el espejo invertido, pues se trata de una mujer que se imagina viril y considera el coito como un estupro. Los varones le parecen extraños porque la ven, naturalmente, como una mujer. Tal suerte de travestismo simbólico orilla la homosexualidad.

Muy tempranamente (carta a Tullio Pinelli, 18.8.1927) advierte que lo que denomina «matrimonio monosexual», aunque contrario a la naturaleza, es el único en que el cerebro y el corazón están de acuerdo. Y en 1941, en su prosa Los medios de E, anota: «Un jovenzuelo que entra en la vida buscando sistemáticamente compañía femenina (...) es un homosexual que se ignora». En esa orilla tal vez se instale la inhibición sexual de Pavese, el sujeto público, ante las mujeres.

Más aún: la mediada, lejana si se quiere, pero inapelable decisión del suicidio. Muy conocida es la alusión de su diario al respecto (27.9-1937): «La fundamental tragedia de la vida es que el hombre que eyacula demasiado rápidamente, es mejor que no hubiera nacido.

Es un defecto por el cual vale la pena matarse». Es esa falta de «una cosa» que no puede explicitar a ningún hombre casado y que lo lleva, alguna vez, a hacer el elogio de la castidad y, otras, a considerarse «no ser hombre» (diario del 23.12.1937), en el doble sentido que la palabra uomo tiene en italiano y conserva en la traducción: varón y ser humano.

No ser, a secas, ser nadie, o ese alguien listo para la eliminación suicida. Creo que el tratamiento pavesiano de la cuestión excede lo psicológico, pero corresponde examinar algo más de su autoanálisis en lo que atañe a la motivación del suicidio, que es una obsesión temática y un proyectil filosófico de primera magnitud en su obra. Precozmente, la hermandad de la muerte y la compañía del proyecto suicida se muestran en su correspondencia. De 1925 (Pavese había nacido en 1908) datan estos versos: "Me aterroriza el pensamiento de que yo también / Deberé algún día dejar esta tierra / Donde hasta los dolores me son queridos / Ya que intento llevarlos al arte".

En carta a Mario Sturani (9.1.1927), poco después de que un compañero de escuela, Elico Baraldi, se hubiera suicidado quizá por una contrariedad sentimental, incluye estos otros versos: ...y los temores me habrán abandonado y me lo apoyaré en una sien para volarme los sesos.

A Tullio Pinelli le escribe el 12.6.1927: «En el fondo de todas mis exaltaciones, la suprema exaltación es el pensamiento del suicidio ¡Oh, un día tendré, sí, el coraje!». Muy pavesianamente, su escritura dialoga con este proyecto temprano, que inicia una parábola sostenida hasta el final.

No falta algún rechazo (diario del 24.4.1936): «... gente como nosotros, enamorada de la vida, de lo imprevisto, del placer de 'contarla', no puede llegar al suicidio sino por imprudencia. Por otra parte, el suicidio aparece como uno de esos heroísmos míticos, una de esas fabulosas afirmaciones de la dignidad del hombre ante el destino...».

Las más frecuentes menciones apuntan a lo que podemos denominar suicidio histérico, declarado pero sin efectuarse. «P. Actúa en serio, recita en serio y se produce como un actor de la vieja escuela». (Análisis de P. citado). Se lo advierte bloqueado por la escritura: narrarlo es evitarlo y, finalmente, postergarlo. En 1935, confinado en Brancaleone, consigue una cuerda para ahorcarse. En enero de 1938 intenta ultimarse por medio del gas.

Algún otro intento es referido con menores detalles. Abundan las promesas suicidas, suerte de advertencias a los amigos en lo que hace a «ser su destino».

A Enzo Monferini le dice en enero de 1938: «... vivo con la mentalidad del suicida, cosa mucho peor que el suicidio consumado, que es apenas una operación higiénica». En el diario del 10.4.1936 se lee: «... mi principio es el suicidio, nunca consumado, que jamás consumaré, pero que acaricia mi sensibilidad...». Y el 24 del mismo mes anota: «El autodestructor no puede soportar la soledad (...). Entonces sufre sin remedio y podría llegar a suicidarse».

Y, por fin, el 6.11.1937: «El mayor error del suicida no es matarse sino pensarlo y no hacerlo». A partir de estas declaraciones, mayormente privadas o solitarias, se despliega el problema filosófico del suicidio, que trasciende el caso individual, la explicación psicológica y la parábola vital/mortal de Pavese, para ingresar en ese espacio donde pide ser considerado como el asunto intelectual por excelencia, arraigado en una tradición romántica que va de Novalis a Cioran, pasando por Camus.

Lo dice Dionisos en Diálogos con Leucó, a propósito de los seres humanos: «Dado que son mortales, dan un sentido a la vida, matándose». Para Pavese, todos estábamos muertos antes de nacer. Nacemos sin decidirlo a una vida mortal que no elegimos. La respuesta de la libertad a estas imposiciones de la existencia, es el suicidio.

Añado: hay otra respuesta y es la escritura, inmortal por definición. La añado porque también es una respuesta pavesiana. En todo caso, el suicidio se ve como un deber moral: debes apropiarte de tu muerte, ser tu destino y no meramente soportarlo. Es «el suicidio optimista» (diario del 24.4.1936), no dejarse morir naturalmente, con la esperanza de tener tiempo para hacer algo valedero: morir por una razón, dar sentido racional a la muerte y, como resultado, a la vida que la precede. «... querer matarse es desear que la propia muerte tenga un significado, sea una suprema elección, un acto inconfundible » (diario del 8.1.1938).

La trágica conciliación de estas tensiones es el suicidio efectivo, ese acto ambicioso que se concreta sólo cuando se ha superado toda ambición (cf. diario del 16.1.1938). Es un «homicida tímido» (diario del 17.8.1950, diez días antes del final), que se mata cuando ha llegado a la fama, al mejor momento social en su carrera literaria y que, en un acto de supremo señorío, renuncia a envejecer y declara: sé que nada me queda por desear.

Es lo que un filósofo existencial llamaría la muerte en el alma, el sobrevivir biológicamente al último deseo, que se convierte en el deseo de acabar del todo. Como se ve, la historia de Pavese -y por esto importa más que ella misma- excede el caso individual. Atribuir su decisión suicida a un problema sexual es menguada explicación.

Desde luego, podemos ir al origen, oscuro como todo origen. Cabe pensar que imaginarse muerto antes de nacer es definir a un hijo no querido, en cuyo supuesto la falta sería la ausencia del deseo parental. Su imagen de la madre es, cuando menos, peligrosa: «Si naces de nuevo, ten cuidado al pegarte a tu madre. Sólo tienes que perder» (diario del 22.1.1938).

Esa madre es la que domina su escasa relación con el cuerpo de la mujer: lamer los pezones como un niño que es amamantado. En cuanto a la figura paterna, sólo hallo esta referencia en carta a la Pivano (13.2.1943): «Aún más, me siento padre. De qué y de quién, no lo sé bien, pero me siento padre, responsable y fastidioso y superado».

¿Es éste su padre efectivo y real, o es Pavese, por el contrario, el padre innominado de sí mismo, como todo escritor lo es desde su escritura? La fobia sexual a la mujer tiene derivas que no son el suicidio: la homosexualidad, algún tipo de relación sexual ortopédica o técnicamente depurada, etc. No todo eyaculador precoz se suicida por serlo.

El decreto suicidario de Pavese es más fuerte: te matarás por no ser nadie, a menos que construyas tu nombre y tu identidad a partir de la escritura. En esta inflexión hay toda una poética que, según es norma, se convierte en una ética del escritor. La literatura es, una vez más, la Trostung romántica, la defensa y el consuelo ante los embates ofensivos de la vida.

Como Chateaubriand, Pavese escribe tal si ya estuviera muerto, desde ultratumba, evitando la angustia de morir, de ir muriendo a cada instante y de extinguirse del todo en el instante final. El italiano siempre fue para él una lengua muerta en relación con el piamontés, una lengua que trata «en consecuencia, con una discreción que le impide maltratarla» (carta a Emilio Cecchi, 20.1.1950).

La decisión de acabar viene tras otra, la de cesar en su escritura. En su penúltima carta, dos días antes del suicidio, le dice a Davide Lujólo (25.8.1950): «Desde ahora, ya no escribiré más (...) haré mi viaje al reino de los muertos». Se revela, así, la escritura pavesiana como un quehacer a orillas de la muerte, que lo mantuvo vivo al precio de no dejar de pensar en el suicidio como un deber moral. Debo mi vida, no sé a quién pero la debo, y he aquí el pago: escritura y suicidio.

Con todo lo anterior se liga el tema, también fuertemente pavesiano, de la adolescencia. Se trata de una categoría ausente en la antropología clásica y que aparece, cómo no, en la edad crítica de la cultura moderna, en el barroco.

El adolescente moderno no es el niño ni el efebo, sino el ser que adolece, el ser a quien algo le falta. Es la edad ingrata, la edad del pavo, del «tonto en el sentido más banal e irremediable, el hombre que no sabe vivir, que no ha crecido moralmente, que es vano, que se apuntala con el suicidio pero que no lo comete» (diario del 10.4.1936). O el «ser niño demasiado tiempo», es decir más allá de la niñez biológica (diario del 25.12.1937).

La adolescencia se define como la meditación del suicidio (diario del 2.2.1941), cuyo único gozo es ir a un pequeño cine y disfrutar de cualquier película. En esta burbuja vital, la fijación en la adolescencia, se escriben sus diarios, cuyo tiempo es estático y circular, de sesgo obsesivo.

No hay en él menciones a terceros, ni a hechos históricos. No hay afuera: mundo, guerra, paz, etc. No hay tiempo porque el tiempo es crecimiento. Y esta es también una opción estética convertida en ética: buscar el no tiempo como lugar de la escritura, como sitio del encuentro con los mitos.

En primer lugar, la infancia, entendida -Freud lo explica a su manera, tan cercana a la de Pavese- como una invención del adulto. Hecha falta, echada en falta, da lugar a la perpetua adolescencia. Al igual que todo adolescente, el escritor alterna los gestos autocompasivos con el narcisismo elemental del espejo y el trascendente de la obra.

En sus cartas y diarios se ve triste, vil, infantil, enfermo, antipático, hambriento de compasión, complacido en la desdicha, a la vez que el mejor escritor de Italia y seguramente, también de Europa. Pavese ama o cree amar, con la extrema decisión que exige el amor adolescente. Un amor donde cuentan el cuerpo, la sangre, la angustia, eso que llamamos vida y frente a la cual nada cuenta la razón.

Algo absurdo por definición, un tormento que lo crucifica, nunca correspondido, colmado de bellezas y fealdades, un arte de hacerse odiar por la persona amada, un hecho personal que nada tiene que ver con su objeto, como las palabras no tienen que ver con las cosas. Algo paralelo al acto de escribir, que no se sabe a quién se dirige y si tendrá o no correspondencia porque la verdadera sustancia humana es la soledad «fría e inmóvil» (cf. el diario del 5.12.1937).

Misógino, Pavese resulta, en consecuencia, obsesionado y fascinado por la mujer como personaje repudiable y poderoso, al cual invoca, a menudo, como «hermana» (¿clave del tabú? ¿evitaremos, una vez más, el psicologismo?).

Sus invectivas contra las mujeres son tópicas y abundantes, por lo que se ve que no hay demasiado de personal en ellas (en las invectivas ni en las mujeres): son calculadoras, traidoras, formales y vacías de contenido, no actúan ni piensan como los varones (no actúan ni piensan, a secas), capaces de hacer idiota a un hombre sano y viceversa, capaces de cualquier abandono, perdonables (¿de qué, tal vez de ser tales?), gozosas del dolor ajeno, crueles, enemigas del sexo masculino.

Con ellas hay que ser estúpido y si fastidian a un tercero para estar contigo, repetirán la maniobra. Etcétera. De nuevo: como un adolescente, no ve jamás en cada mujer a un individuo, sino al tremendo género del que está radical y definitivamente separado. Salvo, se ha visto, cuando él mismo se reconoce femenino.

Entonces, el enemigo se ha metido en casa y estalla la guerra doméstica. Pero, en este inciso como en otros suyos, Pavese va más allá. Las mujeres y la Mujer lo hacen sufrir y el sufrimiento es el punto de partida de su religiosidad. Su soledad se convierte en ejercicio de ermitaño y el dolor amoroso es reconocimiento de la miseria de la condición humana, del sufrimiento de estar vivo. Señoras y señoritas de nombres intercambiables lo empujan hacia el cristianismo existencial de Papini, Chestov y Kierkegaard.

Aun los ateos, cuando se enferman y padecen, maldicen a Dios, reconociendo su existencia. Un Dios existente, que llevamos dentro, como llevamos a la innominada y obsesionante Mujer. En desacuerdo con las cosas, ese animal inarmónico y adolescente que es el hombre busca dar sentido al sufrimiento. Cristo le vale de ejemplo. Un Cristo estoico, que señala la muerte como realidad actual, de cada acto, de cada instante, hasta quitarle todo patetismo.

Cristo que nos señala, además, a Dios, la compañía que no falla nunca, ese otro que siempre está despierto, alerta, próximo y nos habilita a aceptar al prójimo, justamente, «por amor a Dios», Dios que no nos revela la verdad, pues sólo Él la sabe, pero que nos permite reconocer la mentira. También esta deriva religiosa va a dar en su vocación de escritor.

Dice en su diario del 28.12.1944: «Repásense con la idea de Dios todos los pensamientos dispersos del subconsciente, de modo que se modifique tu pasado y se descubran muchas cosas. Sobre todo tu trabajo en dirección al símbolo se ilumina con un contenido infinito». Dios existe, pues, en este trabajo inconsciente e infinito con el símbolo. Pavese fue, de modo inopinado, un hombre religioso. Adoleció de absoluto y se valió de palabras que no podían llegar a la Palabra.

Vio que la crisis contemporánea partía de la indistinción entre lo sagrado y lo profano, y que la historia era una parábola tendida entre el mito del origen y la religión de la meta. Su tardía adhesión al comunismo fue un intento de sintetizar en esta doctrina el estoicismo y el cristianismo. Estas claves pueden mejorar una lectura de su escueta vida política.

Se sabe que se afilió al Partido Nacional Fascista en 1933, quizá para facilitarse su carrera en la docencia. Se enamoró de Battistina Pizzardo, Tina, la enigmática T. de sus cartas, que era una militante comunista y usó su domicilio como correo de los militantes clandestinos.

Pavese cayó en una redada en mayo de 1935 y estuvo preso en Turín y Roma. En agosto lo confinaron a Brancaleone, donde permaneció hasta mediados de 1936. Siempre se dijo apolítico y no participó en la resistencia.

No hizo el servicio militar ni fue llamado a filas en razón de su asma. Tras la Liberación, se inscribió en el Partido Comunista, cuyas teorías estéticas no compartía pero que atraía a su sensibilidad antiliberal. Dentro de Pavese había una figura censoria muy fuerte que no sólo actuaba en lo sexual.

Numerosos gestos intelectuales suyos son propios de una ideología autoritaria y nada lejana del fascismo. Desprecio por la mujer, valoración del odio, escarnio de la buena consciencia, elogio de la capacidad de daño, obsesión homicida llevada al suicidio, posesión exclusiva de la mujer por el varón, defensa de una sociedad controlada por el Estado en lo económico y lo cultural, apoliticismo, valoración del carácter asociativo de la guerra, heroísmo del solitario y el excepcional, inexistencia de la igualdad en un mundo de amos y esclavos, gusto por la agresividad.

Como observó respecto al romanticismo, la exaltación del individuo como incomparable y único conduce a la paralela exaltación de la comunidad donde todos deben ser parecidos: el pueblo. Prefería la aldea a la ciudad. No esperaba nada de los semejantes, más bien soñaba con su desaparición.

Era un pequeño dios, triste y sin iguales, según él mismo veía a Dios. La posguerra no le produjo ninguna ilusión como, por lo demás, nada que viniera de la historia. La muerte como gran definidora de la vida es asimismo un ideal fascista. Aniquilar y aniquilarse es más humano que perdurar y construir. Con todo, como siempre, la escritura puso en crisis esta lapidaria herencia de los tiempos. Porque escribir, para Pavese y para cualquiera, es una apelación al prójimo, es un acto de participación. Y es la propuesta de una fraternidad distinta a la fatal hermandad de la muerte: la fraternidad de la vida.

[Las citas de Pavese están entresacadas de sus obras publicadas por Giulio Einaudi, Torino: Lettere (ed. Lorenzo Mondo e Italo Calvino), 1966; II mestiere di vivere. Diario 1935-1950, 1952; Dialoghi con Leucó, 1947. Las traducciones son de B.M]

Poesía
Trabajar cansa, 1936 (edición revisada, 1943)
Vendrá la muerte y tendrá tus ojos, 1951

Narrativa
De tu tierra, 1941
La playa, 1942
El camarada, 1947
La casa en la colina, 1948
El bello verano, 1949
La luna y las fogatas, 1950
Diálogos con Leucó, 1947
El oficio de vivir, 1935 - 1952, diarios
El diablo sobre las colinas

Copyright © Blas Matamoro. Este artículo fue editado originalmente en la revista Cuadernos Hispanoamericanos. El texto aparece publicado en Cine y Letras con el permiso de su autor. Reservados todos los derechos.


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