
Hechizado por un afán literario ajeno a las academias, es probable que Arturo Barea (Madrid, 1897-Londres, 1957) haya pensado en compensar un destino imprevisible y doloroso con la recomposición de lo vivido, con un artefacto novelesco que traduzca los conflictos de la época y que, bajo el peso catártico de la tragedia y las miserias comunes, provoque un comienzo de esperanza.
Esfuerzo razonable y también apasionado, llevado a término sin arabescos, mediante una prosa impactante, firme y tersa, fundada en el oficio de narrador que Barea ha ido adquiriendo con decisión, o si se prefiere, esfuerzo autodidacta.
Barea, intérprete de la tragedia hispánica, se proyecta en sus compañeros de lucha, republicanos, abandonándose a la emoción colectiva.
Pero no es la suya una mirada suspicaz o alienante, ni tampoco envanecida por las ideas. Al convertirse en portavoz privilegiado desde el exilio, el escritor supera los discursos articulados y plasma un testimonio lleno de humanidad, obviamente subjetivo, pero más valioso, más agudo y sobre todo más turbador que cualquier crónica institucional. Sus palabras también son significativas porque nacen de alguien que vivió el drama fratricida en primer plano: Barea, comprometido en actividades culturales y propagandísticas, se vio forzado al destierro cuando la derrota republicana se hizo evidente.
Sus relatos de guerra, editados en el volumen Valor y miedo (1938), recogen el eco de ese fragor que, para él, se disipa en la suave melancolía de Londres, la capital donde inicia una nueva vida como colaborador del servicio radiofónico de la BBC. Al verse obligado a publicar en una nueva lengua literaria, el inglés, Arturo Barea suma un nuevo diafragma al filtro con que observa su pasado inmediato. A solas consigo mismo, de acuerdo con este protocolo traductor, monta sobre la página en blanco The Forging of a Rebel, un trilogía que le ha de ocupar entre 1941 y 1944, y que, bajo el rótulo La forja de un rebelde, se difundirá en español gracias a una editorial bonaerense.
Cada uno de los estratos de la obra perpetúa una edad de la España reciente: La forja, centrada en la infancia del protagonista, se ambienta en el Madrid prebélico; La ruta es una penetrante exploración de una violencia que se desboca en Marruecos; y La llama, cierre del ciclo, busca su materia prima en la guerra civil. Más que un juego de imaginación rememorativa, cada nueva secuencia, poblada por tipos inolvidables, es un dominio complejo, esclarecedor y coherente, en íntima correlación con la biografía del escritor y con los episodios históricos que éste vivió.
A medida que transcurre su exilio, cada vez más anónimo, Barea adopta nuevos tipos de composición, arriesgándose como escritor. Resultado de ello es la singular novela The Broken Root (1952), publicada en castellano en 1955, con el título La raíz rota. Menos conocida es su obra ensayística, dedicada a dos de los literatos que mejor pueden resumir con su efectivo humanismo la brecha abierta entre lo que un día fueron dos Españas. Nos referimos a los libros Lorca: The Poet and The People (1944) y Unamuno (1952), dos retratos de pincelada profunda, en un lienzo que se entreteje hasta formar una trama tupida, rica en relieves, en consonancia con el espíritu que Barea ha deseado insuflar en su obra de ficción.
Esta es una versión expandida de un artículo que escribí en el Centro Virtual Cervantes (www.cvc.cervantes.es), portal en la red creado y mantenido por el Instituto Cervantes para contribuir a la difusión de la lengua española y las culturas hispánicas.
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