Como si trazase un laberinto —el laberinto mágico de su obra—, esa admirable y dramática construcción que es la vida de Max Aub (París, 1903-México DF, 1972) acepta tres de los juegos más sórdidos del destino: el desarraigo infantil, la guerra y el destierro, sin reconocer siquiera en la fama literaria un consuelo suficiente.
Quien luego será novelista, dramaturgo, poeta y crítico, es, ante todo, el hijo atento de un matrimonio formado por una francesa de clase elevada y un comerciante alemán de ascendencia judía. Ninguna interpretación novelesca puede superar su primera crisis, cuando la Gran Guerra fuerza la emigración de la familia Aub hacia el sur. Instalado en Valencia, el clan reemprende su aparente cotidianidad: el padre se emplea como representante de bisutería y Max, muy dotado intelectualmente, aprende el idioma español con prodigiosa entrega. Sin solemnidades ni pedanterías, el tiempo confirmará su desarrollo como escritor de raza. De hecho, a los veinte años emplea el tiempo libre que le permite su oficio —es viajante de comercio— en lecturas y experimentos literarios de vanguardia. Parte de esos primeros materiales llegará a las imprentas de Elix, Azor y Revista de Occidente.
Cuando atisba algo que puede cautivarle, Aub hace un alto y escribe, imponiendo en sus líneas la estética del momento. En lo narrativo, comparte intereses con la generación del 27, y así queda de manifiesto en 1928, fecha en que publica Geografía, una pieza que se vincula estéticamente al espíritu preconizado por los escritores crecidos en la vanguardia. Luego viene la pasión teatral, que en su caso presenta dos jalones de importancia antes de la guerra civil: Jácara del avaro (1935) y El agua no es del cielo (1935).
En la hora de los rifles y la metralla cruzada, Aub se mantiene fiel a los principios republicanos. A través del cinematógrafo, defiende su causa con André Malraux, junto a quien completa el filme Sierra de Teruel. Por desventura, el modelo de su vida vuelve a ser el destierro, y el escritor ha de cruzar la frontera francesa para ponerse a salvo de las tropas vencedoras. Una vez más, su movimiento es desdichado: tras el exilio y el despojamiento de bienes, sufre denuncias y es deportado a campos de concentración. Absorbido por la turbamulta bélica, Aub tendrá que cruzar el océano y buscar la libertad en México, país que lo acoge en 1942.
Ligado así a otros españoles transterrados, Aub responde a la generosa hospitalidad mexicana con un aporte intelectual de primer orden. Trabaja como guionista cinematográfico y ejerce como profesor de teoría y técnica cinematográficas en el Instituto Cinematográfico de Ciudad de México. Asimismo, es profesor de teoría, historia y composición del teatro en la UNAM, escribiendo importantes piezas del género, como San Juan (1943) y Retrato de un general, visto de frente y vuelto hacia la izquierda (1969). A la vez opera, por lógica consecuencia, dentro del inventario crítico, y practica el ensayo con esa disciplina tan saludable que es la negación de la obviedad.
Tanta diversidad de figuras supone el desarrollo de la narrativa aubiana, pulida por la edad, llena de riesgos y permutaciones. Ensamblando la heterogénea experiencia, escribe con trazos de Galdós su novela Las buenas intenciones (1954), texto al que han de seguir otras creaciones donde reconstruye la tensión de sus años recientes: La calle de Valverde (1961) y el ciclo del Laberinto mágico, compuesto por seis títulos, desde Campo cerrado (1943) hasta Campo de los almendros (1968).
Partiendo de principios distintos, Aub se interesa por la zona de penumbra y fingimiento que ofrece toda biografía. Así comienza a aprovechar vidas apócrifas para establecer artefactos tan desconcertantes como Luis Álvarez Petreña (1943-70) y Jusep Torres Campalans (1958), dedicados, respectivamente, a un escritor vanguardista y a un pintor de Mollerusa que nunca existieron pero que, a su manera embaucadora, bien pudieron ser reales. Del mismo vehículo literario pretende valerse para recolectar las vidas de Luis Buñuel, pero el rescate novelesco no llega a completarse. Aub fallece mientras diseña las metamorfosis de su amigo, que en cierta medida también fueron las suyas.
Esta es una versión expandida de un artículo que escribí en el Centro Virtual Cervantes (www.cvc.cervantes.es), portal en la red creado y mantenido por el Instituto Cervantes para contribuir a la difusión de la lengua española y las culturas hispánicas.
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