
Por lo común, el novelista se encoge de hombros ante los manuales de historia y coloca la acción de sus relatos bajo el cielo protector de la fantasía.
Muchos dirán que el prurito dramático e imaginativo también se advierte en los historiadores —véase el caso de Lytton Strachey—, pero no es esa la reflexión que acá nos importa. De hecho, hoy pretendo aproximarme a una variedad de narraciones que respeta la fórmula biográfica aunque luego la contamine con embustes de primera categoría.
Durante una conversación en torno a la novela Cambio de piel, Carlos Fuentes le dijo lo siguiente a Emir Rodríguez Monegal:
“Hay un intento de ficcionalizar. Entonces, los episodios de Praga o de Nueva York, que en apariencia se presentan de manera realista, son otros tantos episodios ficticios en la novela. De la misma manera que las narraciones de episodios del pasado que también incluyo convierten la historia en ficción en pura narración imaginaria”.
Y añade: «La quema de los judíos en Estrasburgo, los exorcismos de la monja Jeanne Fery, la Bella Otero, son todos otros tantos episodios de ficción que podrían pertenecer a la Biblioteca de Babel» (El arte de narrar, Caracas, Monte Ávila Editores, 1977, pp. 125-126). Dicho de otro modo por el propio Fuentes: la Historia es ficción, la realidad es apócrifa.
Los lectores de Borges y Arreola seguramente conocerán la predilección de ambos por el narrador francés Marcel Schwob (1867-1905), bohemio puntilloso, aficionado a la historia medieval, creyente en la astrología y formidable polígloto.
El caso es que en Les vies imaginaires (1896), Schwob reunió una serie de semblanzas donde la vida de los personajes queda ajustada al escenario que conservan los archivos.
“Desgraciadamente —advierte el escritor—, los biógrafos se han imaginado las más de las veces que eran historiadores. Y nos han privado así de algunos retratos admirables. Han supuesto que solamente la vida de los grandes hombres era susceptible de interesarnos. Pero el arte es absolutamente ajeno a este orden de consideraciones. A los ojos del pintor, el retrato de un desconocido por Lucas Cranach tiene tanto valor como el retrato de Erasmo” (Mimos. Espicilegio. Vidas imaginarias, traducciones de Elena del Amo y Ricardo Baeza, Madrid, Ediciones Siruela, 1997, p. 140).
El experimento, que hoy nos parece palmario e incluso elemental, en su tiempo fue memorable, y Schwob ha de figurar, por tanto, como principal impulsor de ese subgénero de las vies imaginaires, donde queda descrito con frases estudiadas un pasado cuya certeza es irrelevante.
El propio Borges lo deja de manifiesto al prologar otra pieza del francés, La cruzada de los niños (1893).
“En ciertos libros del Indostán —escribe— se lee que el universo no es otra cosa que un sueño de la inmóvil divinidad que está indivisa en cada hombre; a fines del siglo XIX, Marcel Schwob —creador, actor y espectador de este sueño— trata de volver a soñar lo que había soñado hace muchos siglos en soledades africanas y asiáticas: la historia de los niños que anhelaron recuperar el sepulcro” (Prólogos con un prólogo de prólogos, en Obras completas, tomo IV, Barcelona, Emecé, 1996, p. 131).
A la búsqueda de semejanzas familiares, hallamos al inglés William Beckford (1759-1844), practicante de la fantasía gótica y autor de una serie de vidas imaginarias que esconden, acaso, una intención paródica.
La obra en cuestión lleva por título Memorias biográficas de pintores extraordinarios y su principal estudioso, entre nosotros, es Vicente Molina Foix. A su modo de ver, las Memorias «fueron consideradas al poco de su publicación como roman à tiroirs o sátira soez de figuras del establecimiento pictórico inglés».
A los buscadores de pequeñeces les interesará saber que alguien anotó en los márgenes del ejemplar que hoy se conserva en la biblioteca del Victoria and Albert Museum «una identificación de los personajes centrales del libro; para el desconocido informante, Aldrovandus es Reynolds, Og de Basan es James Barry, Blunderbussiana esconde a J. H. Mortimer, y Watersouchy es un trasunto del alemán instalado en Inglaterra Johann Zoffany» («William Beckford: Retrato del artista diletante», en Memorias biográficas de pintores extraordinarios, Madrid, Nostromo, 1978, pp. 13-14).
Naturalmente que el modelo de Schowb triunfó en las letras hispánicas. Aun concediéndole importancia a la pesquisa intelectual, Alfonso Reyes sacó partido de las vidas imaginarias en uno de sus libros más celebrados, cuya esencia figura en este párrafo:
«Conservaos unidos. Sacad razones de amistad de vuestras diferencias como de vuestras semejanzas. Mañana caeremos en los brazos del tiempo. Opongamos, a la fuerza obscura, la muralla igual de voluntades» (Retratos reales e imaginarios, Barcelona, Editorial Bruguera, 1984, p. 5).
Lo mismo vale para Manuel Mujica Lainez, quien pone en práctica el modelo y obtiene creaciones como Bomarzo (1962) y Don Galaz de Buenos Aires (1936).
También Tomás Eloy Martínez echa sus redes en el pasado biográfico y extrae de él substancia novelesca. La novela de Perón (1985) y Santa Evita (1995) acreditan dicho empeño. Aun sucintamente, esta última entrega nos permite concluir con un vislumbre; y es que el hecho de reinventar su vida debe de provocar cierta reacción en ese difunto que se convierte en personaje.
A medida que me iba hundiendo en las parvas de papeles —dice el narrador de Santa Evita—, descubría más y más indicios de que los cadáveres no soportan ser nómadas. El de Evita, que aceptaba con resignación cualquier crueldad, parecía sublevarse cuando lo movían de un lado a otro. (Santa Evita, Madrid, Alfaguara, 2002, p. 63).
Esta es una versión expandida de un artículo que escribí en el Centro Virtual Cervantes (www.cvc.cervantes.es), portal en la red creado y mantenido por el Instituto Cervantes para contribuir a la difusión de la lengua española y las culturas hispánicas.
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