La condesa sangrienta

La condesa sangrientaLa condesa sangrienta es uno de los libros más bellamente editados del año. En volúmenes como éste, interesan por igual los detalles y la totalidad. Luego les hablaré del texto de Alejandra Pizarnik, cuyo hechizo tiene que ver con el temperamento de su autora. Antes, y como punto de partida, destacaré otra baza de esta edición: las magníficas ilustraciones de Santiago Caruso.

El impacto de esas estampas será más o menos intenso según las preferencias de cada lector, pero hay algo indiscutible: Caruso es un soberbio artista, de una elegancia delicada, muy atinado a la hora de desglosar cada concepto que se encierra en el libro. Y créanme, por La condesa sangrienta desfila el pecado en estado puro, desbordando los límites de la fantasía al uso.

Una lectura atenta de esta obra de Pizarnik lleva, por supuesto, más lejos. Si alguien insiste todavía en saber algo del personaje al que va dedicada –una vampiresa, rebosante de las peores intenciones– puede decirse que éste es un libro imprescindible.

El cine y la literatura de género fantástico han ido configurando una serie de estereotipos en torno a la aristócrata húngara Gabriella Erzsébet Báthory-Nádasdy de Ecsed (1560- 1614).

Lo cierto es que, más allá de la verdad histórica de su vida –todo un empeño en su Hungría natal–, nos quedamos con su mitología, enclavada en el territorio de las mujeres fatales y las vampiresas. No en vano, las hazañas de aquella noble señora, letal como una planta carnívora, iluminan el lado diabólico de su cliché.

A Báthory –ahí es nada– se la considera responsable del asesinato de 650 muchachas. Todo ello, como saben, le valió el sobrenombre de condesa sangrienta

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Curiosamente, a la hora de narrar la historia de esta dama que se bañaba en la sangre de sus jóvenes víctimas, su principal estudiosa, Valentine Penrose, aclara que, actualmente, no se sabría «dónde ir a contemplar el sombrío retrato, de extraviada mirada, de la muy hermosa Erzsébet Báthory. El castillo de Csejthe lleva doscientos años en ruinas, allá en su espolón de los pequeños Cárpatos, en las lindes de Eslovaquia».

Dice la escritora que en esa fortaleza «siguen los vampiros y los fantasmas y, también, en un rincón de los sótanos, el puchero de barro que contenía la sangre lista para verterla por los hombros de la Condesa».

El libro de Penrose fascinó intensamente a la argentina Alejandra Pizarnik. Como si hubiera hallado en las páginas de su colega una de sus secretas fantasías, Alejandra quiso establecer un vínculo literario con la condesa húngara, y le dedicó una serie de textos.

Tras un primer avance publicado en México en 1965, la obra apareció en el primer número de la revista Testigo (Buenos Aires, enero-marzo de 1966). Posteriormente, adquirió forma de libro gracias a la editorial Aquarius (Buenos Aires, 1971). Asimismo, el volumen El deseo de la palabra (Barcelona, Ocnos, 1972) incluyó el mismo texto bajo el rótulo Acerca de la condesa sangrienta.

En opinión de Alejandra, Valentine Penrose juega de una forma admirable con los valores estéticos de esta narración tenebrosa, e inscribe «el reino subterráneo de Erzébet Báthory en la sala de torturas de su castillo medieval: allí, la siniestra hermosura de las criaturas nocturnas se resume en una silenciosa de palidez legendaria, de ojos dementes, de cabellos del color suntuoso de los cuervos».

Los títulos que la escritora argentina emplea para organizar su relato siguen la misma cadencia perversa: «La virgen de hierro», «Muerte por agua», «La jaula mortal»… En definitiva, el ciclo de los tormentos más horrendos, descritos en este caso por una observadora discretamente morbosa.

Leemos: «Se escogían varias muchachas altas, bellas y resistentes —su edad oscilaba entre los 12 y los 18 años— y se las arrastraba a la sala de torturas en donde esperaba, vestida de blanco en su trono, la condesa. Una vez maniatadas, las sirvientas las flagelaban hasta que la piel del cuerpo se desgarraba y las muchachas se transformaban en llagas tumefactas; les aplicaban los atizadores enrojecidos al fuego». Al final, la sangre «manaba como un géiser y el vestido banco de la dama nocturna se volvía rojo».

Los siguientes capítulos recrean la horrenda trayectoria de Erzsébet: «La fuerza de un nombre», «Un marido guerrero», «El espejo de la melancolía» y, por supuesto, «Magia negra», pues el hechizo oscuro es uno de los rasgos que Pizarnik atribuye al malvado personaje.

Por añadidura, la máxima obsesión de la condesa habría sido «alejar a cualquier precio la vejez», y esa adhesión suya a los rituales nigrománticos «tenía que dar por resultado la intacta y perpetua conservación de su ‘divino tesoro’. Las hierbas mágicas, los ensalmos, los amuletos, y aun los baños de sangre, poseían, para la condesa, una función medicinal: inmovilizar su belleza para que fuera eternamente comme un rêve de pierre».

En consecuencia, la condesa Báthory queda emparentada a los escritos de Sade y a los crímenes de Gilles de Rais, pues «alcanzó, más allá de todo límite, el último fondo del desenfreno. Ella es una prueba más de que la libertad absoluta de la criatura humana es horrible».

De las páginas dedicadas por la estudiosa Cristina Piña a este ensayo / poema / novela, tomo un rasgo de afinidad entre Julio Cortázar y Pizarnik, resuelto en la simpatía de ambos por otro tipo perverso: Lautréamont.

Los dos compatriotas elaboraron literariamente el mismo personaje histórico, «respectivamente en La condesa sangrienta —texto al cual Alejandra ya estaba dándole vueltas en la cabeza en 1963, según el testimonio de Roberto Juarroz—, y 62, modelo para armar (el interés por el cual surgió de la publicación del bellísimo y espeluznante libro de Valentine Penrose, La comtesse sanglante)».

Por el mismo camino, ambos confluyeron en la admiración por los poetas malditos, «sobre los que Cortázar dio un mítico curso a fines de la década del cuarenta en la Universidad Nacional de Cuyo». Para Alejandra, esos creadores serían un modelo, tanto poético como vital; «por los surrealistas, los románticos alemanes, René Daumal, Henri Michaux y tantos otros».

Naturalmente, esa fascinación compartida no sólo conduce a Sade y al citado Lautréamont, sino a Georges Bataille y a sus apreciaciones sobre el sexo y la muerte.

En opinión de Cristina Piña, en esta obra de Pizarnik se advierte «una apropiación de formas de la imaginación obscena de otro —la condesa Báthory histórica, Valentine Penrose—, articulada sobre la mirada y la representación».

Por otro lado, esa ecuación entre la sexualidad y la muerte «se da en su forma más extrema de goce perverso, poniéndose el acento a tal punto en la muerte, que el sexo, si bien se mantiene como referente básico, no aparece representado por medio de imágenes».

A modo de apostilla, podemos rebatir ese perfil de la condesa Báthory histórica que apunta Cristina Piña, pues en buena medida parece que la aristócrata responde a un boceto plenamente literario.

Así lo defiende José Luis González, quien recuerda que «al igual que con el caso de Gilles de Rais, ha surgido una corriente revisionista sobre Erzébet Báthory». En opinión de este estudioso, dicha corriente «postula que nos encontramos ante una de las mayores mistificaciones de la historia y rebate los cargos imputados a la aristócrata: más de seiscientas muertes llevadas a cabo por ella y por sus secuaces».

He aquí un dato que hubiera divertido a Alejandra. En realidad, se trataría de «falsas acusaciones formuladas por la dinastía de los Habsburgo, para quienes la condesa, viuda de un héroe nacional, se había convertido en un objetivo por destruir por tres razones: su vasto feudo y la envidiable riqueza de sus posesiones; la simpatía que le inspiraba su pariente, el príncipe de Transilvania, enemigo de aquéllos; y por último, su calvinismo, opuesto al catolicismo imperante en Viena».

González destaca a Pizarnik entre los «diversos autores, con variable intención, han ido engrosando y embelleciendo durante siglos las acusaciones vertidas por los conspiradores, con el resultado de una figura femenina paralela a Vlad Drácula, el Empalador».

Nota editorial

La condesa sangrienta es una de las composiciones clave de Alejandra Pizarnik, sus páginas construyen un retrato perturbador del sadismo y la locura que las estampas del artista Santiago Caruso recrea con admirable maestría.

«Sentada en su trono, la condesa mira torturar y oye gritar. Sus viejas y horribles sirvientas son figuras silenciosas que traen fuego, cuchillos, agujas, atizadores; que torturan muchachas, que luego las entierran. Como el atizador o los cuchillos, esas viejas son instrumentos de una posesión. Esta sombría ceremonia tiene una sola espectadora silenciosa.»

Acusada del asesinato de seiscientas cincuenta jóvenes, Erzsebét Bathory es una de las criminales más siniestras de la Historia. En su castillo de los Cárpatos, a finales de siglo XVII, la condesa se cierne sobre sus víctimas para desangrarlas y conservar su juventud. Su leyenda maldita y fascinante pervive en el tiempo.

Alejandra Pizarnik

Buenos Aires, 1936 – 1972

Fue hija de un matrimonio de inmigrantes judíos de Europa del este. A los diecisiete años inició estudios de filosofía y periodismo; más tarde se inscribió en la carrera de letras, que también abandonó.

Asistió a clases de pintura en el taller de Juan Batlle Planas y a los diecinueve años publicó su primer libro, La tierra más ajena. A éste le siguieron La última inocencia (1956), Las aventuras perdidas (1958), Árbol de Diana (1962), Los trabajos y las noches (1965), Extracción de la piedra de la locura (1968) y El infierno musical (1971).

Entre 1960 y 1964 vivió en París, donde hizo amistad con Julio Cortázar, Octavio Paz y André Pieyre de Mandiargues.

Al regresar a Buenos Aires, obtuvo el Premio Fondo Nacional de las Artes y la Beca Guggenheim.

La condesa sangrienta, su prosa más extensa, entreteje la poesía y la reseña literaria. En un pasaje de sus diarios dejó escrito: «¿Cuál es mi estilo? Creo que el del artículo de la condesa. Insisto, una y otra vez, en la fascinación por el tema de mi nota. Nunca después volvió a sucederme algo parecido.»

Alejandra Pizarnik murió a los treinta y seis años tras haber forjado una de las obras más profundas y perdurables del siglo xx.

Santiago Caruso

Buenos Aires, 1982

Cursó estudios en la Escuela de Bellas Artes Carlos Morel y asistió a los talleres de Oscar Capristo y Ariel Olivetti. A los veintiún años fue distinguido con el Primer Premio de Dibujo en el Salón de Artes Plásticas del Museo Roverano. Ha colaborado para la prensa de su país y editoriales del extranjero, ilustrando, entre otros, The Great Plays of Shakespeare y Don Quijote de la Mancha para Penguin Readers.

En 2007 fue seleccionado para integrar el Catálogo de ilustradores argentinos, publicado por el Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires. Con un notable criterio autodidacta, Santiago Caruso ha sabido estudiar la pintura del siglo XIX dedicando especial atención a la escuela simbolista.

Los trabajos de Alberto Breccia, Carlos Nine, José Muñoz y Enrique Alcatena también orientaron su formación estética. Su producción, sin embargo, es personal y se destaca tanto por su vigor como por su técnica. Ampliamente expuesta en galerías y museos de Argentina, su obra constituye una de las más gratas revelaciones de la plástica latinoamericana. Para Libros del Zorro Rojo también ha ilustrado El horror de Dunwich, de Howard Phillips Lovecraft.

Copyright © Guzmán Urrero Peña. Este artículo contiene citas de otros textos que escribí en el Centro Virtual Cervantes (www.cvc.cervantes.es), portal en la red creado y mantenido por el Instituto Cervantes para contribuir a la difusión de la lengua española y las culturas hispánicas. Reservados todos los derechos.

Copyright de las ilustraciones © Santiago Caruso, 2009. Reservados todos los derechos.

Copyright de la sinopsis de La condesa sangrienta y de las biografías de Alejandra Pizarnik y Santiago Caruso © Libros del Zorro Rojo, 2009. Reservados todos los derechos.


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