Alla conquista di un impero (Il Rajah dell'Assam, 1907) es la sexta entrega de la saga novelesca protagonizada por Sandokán y su inseparable camarada Yáñez de Gomera.
Es el propio Yáñez quien, con la ayuda de Sandokán, de Tremal-Naik y de Kammamuri, decide imponer justicia en la antiquísima monarquía de Assam.
En este caso, el objetivo de los héroes es liberar a la princesa Surama, a quien ayudan a huir hasta las montañas de Sadhja, donde la aguardan miles de súbditos que eran fieles a su padre, el buen rájá de Assam.
"La ceremonia religiosa –leemos–, que había atraído a Gahuati, una de las más importantes ciudades del Assam indio, a millares y millares de devotos secuaces de Visnú llegados de todas las poblaciones bañadas por las sagradas aguas del Brahmaputra, había concluido. La piedra preciosa del Salagram, que en realidad no era otra cosa que una concha negra de ammonites petrificada, pero que guardaba en su interior un cabello de Visnú, dios protector de la India, había sido devuelta a la pagoda de Karia y, probablemente, se encontraba ya en algún escondrijo conocido sólo por el rajá, sus ministros y el sumo sacerdote. Las calles se despejaban rápidamente: ciudadanos, soldados, bailarinas, músicos, se apresuraban a iniciar el retorno a sus casas, a los cuarteles, a los templos o a las posadas para descansar después de tantas horas de marcha alrededor de la ciudad siguiendo la gigantesca carroza que llevaba el codiciado amuleto y, sobre todo, el cabello, por el que todos los estados de la India envidiaban al afortunado rajá de Assam" (A la conquista de un imperio, Ediciones Nauta, 1983).
"Los personajes de Salgari –escribe Armonía Rodríguez– no son absolutamente buenos, ni completamente malos. Y muchos de los arquetipos creados por él, aun dentro de su crueldad y vileza o de su valor y generosidad, pueden tener gestos generosos y valientes, o de temor y egoísmo. También se empeña Salgari en que las virtudes y los defectos de los seres humanos no recaigan solamente en determinadas razas. Así, cuando el protagonista de raza malaya es el bueno, el malo suele ser un hombre de raza blanca y viceversa. Y esto nos habla de la profunda honradez del escritor veronés que pretende ser justo con la humanidad, colocando virtudes y defectos entre las diferentes razas que pueblan la Tierra. Al contrario de Julio Verne, que nunca se movió de Francia, el infatigable afán de aventuras de Emilio Salgari le llevó, como ya hemos dicho, a viajar, y no renunció a colocar en sus novelas a esos países conocidos por él que resultaban en su época tan lejanos y misteriosos" (Prólogo de El Capitán Tormenta, Ediciones Auriga, 1984).
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