Autobiografía, G.K. Chesterton. Traducción de Olivia de Miguel. El Acantilado, Barcelona, 2003, 392 páginas.
Pocos hombres son capaces, como Chesterton, de ensalzar la infancia como la única época verdaderamente verdadera y felizmente feliz de su vida, hasta el punto de ponerla como ejemplo de la conducta humana.
Lo hace para acreditar la normalidad de esa misma vida, desprovista de monstruosidades y patetismos, elementos a veces indispensables en la formación de la subjetividad artística.
Con minucia y convicción, Chesterton examina sus orígenes y cuenta su paso por diversas creencias: liberalismo, socialismo, catolicismo.
Cuando advirtió que el capitalismo y el comunismo compartían una misma ética, se hizo católico, con todas las de la ley, católico supersticioso, milagrero y anticuado, como a sí mismo podría calificarse con un orgullo abatido por la más cristiana de las virtudes: la humildad, el estar a ras del suelo, como el humus que le da nombre.
Por este relato de vida pasan circunstancias personales, aunque no confesiones.
Chesterton se ve inserto en una época y una sociedad, como parte de la historia.
Para acreditarlo, nos ofrece incontables observaciones sobre la Inglaterra victoriana, la Europa de la preguerra del 14 y la posguerra del 18, la vida literaria de aquellas fechas, para lo cual abunda en sus dos mejores dotes de escritor: el epigrama irónico y el retrato epigramático, igualmente basado en las potencias de la ironía, o sea de la lógica de las contradicciones que hacen a la vida.
El libro es sincero y acaba pareciendo veraz.
La amenidad del relato y la frecuencia de los adagios para memorizar y citar, hacen apetitosa una lectura que, en otras manos, nos mostraría un mundo infranqueable para quien no fuera inglés o especialista en el mundo letrado británico.
Este hombre normalizado que, no obstante, siempre se sitúa en los marcos y los límites, este ortodoxo capaz de ironizar a cada paso, este creyente que elude predicar la verdad de su dogma, es un buen caso de tolerancia intelectual y de eso que alguna vez se denominó ética social: hacer lo bueno porque es correcto y bueno para los demás por ser, justamente, correcto.
Copyright © Blas Matamoro. Este artículo fue editado originalmente en la revista Cuadernos Hispanoamericanos. El texto aparece publicado en Cine y Letras con el permiso de su autor. Reservados todos los derechos.
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