El escritor gallego José María Merino dio a la imprenta sus Cuentos del reino secreto en 1982.
Los publicó la editorial Alfaguara, y de inmediato quedó de manifiesto su calidad literaria. Dentro de la serie, compuesta por veintiún relatos, sobresalen piezas de auténtica orfebrería narrativa como «La noche más larga», «La casa de los dos portales», «El enemigo embotellado» y «El anillo judío». No debe extrañar, por consiguiente, que esta obra de Merino haya sido objeto de reediciones y merecedora de constantes elogios por parte de críticos y lectores.
Los relatos que integran el volumen Cuentos del reino secreto son un auténtico festín para los soñadores. La fábula, la quimera y las simulaciones se imponen soberanamente. Creer en la verdad de lo que cuentan equivale a ver el mundo con ojos de escritor y a medir cada hecho cotidiano con perspectiva mítica.
Cabría buscarle otro sentido más profundo a esta serie de espejismos, y cabría, sobre todo, orientar su estudio filosófico por los caminos de ese existencialismo que siempre ha interesado al autor. Pero quizá extraer la fórmula, y luego colocarla sobre la mesa de operaciones, resulte demasiado mezquino cuando se trata de una obra tan apasionante y delicada como la que hoy nos importa.
La ficción como forma de sabiduría. Esa es la enseñanza que trasciende de estos Cuentos del reino secreto que, con el mismo efecto que una caracola en los oídos, nos devuelven un rumor de antiguas historias, vagamente aprendidas durante la infancia.
¿Influencias? Las hallamos a docenas, y por consiguiente, citarlas aquí sería como recorrer un larguísimo tramo de la literatura fantástica que conduce desde Washington Irving y Edgar Allan Poe hasta Jorge Luis Borges. No perdamos, pues, el tiempo con referencias previas o genealogías al gusto académico.
En todo caso, si hablamos de aires de familia, lo cierto es que las prácticas y saberes narrativos del autor no son decididamente españoles —aunque también—, sino universales a secas. ¿Podríamos ignorar como antecedentes suyos a Juan Perucho, a Álvaro Cunqueiro e incluso al Calderón de La vida es sueño? Y de no hacerlo, ¿acaso no sería igual de importante en la obra de Merino el rastro de Kafka, de Arthur Machen o incluso del Dumas que escribió Los mil y un fantasmas? Dejo la respuesta en manos del lector.
Esta es una versión expandida de un artículo que escribí en el Centro Virtual Cervantes (www.cvc.cervantes.es), portal en la red creado y mantenido por el Instituto Cervantes para contribuir a la difusión de la lengua española y las culturas hispánicas.
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