Diario 1945-1969, Mircea Eliade.Traducción de Joaquín Garrigés. Kairós, Barcelona, 2004, 364 pp.
Por primera vez se traduce íntegro este diario escrito en rumano y que antes se conoció, parcial, retraducido del francés. Abarca desde la llegada de Eliade a París,tras su misión en Lisboa, hasta 1969.
Son, al principio, años de exilio y privaciones, luego de reconocimiento universal, con edición abundante y cátedras en la Sorbona y en Chicago, donde el escritor murió en 1986. Un dato es radical en este orden: Eliade adopta el francés como lengua de sus ensayos y tratados.
Sale de la provincia rumana para incorporarse a una de las lenguas más extendidas del mundo letrado. Despojado de su angustia histórica, aceptando que no volverá a Rumania y contento de vivir en grandes ciudades, el escritor se dedica, sobre todo, a construir su universo intelectual, basado en el comparatismo religioso.
Su concepción de lo sagrado es, en el fondo, ilustrada: todas las religiones tienen un sustento común y difieren en lo histórico, cultural, ritual, pero no en lo sustancial. Religioso es el ser humano por definición: un animal que busca lo absoluto siendo relativo, lo eterno siendo mortal, lo otro siendo lo uno y lo mismo.
Sueña con el Paraíso, sempiterno presente, sin pasado ni futuro, donde se es sin existir. O la síntesis yoga de lo divino: ser y no ser al mismo tiempo. Por todo lo anterior, Eliade siempre ha tendido a explicar y explicarse las mitologías que articulan las distintas religiones.
De ahí la importancia de su estudio comparado e interdisciplinar, que abarca la filología, la antropología y un largo catálogo de especialidades sin excluir el psicoanálisis, en particular el de Jung, con su código de arquetipos del inconsciente. Algo de cristiano hay en Eliade, entendido el cristianismo como una variante del platonismo: la separación del alma y el cuerpo que hace posible la ciencia al objetivar la naturaleza.
Y lo opuesto: la encarnación del Dios único en un ser humano. Esta tensión se resuelve, si cabe la resolución, en angustia y agonía, lo cual explica su interés por Kierkegaard, Agustín y Unamuno. Al principio y al final está la filosofía como iniciación y ésta como aquélla.
Una fascinante conclusión antropológica puede servir de clave a Eliade, tal como se examina en estas páginas lúcidas y necesarias: el hombre es una totalidad ideal pero no real y por ello tiene historia. Algo incomprensible pero razonable. En esa paradoja se instaló el escritor rumano desplegando una obra de ambiciosa solidez, indispensable en la historia intelectual del siglo XX.
Copyright del texto © Blas Matamoro. Este artículo fue editado originalmente en la revista Cuadernos Hispanoamericanos. El texto aparece publicado en Cine y Letras con el permiso de su autor. Reservados todos los derechos.41 días atrás
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