Diario portugués, Mircea Eliade. Traducción de Joaquín Garrigós. Kairós, Barcelñona, 2004, 297 pp.
Entre 1941 y 1945, Eliade estuvo empleado en la embajada rumana de Lisboa. Este diario recoge sus apuntes del periodo y es la primera vez que se publica en cualquier lengua.
Unos oportunos anexos, con textos del autor y del mismo tiempo, completan la entrega. Eliade ha escogido buenos ejemplos de diarios -Gide y Green, evidentemente- y ios aplica con talento. Hay carácter y destino en estas páginas que, ai final, tejen una historia. El hecho de que sean páginas diarias Jes añade un énfasis: lo imprevisible de toda historia, la necesidad de investigarla y, a menudo, de inventarla. Carácter significa contradicción y Eliade pone las suyas en escena.
Dice no interesarse por las criticas a sus obras pero las discute. Se propone cósmico pero su ego vanidoso es monumental. Quiere ser asceta y tiene periodos de abstinencia y de sexo eufórico. El mundo le repugna mas no lo abandona ni un minuto.
Evoca su temporada mística en la India a la vez que anhela volver a París, no al Himalaya. Su fórmula, al respecto, es nítida: un pagano clásico que intenta cristianizarse. Apolítico y ahistórico, sin embargo no puede dejar de ser un hombre de Occidente, que fantasea la utopía de un hombre anterior a la historia (paradójico por su inexistencia) y comprueba que la historia hace humano al hombre, valga el eco, por medio de la desesperación.
En cuanto a la política, Eliade fue de los europeos que creyeron que Europa había sobrevivido a la guerra de 1914 y que Hitler la iba a salvar del doble peligro americano y ruso. Se equivocó y no fue nada critico de su error, lo cual es reprensible en alguien de su inteligencia. Eliade era, en cierto sentido, un inevitable rumano.
Perteneció a un país inventado a fines del siglo XIX, forzado a construirse un pasado, siempre al borde de la desaparición entre las fauces germanas o eslavas. Este vértigo mortal insiste en cuantiosas páginas dei diario. No faltan retratos de una certeza admirable, propia de un excelente novelista: D'Ors, Ortega, Karí Schmitt. Imposible no conmoverse con la muerte de su mujer y eí sentido que da al resto de su vida: una ofrenda laboriosa a su memoria, hecha a solas con Dios.
Otras apariciones sorprenden por la reverencia hacia figuras mediocres como Oliveira Salazar, el genera] Carmona o Pilar Franco. Pero no hay luz sin penumbras y una sensibiüdad alerta como la suya debía ponerse a prueba en ambas.
Copyright del texto © Blas Matamoro. Este artículo fue editado originalmente en la revista Cuadernos Hispanoamericanos. El texto aparece publicado en Cine y Letras con el permiso de su autor. Reservados todos los derechos.
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