Ford es un descodificador inteligente de las pasiones, temores e intrigas que bullen al final de un verano y al comienzo de una década: la de 1960.
El joven protagonista y narrador del relato encuentra en Jim, su hermano mayor, un aliado que contribuye a poner rumbo a su investigación de una serie de pequeños incidentes: sucesos inesperados que se ven coloreados por las costumbres de una familia común y corriente.
La madre de ambos ahoga sus penas en la botella de vino, su padre apenas tiene tiempo de respirar entre un trabajo y otro, y los abuelos... bueno, los abuelos se entretienen con las cartas y el sonido de la mandolina.
La rutina de los chicos se cifra en actividades tan inocentes como ver la tele sin volumen –que nadie se entere de que Dick Van Dyke está bromeando desde la pantalla–u hojear los libros con las aventuras de Perno Shell (un personaje fetiche de Jeffrey Ford, que lo emplea en relatos como "Coffins on the River" y "Botch Town").
Hasta aquí, más allá de obvias divergencias de estilo, no hay mucha diferencia entre la recopilación nostálgica de Ford y antecedentes suyos como Ray Bradbury o el propio Stephen King.
La magia brota con los enigmas que van acumulándose a lo largo de la lectura: un grito de mujer que se escucha en la calle y rasga la noche "de tal modo que el año sombrío se coló por ella", el misterioso mirón que altera la tranquilidad del vecindario, la desaparición de un chico, y lo más notable, los poderes de percepción extrasensorial de Mary, la hermana pequeña de los protagonistas.
Fondo autobiográfico
El año sombrío contiene todos los elementos que caracterizan el estilo fordiano: relatos que brotan espontáneamente dentro del relato principal, alusiones surrealistas con un sesgo de humor y personajes que plantean un elogio sin reservas del poder de la fantasía.
Por lo demás, no nos habla un moralista, sino un autor convencido de que los tonos del gris y la ambigüedad moral definen el estado natural del ser humano.
En el fondo, si toda creación literaria es autobiográfica, podemos reconocer en esta novela al Ford que, con ocho o nueve años, ya consumía literatura de forma incansable y atenuaba su dislexia escribiendo sin parar.
Con un padre que le leía, a esa edad, libros de Haggard, Stevenson y Kipling, no me sorprende que le haya quedado en herencia un talento literario más que notable. De ahí que el propio escritor describa el título que nos ocupa como "una especie de autobiografía / misterio / fantasía".
En la actualidad, en el estante de sus libros predilectos, Ford guarda volúmenes de Borges, Calvino y García-Marquez. No me preguntéis ahora por qué, pero reconozco a ese lector de fantasías memorables en las páginas de esta formidable novela.
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