La nueva novela de Umberto Eco alterna erudición y ánimo provocador. Aplicando los recursos del folletín decimonónico, Eco relata la historia del capitán Simone Simonini, un auténtico camaleón y maestro de la impostura. A través de su incómoda personalidad, asistimos a episodios atroces del antisemitismo europeo: por ejemplo, la gestación del panfleto Los protocolos de los sabios de Sión, inventado por la policía zarista en 1903.
Umberto Eco, un ensayista italiano de renombre internacional y profesor en la universidad de Boloni, hizo su entrada triunfal en el mundo de la ficción hace treinta años con El nombre de la rosa, una novela que lo convirtió en un autor apreciado por la crítica y por el gran público.
Ahora, a los treinta años de su éxito internacional, aparece El cementerio de Praga: "una novela –dice Umberto Eco– donde todos los personajes, excepto el protagonista, existieron realmente. Es más: algunos de ellos están todavía aquí, entre nosotros".
El cementerio de Praga es una novela folletinesca que abarca desde los inicios del siglo XIX hasta los primeros años del siglo XX.
Estamos en marzo de 1897, en París, espiando desde las primeras páginas de esta magnífica novela a un hombre de sesenta y siete años que escribe sentado a una mesa, en una habitación abarrotada de muebles: he aquí al capitán Simonini, un piamontés afincado en la capital francesa, que desde muy joven se dedica al noble arte de crear documentos falsos.
"El viandante –leemos– que esa gris mañana de marzo de 1897 hubiera cruzado, a sabiendas de lo que hacía, la place Maubert, o la Maub, como la llamaban los maleantes (antaño, en la Edad Media, centro de vida universitaria, cuando acogía la algarabía de estudiantes que frecuentaban la Facultad de las Artes en el Vicus Stramineus o rue du Fouarre y, más tarde, emplazamiento de la ejecución capital de apóstoles del librepensamiento como Étienne Dolet), se habría encontrado en uno de los pocos lugares de París exonerado de los derribos del barón Haussmann, entre una maraña de callejones apestosos, cortados en dos sectores por el curso del Bièvre, que en esa zona todavía emergía de las entrañas de la metrópolis a las que fuera relegado desde hacía tiempo, para arrojarse con estertores febriles y verminosos en el cercanísimo Sena".
Hombre de pocas palabras, misógino y glotón impenitente, el capitán se inspira en los folletines de Dumas y Sue para dar fe de complots inexistentes, fomentar intrigas o difamar a las grandes figuras de la política europea.
"Siento cierto apuro –nos dice el narrador–, como si estuviera desnudando mi alma, en ponerme a escribir por orden -¡no, válgame Dios!, digamos por sugerencia- de un judío alemán (o austriaco, lo mismo da). ¿Quién soy? (...) Sé que amo la buena cocina: sólo con pronunciar el nombre de La Tour d'Argent experimento una suerte de escalofrío por todo el cuerpo. ¿Es amor? ¿A quién odio? A los judíos, se me antojaría contestar, pero el hecho de que esté cediendo tan servilmente a las incitaciones de ese doctor austriaco (o alemán) me dice que no tengo nada contra esos malditos judíos. (...) De los judíos sé lo que me ha enseñado el abuelo (...) Y cuando yo estaba ya bastante crecido para entender, me recordaba que el judío, además de vanidoso como un español, ignorante como un croata, ávido como un levantino, ingrato como un maltés, insolente como un gitano, sucio como un inglés, untuoso como un calmuco, imperioso como un prusiano y maldiciente como un astesano, es adúltero por celo irrefrenable (...) Por suerte nunca he conocido a ninguno, excepto la putilla del gueto de Turín, cuando era mozalbete (pero no intercambié más de dos palabras), y el doctor austriaco (o alemán, lo mismo da). A los alemanes los he conocido, e incluso he trabajado para ellos: el más bajo nivel de humanidad concebible".
Caballero sin escrúpulos, Simonini trabaja al servicio del mejor postor: si antes fue el gobierno italiano quien pagó por sus imposturas, luego llegaron los encargos de Francia y Prusia, e incluso Hitler acabaría aprovechándose de sus malvados oficios.
Treinta años después de publicar El nombre de la rosa, Umberto Eco vuelve para mostrarnos que en la literatura y en la vida, nada es lo que parece y nadie es quien realmente dice ser: todo es según convenga, y quien triunfa, ahora y siempre, es el rufián que desconfía de todos y se mantiene alerta, aunque no se mueva casi de esa mesa donde lo vimos al principio, cuando quizá no sabíamos que Simonini y los hombres como él aún están aquí, entre nosotros, y han venido para quedarse.
Umberto Eco, nacido en la ciudad italiana de Alessandria en el año 1932, es actualmente titular de la cátedra de Semiótica y director de la Escuela Superior de Estudios Humanísticos de la Universidad de Bolonia.
Eco se inició como narrador en 1980 con El nombre de la rosa. A esta novela siguieron El péndulo de Foucault (1988), La isla del día antes (1994), Baudolino (2001) y La misteriosa llama de la reina Loana (2003).
Entre sus títulos de ensayo más destacados, recordemos Apocalípticos e integrados (1965), Tratado de semiótica general (1975), Lector in fabula (1979), Semiótica y filosofía del lenguaje (1984), Los límites de la interpretación (1990) y Decir casi lo mismo, un ensayo sobre la traducción.
Suyos son también Historia de la belleza, la Historia de la fealdad y El vértigo de las listas.
Ficha editorial
El cementerio de Praga
Umberto Eco
Traducción de Helena Lozano.
Lumen.
Barcelona, 2010.
608 páginas.
23'90 euros
ISBN: 9788426418685
Copyright de texto e imágenes © Random House Mondadori. Reservados todos los derechos.
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