Con Sandokan alla Riscossa (1907), Emilio Salgari nos conduce de nuevo al universo imaginario de los piratas malayos, repleto de emociones y de peligros.
En cierto modo, esta novela tiene un tono crepuscular. Las aventuras de Sandokán y sus amigos se aproximan a su fin, pero aún les falta derrotar al rajá blanco, el usurpador que les arrebató sus tierras y asesinó a sus amigos y familiares.
¿Conseguirá el Tigre volver a su amada isla de Mompracem? ¿Obtendrá la paz que merece después de tantas penalidades? Salgari busca respuesta para éstas y otras preguntas, y lo hace con ese peculiar estilo del folletín, repleto de golpes de efecto y momentos de incertidumbre.
Por otra parte, como Salgari cobraba por líneas, los diálogos y las descripciones se agilizan con frases breves, que imprimen ritmo al relato y que al escritor le servían para obtener alguna lira más de sus codiciosos editores.
"Si Salgari –escribe Emilio Pascual– hubiera tenido el buen sentido de trabajar a porcentaje, por mínimo que fuera, sobre ejemplares, vendidos, se habría enriquecido. Pero el imperativo categórico del sustento diario (una familia compuesta por mujer, cuatro hijos, suegra y asistenta), más una total ausencia de administración, le obligaba a vender las novelas casi antes de terminarlas, y las 4.000 liras anuales de Donath nunca bastaban para salir adelante dignamente. En 1906 el editor Bemporad, de Florencia, le ofreció el doble, pero hasta esto resultó ser mala solución, pues fue condenado a pagar una multa de 6.000 liras a Donath en concepto de indemnización por incumplimiento de contrato, lo cual le obligó una vez más a multiplicar páginas, a multiplicarse a sí mismo escribiendo en distintos lugares con seudónimos diferentes. En los diez últimos años de su vida escribió más de cuarenta novelas, se fumó más de trescientos mil cigarros y consumió unos cuantos metros cúbicos de vino: sólo así pudo mantener ese ritmo enfebrecido de trabajo, a costa de su salud y de sus nervios" (Apéndice de Los Tigres de Mompracem, Anaya, 1988).
"Teotokris, el condenado griego –leemos en el primer capítulo–, el antiguo favorito del rajá de Assam, que tantos tropiezos les había creado, se encontraba en Borneo, a la cabeza de las salvajes hordas de los dayakos ... Sandokán había sido el primero en recobrarse del estupor inmenso que había producido aquel nombre.
–¿Qué has dicho, Kammamuri? –preguntó–. Repítenos ese nombre.
–Sí, Teotokris está aquí, señores –dijo el indio.
–¡Es imposible! –exclamaron al unísono Sandokán, Tremal-Naik y Yáñez.
–Sí, Teotokris está aquí –repitió Kammamuri.
–¿Quién te lo ha dicho? –preguntó Yáñez.
–¿Que quién me lo ha dicho? ¡Lo he visto con mis propios ojos!
–¡Tú!
–Sí, señor Yáñez. Fue él quíen me capturó y mató al búfalo salvaje de cuatro disparos de pistola, cuando corria por la selva.
–¿No te habrás equivocado? –preguntó Sandokán–. Tal vez era uno de los dos hijos del rajá del lago de Kin-Ballu.
–Lo conozco demasiado bien, capitán, y no puedo equivocarme –respondió Kammamuri–. Era Teotokris en persona. Fue él quien me encerró en la choza aérea donde he encontrado a este bravo negrito.
–Has traído contigo una serpiente venenosa, mi querido Yáñez –dijo Sandokán" (El desquite de Sandokán, Ediciones Nauta, 1983).
A más de un lector le sorprenderá saber que James Brooke, el malvado rajá blanco de las novelas de Sandokán fue, en realidad, un valiente inglés que puso en jaque a los crueles piratas de Borneo...
"A finales de abril de 1843 –escribe Esteve Riambau– una poderosa flota pirata hizo su aparición ante las costas de Borneo y James Brooke se trasladó apresuradamente a Penang para decidir un plan de acción con el capitán Keppel, que mandaba una unidad de la Royal Navy. Ambos hombres simpatizaron y el 15 de agosto llegaron a Kuching (...): allí James armó otra nave, el Jolly Bachelor, y esta improvisada fuerza naval recibió el apoyo de unas cuantas embarcaciones ligeras locales, con un total de 700 tripulantes aguerridos y bien armados. Sus objetivos consistían en varios poblados fortificados, madriguera de los piratas saribas. Estos la defendieron vigorosamente, pero al final tuvieron que huir a la selva. Los poblados fueron incendiados, pero se respetó la vida a mujeres, ancianos y niños, y los expedicionarios se retiraron, no sin advertir severamente a los saribas que en adelante se ganasen la vida por otros medios. Gracias a esta operación punitiva, por demás poco cruenta, la actividad de los piratas remitió considerablemente durante cierto tiempo" ("El trasfondo histórico de un personaje novelesco: Sandokán. El rajá blanco de Borneo", Historia y Vida, nº 112, julio de 1977).
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