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"El laberinto de la soledad", de Octavio Paz

El-Laberinto-de-la-SoledadEl laberinto de la soledad, Octavio Paz, Cátedra, 1993, ISBN 9788437611686.

El laberinto de la soledad es una de las piezas claves de la literatura moderna, ensayo él mismo moderno y reflexión crítica sobre la modernidad. En la historia de la literatura hispanoamericana se trata de la prosa ensayística más importante de este siglo, la que ha influido más en el pensamiento y en la literatura de lengua española y la que más ha resonado en los de otras lenguas.

En el contexto intelectual hispánico, pertenece a la tradición del ensayo de identidad nacional.

En palabras de Octavio Paz: "Es un libro dentro de la tradición francesa del moralismo. Es una descripción de ciertas actitudes por una parte, y por otra, un ensayo de interpretación histórica. Es una voluntad de interpretar críticamente la realidad histórica de México".

Esta edición de El laberinto de la soledad se ha hecho en estrecha colaboración con el propio Octavio Paz, que no sólo ha revisado, especialmente para esta publicación, sus propios textos, sino que además ha leído y revisado las aportaciones de Enrico Mario Santí.

Se incluye también un texto inédito de Octavio Paz, El tres y el cuatro, y tres nuevas versiones, de otros tantos textos, realizadas por el autor para esta edición.

Comentario

"El ogro filantrópico –escribe Blas Matamoro– recoge intervenciones periodísticas de los años 1971 a 1978, más alguna pieza anterior conectada temáticamente con las otras, completa el ciclo que se puede considerar abierto con El laberinto de la soledad (1950) Y que se articula en Posdata (1970).

Ahora está completamente clara la evolución de su pensamiento histórico-social, desde unas posiciones historicistas y arquetípicas, a otras, dialécticas y propiamente históricas.

El laberinto es, entre otras cosas, un intento de fenomenología impresionista de un posible «ser nacional mejicano».

Méjico es considerado una estructura espacio-temporal cerrada, regida por algunas formas arquetípicas, esenciales, suerte de invariantes que estructuran el devenir histórico del pueblo mejicano.

Las notas de esta invariabilidad las recoge el escritor de modo intuitivo, sintetizando fenomenológicamente lo percibido y dándoles el carácter sistemático de una morfología histórica.

Es un texto familiarizado con toda una tendencia del pensamiento hispanoamericano, que eclosiona a principios de siglo en Méjico con la generación del Ateneo (Antonio Caso, José Vasconcelos) para continuarse luego con Samuel Ramos y Leopoldo Zea, y en la Argentina con la generación del Centenario (Manuel Gálvez, Ricardo Rojas), siguiendo, en los años treinta, a través de Ezequiel Martínez Estrada, Eduardo Mallea, el primer Raúl Scalabrini Ortiz, Carlos Alberto Erro, etc.

Otros representantes de esta ideología de cuño fichteano y luego spengleriano acerca de la historia son, en Brasil, Gilberto Freyre, y en Cuba, Fernando Ortiz, sin olvidar el precedente de los españoles del 98, notablemente Unamuno y Maeztu, cuyos ecos aún resuenan en el temprano Ortega y Gasset de las Meditaciones del Quijote y España invertebrada.

El historicismo parte de una concepción esencialista y fragmentaria de la historia: cada autosuficiente.

De algún modo, las notas esenciales de su ser o espíritu nacional son inmutables.

En conjunto, se trata de una actitud antihistórica, ya que la historia es, por el contrario, la sistematización de las variables.

Apela, en otro orden, a lo irracional de la intuición y de la revelación, ya que esencia de lo nacional sólo es visible a los miembros de la nación, suerte de cuerpo místico de un Volkgeist adherido a un sitio y a una raza.

También es pensable una posible psicología nacional, un carácter psíquico que denuncia la pertenencia a cierta comunidad nacional.

En Posdata, texto compuesto ante las sugerencias de la revolución estudiantil de 1968, el tránsito hacia un pensamiento histórico propiamente dicho, dominado por la consideración de problemas concretos tratados con una ratio histórica universal (la historia vista «desde fuera», inteligida, considerada como el proceso de unas categorías que se juzgan universales), se da de una manera dramática. (...)

Al principio dije que El ogro filantrópico implicaba cerrar el ciclo abierto por El laberinto de la soledad. También se advierte el hecho en el aprovechamiento teórico que Paz extrae de sus reflexiones.

Si aquel libro se imbricaba en la tradición del historicismo latinoamericano que se reclamaba de Spengler, Jung y Mircea Eliade, éste reclama otra epistemología de la historia, a la cual trata de responder Paz.

No hay duda de que en él han influido no solamente sus lecturas marxistas, sino también el movimiento de investigación en el campo de la historia de las ideas que impulsó en Méjico don José Gaos, y al cual pertenecen investigadores como O'Gorman, el citado Zea y Luis Villoro.

La paradoja del historiador es, para Paz, que busca la precisión de la ciencia y produce un discurso, más saber que sabiduría, que tiene un talante literario, narrativo, concreto.

La historia viene a ser, de este modo, como el lugar geométrico intermedio entre la ciencia y la poesía. No es un saber cuantitativo, aunque es cognoscitivo.

No hay leyes históricas que descubrir, como hay leyes físicas, y, sin embargo, hay recurrencias y unidades discernibles.

Por otra parte, la posición del sujeto respecto al discurso de la historia tampoco es equiparable a la del sujeto en el discurso puramente científico. (...) Paz, sin perder los estribos ni renunciar a la racionalidad en la convencional fuga hacia Oriente y un rechazo asqueado por la historia, pide una vuelta a la sensatez, renunciando, por parte del historiador, a todo poder de predicción.

Asistimos a la quiebra de las diversas y encontradas profecías del siglo XIX, lo cual no invalida totalmente a quienes las profirieron, sino al arte profético en sí mismo.

Un momento de exigida observación no viene mal antes de seguir repitiendo que la historia marcha segura hacia el socialismo o el Punto Omega Cristo, y antes de caer desesperadamente en el viejo aforismo nihilista: la historia es un cuento narrado por un loco y no tiene sentido, sino ruido y furor.

Para el ejercicio de este ostinato rigore, Paz reclama una situación de dorada marginalidad, en la cual el escritor ejerza el viejo oficio de criticar -es decir: de alejar, de considerar provisoriamente extraños- la moral, los poderes, las instituciones sociales".

Copyright de texto e imágenes © Cátedra. Reservados todos los derechos.

Copyright de la cita © Blas Matamoro. El texto aparece publicado en Cine y Letras con el permiso de su autor. Reservados todos los derechos.

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