El marques y el sodomita. Oscar Wilde ante la justicia, Merlin Holland, Papel de Liar, 2008, ISBN 9788493667900
El idilio entre Oscar Wilde y Lord Alfred Douglas, alias «Bosie», figura con letras de oro en los anales del desorden amatorio.
En 1895, el marqués de Queensberry, padre de Bosie, envió al club Albemarle una nota dirigida al «sodomita» Oscar Wilde. El aludido decidió entonces, y con el aliento de su joven galán, demandar por la «calumnia» al enojado aristócrata. Pero perdio el juicio y fue encarcelado.Comentario
"A la vuelta de los años –escribe Blas Matamoro–, mientras se juzga y condena a Wilde en Inglaterra, se juzga y condena a Dreyfus en Francia, por intrigas antisemitas del ejército. Una amiga de Wilde, la actriz Sarah Bernhardt, será quien pida las primeras firmas para revisar la condena de Dreyfus. Nadie pedirá, en Inglaterra, la revisión del proceso a Oscar Wilde.
Mientras se preparaba su escándalo, Oscar Wilde pudo marcharse a Francia y escapar a todo castigo. No lo hizo. Supuso, seguramente, que habría de ser condenado.
De tal modo, satisfacía su íntimo proyecto de acusar a la sociedad filistea y de convertirse en mártir de su religión privada, el arte.
Nunca habría de defenderse como homosexual, sino como artista que llega a Cristo a través de la mística de lo bello, o sea Platón.
Trágico, el tablado del tribunal era, por fin, también, un escenario. Y Wilde, por lo que veremos, siempre se imaginó como un actor que hacía de Oscar Wilde, aunque en pocos momentos creyó serlo de veras.
Esta distancia histriónica lo salvó del delirio y le permitió la final intimidad consigo mismo, en la extrema intimidad del calabozo.
Entre tanto, se fue deteniendo en el espejo que le ofrecían sus amigas, algunas de las grandes actrices de la época: Lily Langtry (admitamos su retrato en clave decadente: Venus que surge de un mar de zafiros, Virgen de los Lirios), Helen Modjeska, Ellen Terry, la recordada Sarah Bernhardt. Otro inciso para psicoanalistas.
El joven Freud, alumno de Charcot, fue una noche a ver a la divina Sarah en un contundente melodrama bizantino de Sardou, Teodora.
Es probable que esa noche comprendiera que las histéricas de Charcot en el hospital de la Salpetriére imitaban a Sarah Bernhardt, es decir que hacían creer a sus médicos que estaban enfermas cuando, en rigor, manejaban algunas impropiedades del lenguaje.
Con el histrionismo tiene que ver el cuidado wildeano por la ropa. Desde la infancia, cuando la madre lo vestía de mujer, lleva una imagen que ha de distinguirse del conjunto por su atuendo. No corresponde con la moda, es algo exterior a los usos.
Nuevamente: una extravagancia. (...) Una vez más, tras proclamarse pagano, Wilde actúa (nunca mejor dicho) como un cristiano que debe ocultar su cuerpo. «Para ser griego, uno no debe tener vestido», asegura. Nada menos griego que Wilde, entonces".
Copyright de texto e imágenes © Papel de Liar. Reservados todos los derechos.
Copyright de la cita © Blas Matamoro. El texto aparece publicado en Cine y Letras con el permiso de su autor. Reservados todos los derechos.
3 días atrás
3 días atrás
30 días atrás
148 días atrás
151 días atrás
165 días atrás
165 días atrás
165 días atrás
165 días atrás
1802 días atrás
1802 días atrás
2187 días atrás
2214 días atrás








































































