Las Ediciones Siruela, afectas a las exhumaciones apetitosas, han dado en su Selección de Lecturas Medievales una traducción de El viaje de San Brandán, de Benedeit, hecha por Marie-José Lemarchand.
Se trata de un texto de principios del siglo XII, perteneciente al área de cultura anglonormanda, tiempo y lugar de donde surge el moderno roman, narración en verso o en prosa que utiliza la lengua vulgar como literaria y señala el fin de la lingua franca y el comienzo de las culturas nacionales europeas. Si se quiere optar por el rigor: culturas protonacionales.
En su ingenua sencillez, el viaje narra lo que cualquier relato de la humanidad: la historia de un héroe que abandona su casa y adopta (y es adoptado por) una familia iniciática, en la especie una cofradía de monjes, con la cual emprende un viaje que lo lleva a la isla feliz, a las puertas del infierno, a la santidad.
El viaje lo pone a prueba, él sortea los obstáculos y reclama la bienaventuranza. Siete son los años del periplo, catorce los compañeros de viaje (dos veces siete), como siete los poemas del poema de Gilgamés y de la Eneida, siete los años que Hans Cartop pasa en la mágica montaña, siete los libros de la Recherche proustiana.
El siete es un número asociado a la idea de ciclo, de maduración, de aprendizaje. Cuarenta ciclos de siete días o siete de cuarenta pasamos en el seno materno antes de ser arrojados al viaje de la vida.
Tal vez sea la palabra viaje la que habría que evitar en la invocación de cualquier historia. En efecto, las epopeyas y las novelas, si se las quiere diferenciar como identificar, siempre cuentan un viaje. Viaje físico por una superficie geográfica, viaje metafórico por las etapas de la identidad, conversión del rito de iniciación o de pasaje que metaforizaba, a su vez, la única experiencia que, acaso, nos deniegue la vida: ir y volver del Reino de la Muerte.
Viajó Gilgamés en busca de la hierba de la inmortalidad, Jasón por el vellocino, Ulises por el ungüento de la juventud: siempre el talismán empuñado al retornar significaba una habilidad que generaba poder.
Los psicoanalistas dirían que el héroe viajaba en pos de su falo, del tesoro solar que se alcanza atravesando los mundos oscuros e infernales de las sombras. Todos los libros son de viajes, entonces ninguno lo es. ¿Qué milagro del mercado hace que existan libros de viajes y hasta librerías de viajes?
San Brandán es San Barandán, San Borondón o el céltico San Patricio, que se conecta con el mundo gallego y canario: muchos habitantes del archipiélago afortunado dicen haber visto la isla que se sumerge o flota.
Lo cierto, por el momento, es que en la provincia de Buenos Aires, como mordiente del mar en las pampas, hay una bahía llamada San Borombón.
En el siglo XVI, Portugal cedió su dominio sobre la isla, la octava de las Canarias, que siguió apareciendo en los mapas, en puntos variables y erráticos, hasta la centuria siguiente. Fue entonces cuando los cartógrafos se persuadieron de que nunca había existido. Sí, pero, hasta entonces, ¿cuántos hombres vivieron como si la isla hubiera existido? ¿Cuántos hombres, cerca del milenio, subsistieron como si el mundo estuviera por acabarse en pocos días? ¿Cuántos temieron a los monstruos que describen los avisadores del siglo XVI?
La isla de San Brandán es el lugar donde todo sobra y nadie muere. No hay historia allí, porque no hay carencia ni muerte. Es el lugar en que nuestros deseos se sacian totalmente y empieza una vida deseada e inimaginable en que ignoramos todo apetito.
También es la metonimia de la literatura, ese Orbis Tertius que, como en el cuento de Borges, sólo está en un apócrifo tomo de enciclopedia, pero en que todos creen hasta vivir conforme a su existencia. Y es, finalmente, el retrato de eso que solemos llamar ideología.
Nota editorial
Los Libros de Maravillas de la Edad Media, o Mirabilia, fueron las enciclopedias de aquellos siglos, una Imago Mundi dibujada con fábulas que contaban lo más extraño y prodigioso del mundo o de los mundos por descubrir.
El primero de estos Libros de Maravillas que presentamos es el famoso Viaje de San Brandán, un perfecto ejemplo de relato iniciático, compuesto en el siglo XII, sobre la búsqueda del Paraíso Terrenal.
Recorre lejanas islas del Océano hacia el Oeste y es una versión cristianizada de los textos clásicos que ilustran la odisea del Homo Viator.
Con una visión más «realista», en cuanto a geografía y astronomía, escribe dos siglos más tarde Jehan de Mandeville su Livre des Merveilles du Monde (1356), que ofrece datos geofísicos, muy próximos a la exactitud, junto con descripciones fantásticas de razas monstruosas y demás prodigios.
Así, la idea de que la Tierra es esférica se difunde por Europa gracias a esta obra.
Ambos textos pertenecen a la misma cultura, la del ancho ámbito anglonormando, y, según queda atestiguado, ambos fueron lectura favorita del Almirante de las Indias Cristóbal Colón, otro sobrado motivo para abordar esta lectura.
Ficha editorial
Título: Libros de Maravillas
Subtítulo: El viaje de San Brandán
Autor: Benedeit, Jehan de Mandeville
Traducido por: Marie-José Lemarchand
Editor literario: Marie-José Lemarchand
Colección: Biblioteca Medieval. 17.
ISBN-10: 84-7844-607-9
ISBN: 978-84-7844-607-0
Encuadernación: Cartoné
Páginas: 320
Nº de ilustraciones: 15
Dimensiones: 140 x 215 mm
Tema: Literatura de viajes, Literatura medieval
Idioma de publicación: Español
Idioma de traducción: Francés
Copyright © Blas Matamoro. Artículo editado previamente en "Cuadernos Hispanoamericanos". El texto aparece publicado en "Cine y Letras" con el permiso de su autor. Reservados todos los derechos.
Copyright de sinopsis e ilustraciones © Siruela. Reservados todos los derechos.
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