Para muchos historiadores y críticos, En busca del tiempo perdido no sólo es una obra cumbre de las letras francesas del siglo XX, sino también una de las más grandes creaciones literarias de todas las épocas, en la que la trasposición en el relato de la vida de Marcel Proust (1871-1922), así como de personajes y ambientes sociales de su tiempo, se pone al servicio de un propósito radicalmente innovador del género novelístico.
«Por el camino de Swann» (Du côté de chez Swann, Grasset, 1913; versión modificada en la edición de Gallimard, 1919) es el primer volumen de la serie que completan, por este orden, «A la sombra de las muchachas en flor», «El mundo de Guermantes», «Sodoma y Gomorra», «La prisionera», «La fugitiva» y «El tiempo recobrado».
"Que el amor es subjetivo y casi siempre irracional –escribe Peter Quennell–, puesto que la idea que nos formamos de la criatura amada raramente tiene alguna base sólida, tal es el mensaje repetido de Un amour de Swann, la historia de la desdichada persecución por parte de Swann de la mujer que después llegó a ser su esposa , que Proust comienza de pronto a revelar hacia el final del primer tomo".
"El anoréxico Marcel –escribe Blas Matamoro– compensa su falta de apetito con la bulimia de su trabajo literario: se traga el mundo y lo devuelve como pago de una deuda, convertido en el Libro.
A su vez, la madre prohibida, objeto de perpetua melancolía, mezclada con el mundo, deviene comestible. O bien el mundo como alimento es la madre hipostasiada.
La cultura y la vocación de Marcel –lujo, letras, todo mezclado en la escena de la fiesta– también provienen del mundo materno. Así como los Proust pertenecen a la mínima burguesía provincial– comercio de velas, mercería, pequeña venta a plazos– y el mérito de Adrien surge de su trabajo, la familia materna puede hacer inventario de riquezas, nombres, cultura, refinamiento y amistades de alto nivel.
Baruch Weil se hizo rico durante el Primer Imperio como fabricante de porcelanas.
Los Crémieux tuvieron sederías. Uno de ellos, Adolphe, hombre político, conoció a los célebres actores románticos Talma y Rachel.
Sobre este fondo de materias preciosas y nombres salvados del olvido, la abuela materna Adèle Berncastel dirige las lecturas del nietecito: las memorias del duque de Saint–Simon y de Madame de Beausergent, las narraciones merovingias de Augustin Thierry.
Marcel se queda a solas con su madre, lejos de los asuntos de Adrien y de Robert.
Entre ella y él, el tiempo perdido y recobrado: la escritura. Desde la celda del monje laico, el mundo es algo próximo pero infinitamente lejano, como la madre.
Hay que defenderse de su impura condición de tabú. Marcel lo ha devorado y convalece. Se encierra en un coágulo de tiempo y espacio, una burbuja transparente e invulnerable. La mirada inmortal de la madre lo ha congelado, por ello tiembla de frío.
El momento glacial coincide con una crisis de asma que se prolonga indefinidamente.
Desde la muerte de la madre, Marcel entra en la literatura como quien ingresa en un monasterio, fuera del tiempo y del espacio.
Hay precedentes: Balzac vestido de fraile y Chateaubriand ensayando su voz de ultratumba.
De las comidas tomadas en la infancia, preparadas por los mismos cocineros de entonces, apenas quiere percibir los olores, como si fueran fantasmas de cosas.
Se viste con las ropas de otro tiempo. Él, tan esnob, se convierte en anticuado. Las mudanzas de vivienda son dramáticas, porque necesita una casa igual a la que abandona.
Los espacios deben ser siempre los mismos para obtener la sensación de inespacialidad.
Tal vez se pregunta: ¿dónde está el espacio sin lugar? Teme vivir en el piso del bulevar Haussmann porque en él nunca habitó su madre. Su historia ha terminado. De su yo histórico sólo queda la leyenda de la memoria. Un nuevo Marcel ha nacido, el resultado de su escritura.
Entre esos dos sujetos hay una relación que un psicoanalista llamaría de transferencia, que es el modelo del amor, porque el analizando ve en el analista, como el enamorado en el ser amado, su yo ideal. En el caso de Marcel, ese yo ideal que le promete la inmortalidad, si consiente al complejo de Alcestes: dar su vida para salvar la vida de otro, o de Otro. A la vez, el ser amado y el psicoanalista señalan una abstracción: el ideal del Yo.
Entre Marcel y Proust, entre el mundo y el claustro, hay otra diferencia, la que lleva del tiempo a la duración, de la temporalidad que pasa a la que no cesa de pasar y se propone, en consecuencia, como eterna. El tiempo de la vida y el tiempo del arte. Un tiempo que muere a cada instante y un tiempo que nace a cada instante".
Ficha editorial
En busca del tiempo perdido. 1. Por el camino de Swann
Marcel Proust (Autor)
Pedro Salinas (Traductor)
Colección: El libro de bolsillo
Bibliotecas de autor: Biblioteca Proust
11 x 17,5 cm.
520 Páginas
Rústica Fresado
I.S.B.N.: 978-84-206-3363-3
Código: 3460570
12,98 IVA no incluido
13,50 IVA incluido
Junio 1998
Copyright del comentario © Blas Matamoro. El texto aparece publicado en "Cine y Letras" con el permiso de su autor. Reservados todos los derechos.
Copyright del texto © Alianza Editorial. Reservados todos los derechos.
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