La literatura es una abstracción del universo y de los hechos que en éste alcanzamos a intuir. Por ello, la lectura se gradúa como un oficio y también como un proceso metamórfico, pues el lector debe descifrar lo escrito por otro, admitir su equilibrio y, una vez aceptado que la literatura tiene esa consistencia de lo real, darle altura y alcance –esto es, impulso ilusorio– a lo leído.
El cosmos se puede imaginar a través de los libros, y cada lector sitúa los límites de sí mismo en los azares de su biblioteca. En el caso concreto de Alberto Manguel se podrá decir que esos azares dibujan el tema recurrente que atraviesa su obra, y que él mismo describe aludiendo a una expresión acuñada por Henry James, la figura en el tapiz, acá indenticable con el modo en que la lectura se relaciona con el mundo, a veces tan engañoso y tornadizo como pueda serlo la ficción más dilatada.
Por las cercanías de este pensamiento, ya explicó Lezama Lima por qué Don Quijote y la Dorotea son consecuencias de vivir la literatura, o acaso –era deber suyo– de literaturizar la vida.
En esta línea, la tarea del autor argentino-canadiense es asimilable a la de un leedor que profundiza su palabra en la cuidadosa continuidad de estudios y placeres, en la ocasión que le brinda cada página, aun en el caso de haberla repasado previamente.
Con razón señala que los libros se vuelven diferentes cada vez que los leemos, y reitera que todas las lecturas verdaderas son subversivas, esto es, van a contrapelo.
Quizá por ello Manguel busca la penetración de su análisis en detalles originales, excitantes, ingeniosos, vistos con sosiego y amenidad. Resulta así que construye un itinerario heterogéneo pero enlazado en lo substancial de su pensar. Detalla, por ejemplo, los sinsabores amorosos de Borges, quien «hubiera deseado una unión sentimental sencilla, sin complicaciones, pero el destino lo encaminó hacia relaciones que parecían urdidas por Henry James».
Con igual perspicacia, sugiere las virtudes por que serán recordados el Che, Cortázar, Vargas Llosa, Cynthia Ozick o Chesterton, y en todos ellos advierte la secuencia de cambios y contrapuntos –la metamorfosis, no necesariamente biológica– que asimismo simboliza la historia de Eros y Psique, tomada como metáfora de más vastos alcances, pues tanto al leer como al hacer el amor «debiéramos perdernos en el otro, en el cual nos transformamos: el lector en escritor y éste en lector a su vez».
Al decir de Manguel, tanto el acto erótico como el acto de leer tendrían que ser anónimos, y sin embargo, queda explicado cómo le sientan bien al cambio del milenio imágenes discordantes, que hablan del fin del libro y del fin del tiempo: «Lectura automatizada que no necesita lectores; el acto de leer en manos de anacrónicos chiflados que consideran los libros como espacios para el diálogo; libros transformados en recuerdos que se transportan hasta que la mente cede y el espíritu flaquea».
Con todo, si bien el texto añade notas de pesimismo en torno al proceso editorial, cuyos filtros e intervenciones sobre cada manuscrito se van multiplicando –es la escala de matices que parece afirmar el mercado–, esto no inhibe a su autor de fijar un rasgo ético: «Se trate de combatir ratas o dictadores, en su papel de espías de Dios los escritores pueden suscitar indómitas formas de justicia». Acá bastaría con añadir, hegelianamente, que lo decisivo es cómo ese hábito de lo ético acierta a convertirse en una segunda naturaleza.
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