El norteamericano Ernie Pyle fue el corresponsal de guerra más famoso de la Segunda Guerra Mundial. Pyle, pese a actuar como simple testigo, acabaría convirtiéndose en un protagonista más de la contienda, al ser el encargado de transmitir al pueblo estadounidense las experiencias de sus compatriotas en los campos de batalla de Europa, Africa y el Pacífico.
"Pyle –nos dice Jacinto Antón– empezó como un periodista más, y poco a poco, a medida que iba haciendo los despachos, y a medida que éstos iban encontrando la reacción emotiva del público, se fue convirtiendo en un personaje muy famoso, hasta el punto de que en algunos momentos lo retiraban del frente para no perderlo. Y curiosamente, de forma paradójica, murió porque no pudieron prescindir de él. Llegó un momento, después de Normandía, en el que decidió que ya había visto bastante y que su suerte se había acabado. Esto les pasa también mucho a los soldados, que de repente, los que están en primera línea dicen 'Tengo la sensación de que yo ya he agotado mi cupo de buena suerte'. Y curiosamente, a partir de ese momento, hay más bajas. El soldado veterano suele morir cuando piensa que se le ha acabado la suerte. Tener a Pyle con los chicos tenía como consecuencia disponer de un tres por ciento más de capacidad de fuego. Los soldados, cuando estaba Pyle entre ellos, sabían que escribiría a casa, e iba a contar cosas buenas y bonitas de ellos, intentaban estar a la altura, y probablemente luchaban mejor".
En este volumen, continuación del dedicado a la campaña de Italia, Pyle nos traslada a la Batalla de Normandía, relatando de un modo original y sorprendente la operación de asalto a la fortaleza europea de Hitler, al tomar como referencia el día a día del soldado, contagiándonos sus miedos y sus muestras de valor, sus penalidades y alegrías.
"El soldado de primera línea que yo conocía –escribe– vivía durante meses como un animal y era un veterano en el cruel y violento mundo de la muerte. En su vida, todo era anormal e inestable. Iba asquerosamente sucio, comía si podía y cuando podía, dormía sobre el suelo duro y sin nada que le cubriera. Llevaba la ropa grasienta y vivía en una nube constante de polvo, entre moscas y calor, siempre de acá para allá, privado de todo aquello que en su momento había significado estabilidad, cosas como paredes, sillas, suelos, ventanas, grifos, estanterías, Coca-Colas y el pequeño detalle de saber que se iría a la cama por la noche en el mismo lugar en que se había levantado por la mañana. El soldado de primera línea se ha de endurecer tanto por dentro como por fuera; de lo contrario, la presión le destroza".
Desde los ingentes preparativos llevados a cabo en Inglaterra hasta la ansiada liberación de París, pasando por la decisiva jornada del 6 de junio de 1944, la pluma magistral de Pyle nos muestra cómo vivieron los soldados norteamericanos aquella trascendental batalla en la que estuvo en juego el destino de Europa y del mundo.
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