En 1847, poco antes de su muerte, un nervioso Edgar Allan Poe se presentó al editor neoyorquino Putnam portando un fajo de cuartillas.
Era su última obra, la que le procuraría, según pensaba el deteriorado poeta, fama universal: Eureka, un poema en prosa.
Aseguró al asombrado editor que la obra revolucionaría el campo de la astronomía –de la que Poe era un estudioso aficionado–, llegando a afectar a las creencias de todas las personas sobre el destino del Universo.
Recomendaba una tirada inicial de cincuenta mil ejemplares. La prudencia del editor redujo la cifra a quinientos, y la obra tuvo escasa difusión, aunque llegó a despertar la curiosidad de algún científico de la época.
Pero el resplandor del rostro de Poe ante el editor no lo provoca sólo su reciente recaída en el alcohol y el láudano. Es la convicción del artista que, en el colmo de la inspiración, cree haber descubierto la verdad absoluta como una revelación: la explicación sencilla y última de todos los fenómenos del Universo.
El grial que la ciencia experimental lleva buscando afanosamente desde hace siglos hallado por un poeta, aficionado a la astronomía, gracias a un relámpago de genio.
"De todos los documentos que he leído –escribe Charles Baudelaire– me he quedado con la convicción de que los Estados Unidos no fueron para Poe más que una vasta prisión que él recorría con la agitación de un ser nacido para respirar en un mundo más amoral–una gran barbarie iluminada por el gas–, y que su vida interior, espiritual, de poeta o incluso de borracho, no era más que un perpetuo esfuerzo para escapar a la influencia de esta atmósfera antipática. Implacable dictadura de la opinión en las sociedades democráticas; no imploréis de ella ni caridad ni indulgencia ni elasticidad alguna en la aplicación de sus leyes a los múltiples y complejos casos de la vida moral".
En palabras de Jean-Paul Sartre, "Baudelaire anudó lazos de amistad con un muerto. Su larga relación con Edgar Poe tiene por objetivo profundo el acceso a ese orden místico. Se ha dicho que le atraían las turbadoras semejanzas que la vida del poeta americano ofrecía con la suya. Esto es cierto. Por esta identidad de destino sólo tenía interés para él porque Poe había muerto. Vivo, el autor de Eureka sólo hubiera sido una carne vaga como la suya: ¿cómo apoyar una en la otra dos injustificables gratuidades? Muerto, por el contrario, su figura se concluye y se precisa, los nombres de poeta y mártir se le aplican naturalmente, su existencia es un destino, sus desventuras parecen efecto de una predestinación"
Ficha editorial
Eureka. Un ensayo sobre el universo material y espiritual
Edgar Allan Poe
Traducción de Menchu Gutiérrez
Colección: El Club Diógenes / CD–176
Año: 2002
ISBN: 84–7702–383–2
Págs: 192
Precio: 5,90 €
Coyright de texto e imágenes © Valdemar. Reservados todos los derechos.
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