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"Guerra", de Sebastian Junger

Guerra«Sus vidas –escribió en cierta ocasión el mítico reportero Ernie Pyle– consistieron única y completamente en la guerra, ya que fueron y siempre serían infantería de combate. Sobrevivieron porque los hados les fueron favorables, ciertamente, pero también porque se habían vuelto duros e inmensamente sabios, en el sentido del instinto de auto preservación animal.»

Guerra sigue la tradición marcada por autores que van desde Ernie Pyle a Michael Herr, pasando por Vassili Grossman o Robert Kaplan. Al igual que algunos de los anteriormente citados, Junger se centra en las vivencias de los soldados de infantería, en este caso aerotransportada: los currantes que realmente hacen las guerras.

Corresponsal de la revista Vanity Fair, Sebastian Junger compartió junto al cámara Tim Hetherington una experiencia excepcional: convivió a intervalos durante quince meses “empotrado” con el segundo pelotón, compañía B, 2º batallón del 503º Regimiento de infantería (Aerotransportado) de la 173ª Brigada Aerotransportada en el valle de Korengal.

Este lugar era conocido por las fuerzas estadounidenses como el Valle de la Muerte, por ser uno de los enclaves con mayor actividad bélica de Afganistán, debido a la fuerte presencia de fuerzas de los talibanes.

Situado al este del país, se trata de un territorio de importancia estratégica por los pasos de montaña que comunican con Pakistán.

El compañero de Junger, Tim Hetherington, falleció el pasado mes de abril, mientras cubría el actual conflicto civil de Libia, victima de un proyectil lanzado por las tropas leales al líder libio Muamar el Gadafi.

Durante su estancia en Afganistán, ambos reporteros obtuvieron ciento cincuenta horas de grabaciones que gueron parcialmente retransmitidas por la cadena de televisión estadounidense ABC. Ese metraje fue luego empleado para la confección del documental Restrepo, la crónica del servicio de la citada unidad en su combate contra los insurgentes en Korengal.

Guerra parte de ese mismo material, y es un gran libro que no versa sobre geopolítica o sobre la estrategia norteamericana desarrollada en Afganistán, enmarcada en la Guerra contra el Terrorismo.

No: el foco de Junger está puesto en el día a día de un pequeño grupo de soldados norteamericanos destinados en una zona de guerra.

Relata sus experiencias en combate, sus sentimientos ante las muertes de camaradas de armas, cómo se enfrentan al tedio de los periodos de inactividad o cuál es su perspectiva de la vida civil.

De especial interés resultan las descripciones de las misiones de combate o de las emboscadas que los insurgentes tienden a los norteamericanos: la guerra, en definitiva. Dichas operaciones tienen lugar en alta montaña, en cumbres de más de seis mil metros de altitud, donde la correcta planificación y ejecución de una emboscada puede colocar a una unidad estadounidense en la tesitura de ser aniquilada por el fuego de dos ametralladoras o caer por un abismo.

Esas emboscadas degeneran ocasionalmente en sucios combates cuerpo a cuerpo, en los que incluso los cadáveres norteamericanos tienen un alto valor propagandístico para la insurgencia. De ahí que los soldados norteamericanos se empleen en la lucha con idéntico denuedo, tanto si se trata de apoyar a sus compañeros vivos como de preservar a los caídos.

De la lectura de esta obra se sacan conclusiones interesantes: Junger deja entrever que no está de acuerdo con la política exterior de su país en Afganistán, pero, afortunadamente para los lectores que no esperan un panfleto, Guerra no es una excusa para exponer sus teorías.

Es más: el autor deja claro que la hipotética distancia respecto a las tropas, con la que debe abordar la labor periodística, se desvanecería inmediatamente si, acompañando a una unidad en una misión, la situación se tornase tan desesperada que tuviese que luchar por su vida.

Pese a los reparos políticos de Junger, queda patente el profundo respeto que siente por los componentes de la unidad destinada en Korengal.

Ese respeto, dicho sea de paso, es compartido por la gran mayoría de la sociedad estadounidense: una realidad que pasa aparentemente desapercibida para quienes hacen paralelismos entre la actual contienda de Afganistán y la Guerra de Vietnam.

Otra conclusión, bastante más desalentadora, es que la duración ad eternum de la guerra en Afganistán beneficiará a ciertos sectores de la población afgana. La ausencia de un verdadero estado en gran parte del país ha propiciado que determinadas poblaciones o grupos étnicos se gobiernen de manera independiente, siguiendo milenarias y atávicas costumbres tribales. Se aconvierten así en el tercer vértice de un triángulo formado junto a las fuerzas gubernamentales y de la Otan y la insurgencia: talibanes, Al Qaeda, etc. Dichos grupos pueden decantar su oportunista lealtad de un bando u otro, dependiendo de si les beneficia la construcción de carreteras o dispensarios, por parte de los occidentales, o, en cambio, obtienen mayores beneficios acarreando municiones y pertrechos para la insurgencia, desde Pakistán.

Por último, Junger vuelve a demostrar que el motivo último por el que los hombres luchan no son las ideologías o los valores, si no el afán de no defraudar a quienes te rodean. En definitiva, hablamos de ese sentido de hermandad entre los combatientes que William Shakespeare sintetizó a la perfección en Enrique V: “We few, we happy few, we band of brothers...”

Nota editorial

Sólo un libro extraordinario podría justificar un título tan ambicioso como el de Guerra –escribió un crítico–, y este lo es.

Sebastian Junger compartió durante quince meses la vida de un pelotón en un lugar remoto de Afganistán, con el propósito de averiguar lo que los soldados experimentan. No le interesaba lo que sucedía en aquella guerra, sino captar las experiencias y los sentimientos de unos soldados que se enfrentan al riesgo de la muerte cada día: la brutal violencia del combate, el miedo ante una emboscada, el aburrimiento en los momentos de inactividad, la camaradería que se forja en una situación extrema y la confianza que se establece entre unos hombres cuya supervivencia depende del compromiso total de cada uno.

La fuerza extraordinaria de este libro, escrito de manera directa, sin retórica ni artificio, permite entender que se haya mantenido durante muchos meses en las listas de los más vendidos en Estados Unidos, y augura que va a convertirse en un clásico. Porque, como ha dicho Philip Caputo: “No es una historia de guerra, sino un gran libro sobre la guerra”.

Sebastian Junger ha destacado en la lista de superventas del New York Times con La tormenta perfecta y A Death in Belmont.

Es redactor habitual de Vanity Fair y se le han concedido premios como el National Magazine Award o el SAIS Novartis Prize de periodismo.

El documental Restrepo (2010) tiene como hilo conductor este libro que publica Crítica. Junger, como narrador, y Tim Hetherington como fotógrafo lo codirigen, y narran en él las interioridades de las trincheras en su vertiente más humana de los soldados americanos en la reciente guerra de Afganistán.

El documental, además, obtuvo el Gran Premio del Jurado en Sundance.

«No es una historia de guerra, sino un gran libro sobre la guerra» The Washington Post.

«El resultado es un inolvidable retrato de la experiencia humana de la guerra» Publishers Weekly.

«Como en La tormenta perfecta, Junger combina la ciencia popular, la psicología y la historia con una narrativa asombrosamente ágil» Kirkus Review.

«Este es un apasionante testimonio del coraje que los soldados muestran bajo el fuego. Se enfrentan –y sobreviven– a situaciones que la mayoría de nosotros consideraríamos inimaginables. Y verlo plasmado en las páginas de un libro es sencillamente fascinante» The Washington Post.

«Conocedor de situaciones extremas, Sebastian Junger disecciona y a la vez personaliza los conflictos armados en esta excelente crónica. El libro comunica de manera eficaz los sentimientos –y no tanto las condiciones físicas– de los hombres del pelotón, entre ellos el mismo autor, que evoluciona de observador a miembro del mismo. Este no es un libro contra la guerra, aunque Junger lamenta la pérdida de hombres que se convirtieron en sus amigos: tampoco es sensacionalista, sino simple y analítico. Se trata de lo que el autor llama "juego profundo", impulsado por su voluntad de comprender los conflictos, la química que provocan y el tipo de relaciones que generan. Aquellos que busquen una visión en las entrañas de la guerra apreciarán los detalles que Junger da de manera brusca y respetuosa» Los Angeles Times.

Copyright del artículo © José Luis González. Reservados todos los derechos.

Copyright de imágenes y nota editorial © Crítica. Reservados todos los derechos.


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