Historia de Víctor Frankenstein

altFrankenstein tiene una particularidad que pocas novelas comparten con ella: posee el romanticismo del género gótico y al mismo tiempo anticipa toda una rama de la ciencia-ficción. Ilustrada por Bernie Wrightson, llega a las librerías su edición definitiva.

A estas alturas, disponemos de muy diversas versiones de Frankenstein –anotadas, modernizadas en su lenguaje e incluso adaptadas para niños–, y sin embargo, la que ahora nos presenta Planeta DeAgostini posee varios atractivos a los que pocos amantes de la literatura sabrán resistirse.

El volumen en cuestión vio la luz en Estados Unidos allá por 1983, y se reeditó en 1994 y en 2008 bajo el sello Dark Horse.

Todo entusiasmo incondicional en torno a esta edición viene justificado por su apariencia estética. A lo largo de siete años, Bernie Wrightson realizó las ilustraciones: una obra maestra del dibujo a plumilla, inspirada en los grabados del XIX y resuelta con un estilo que recoge la herencia de artistas como Franklin Booth, J.C. Coll y Edwin Austin Abbey.

El bellísimo tomo, que ahora llega al público hispanohablante, incluye además un notable prólogo de Stephen King, donde plasma sus opiniones más personales en torno a esta novela tan prodigiosa como desconocida.

Lo que son las cosas. Pese a las virtudes del libro de Mary Shelley, son muchos los que creen conocer su historia después de haber visto sus adaptaciones cinematográficas. En todo caso, es algo comprensible, porque buena parte de la fama del personaje se debe a una película incomparable, Frankenstein (1931), de James Whale, autor asimismo de su mejor secuela, La novia de Frankenstein.

(Inciso: Robert Florey, contratado previamente por la Universal, llegó a escribir un guión y a rodar dos bobinas de prueba, cuya influencia en el film resultante empieza hoy a ser valorada).

Con todo, estas y otras producciones no debieran hacernos olvidar lo fundamental: al mencionar a Frankenstein hablamos, sin duda, de un clásico de la literatura universal.

Ceñido al estilo de su tiempo, el libro de Shelley debe ser leído con calma. Con razón dice Stephen King en Danza Macabra que el Monstruo de Frankenstein es, básicamente, un arquetipo pop, inmortalizado por el cine: "Al contrario que en las películas basadas en ella, [la novela] contiene pocas escenas de violencia, y al contrario que el inarticulado monstruo de los días de la Universal (los karloffilms, como simpáticamente los llama Forry Ackerman), la criatura de Shelley habla con las frases rotundas y mesuradas de un miembro del Congreso o de William F. Buckley departiendo educadamente con Dick Cavett en un programa de entrevistas de la tele. Es una criatura cerebral, justo lo opuesto a la imperiosa fisicidad del monstruo de Karloff con la frente de pala y los ojos hundidos, estúpidamente astutos".

Fue la amistad y el mal tiempo lo que dio origen a esta novela. Todo empezó en junio de 1816, a orillas del lago Ginebra, en Suiza. Allá veraneaban Percy y Mary Shelley, Lord Byron y el doctor John Polidori. La erupción del Monte Tambora había modificado la climatología, y el frío y las lluvias recomendaban largos encierros al amor del fuego.

Los veraneantes, inquilinos de lujo en Villa Diodati, se entretenían leyendo cuentos de fantasmas alemanes e intercambiando historias truculentas. Una cosa llevó a la otra, y los cuatro decidieron escribir relatos de miedo para matar el aburrimiento.

A Mary, una jovencita por aquel entonces, se le ocurrió una historia relacionada con el galvanismo y con los macabros experimentos del poeta Erasmus Darwin, apasionado con la idea de insuflar vida en la materia inanimada.

Aquel primer borrador fue adquiriendo forma, hasta convertirse en una de las obras de ficción más famosas de todos los tiempos. Fernando Savater explica por qué es tan fascinante esa "historia terrible de un científico que fabrica una criatura cosiendo pedazos de cadáveres. Aún peor: consigue ese monstruo viva, sienta, piense e incluso que 'hable'. ¿Acaso habrá algo más espantoso que tener conciencia de que uno no es más que un experimento brotado de un cementerio, que no tenemos padres ni familia, que los demás seres humanos se horrorizan de nuestro aspecto y que nunca lograremos encontrar un semejante, un hermano? La criatura del doctor Frankenstein sabe todo eso y sin embargo tiene que seguir viva. Para los demás, la vida es un gozo o por lo menos una posibilidad de gozo; para la criatura, en cambio, es la peor de todas las condenas".

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Lo más fascinante de la creación de Shelley es que da la impresión de ser espontánea, cuando en realidad tiene puntos de contacto con la realidad.

Un reconocido experto en novela gótica, Radu Florescu, sostiene en In Search of Frankenstein que Mary y Percy Shelley visitaron el Castillo Frankenstein, edificado en las proximidades de Darmstadt.

Al recorrer dicha fortificación, la joven habría quedado fascinada por uno de sus antiguos habitantes, Konrad Dippel, un alquimista empeñado en devolver un hálito de vida a los cadáveres.

Sea o no verificable la hipótesis de Florescu, el caso es que en mayo de 1817 la escritora completó Frankenstein o el moderno Prometeo (Frankenstein; or, The Modern Prometheus), que salió de la imprenta de los editores Harding, Mavor & Jones el 1 de enero de 1818, con un prefacio del esposo de Mary, Percy Bysshe Shelley y una dedicatoria a su padre, William Godwin.

Tras esa primera edición, curiosamente anónima, Mary Shelley decidió que su nombre debía figurar en la segunda, publicada el 11 de agosto de 1823 por G. y W. B. Whittaker. Tras mucho corregir su manuscrito, Mary realizó una nueva versión, que es la que hoy conocemos. Salió a la venta el 31 de octubre de 1831, editada por Henry Colburn & Richard Bentley.

Hablando estrictamente, la criatura literaria ideada por Mary Shelley en su novela es un producto de la soberbia humana.

Veamos: con su diseño de laboratorio, el doctor Víctor Frankenstein permite que, culminando el grandioso experimento, quede eliminada la fecundación de toda la vida –ya saben, la que precisa a un hombre y a una mujer–, y logra que ocupe su lugar la ciencia.

Una ciencia que, por usar palabras de Borges, es la promesa de un milagro.

Surge así, en una novela del XIX, un nuevo principio: la vida sintética. Claro que el asunto revela otra dimensión, pues Frankenstein no sólo es un pionero de la biomedicina. Es algo aún más peligroso, o si lo prefieren, más inquietante.

Cuando le resulta accesible esta labor técnica, el sabio también usurpa un atributo divino (léase sobrehumano), aunque en este caso la facultad creadora requiera cadáveres y quizá galvanismo en lugar de barro y aliento.

Se complace aquí Shelley en destacar el horror que causa la Criatura, no tanto por un mero rechazo estético, sino por su inconsecuencia, por la falta de concordancia que existe entre ese espécimen único –carece de genealogía y nunca tendrá descendientes– y los hijos de una pareja humana.

Ya lo ven, no se requiere otra explicación; y cualquier otra difícilmente alcanzaría a describir mejor la condición del monstruo. La Criatura es simplemente, alguien ajeno a la lógica natural de nuestra especie.

Ahora bien, el relato de Shelley no es el primer reflejo literario de eso que los científicos de hoy llaman biogénesis.

Ya Ludwig Achim Von Arnim describió en Isabel de Egipto o El primer amor de Carlos I (1812) dos de sus formulaciones más primitivas y evocadoras: el golem y el homúnculo de la mandrágora, crecida por efecto de las lágrimas de un ahorcado inocente. Toda una incitación al asombro.

En realidad, el método experimental no pudo dar una tibia réplica a esta fábula hasta el año 1910, cuando Alexis Carrel ensayó los primeros cultivos de tejidos. No obstante, hay otras tentativas que fomentan el ensueño.

Mediada la década de los ochenta del pasado siglo, el científico Harold Morowitz calculó cuánto costaría reunir los constituyentes moleculares que integran un ser humano, y sus cuentas ascendieron a diez millones de dólares.

Como es obvio, la mezcla recién adquirida no podía repetir los prodigios del ácido desoxirribonucleico, y ello inspiró a Carl Sagan una expresión feliz: «Afortunadamente hay otros métodos menos caros y más seguros de hacer seres humanos».

Qué quieren que les diga, tal vez esta ocurrencia de Sagan debiera desanimar a los imitadores de Frankenstein, pero el caso es que, de cuando en cuando, nos siguen llegando noticias de experimentos relacionados con la vida artificial.

Noticias que, por cierto, cumplirían las profecías del escritor Philip K. Dick, el inventor de esos replicantes (simulacros) que se hicieron populares en Blade Runner y que aún nos inquietan en teleseries como Battlestar Galactica o Caprica.

En realidad, el cumplimiento de la profecía de Mary Shelley llegará gracias al perfeccionamiento del cyborg –contracción de cybernetic organism–, una perfecta combinación entre ser humano y máquina.

Los dos científicos que acuñaron el término fueron Manfred Clynes y Nathan S. Kline. El concepto –clave en la ciencia-ficción– nació en el artículo que ambos titularon «Cyborgs and Space» (Astronautics, sept. 1960, pp. 26-27 y 74-75), luego ampliado en Psychophysiological Aspects of Spaceflight (Columbia University Press, 1961).

El escritor Damien Broderick fue uno de los primeros en emplear ese término, pero quien divulgó esa idea del hombre artificial fue David Rorvik en As Man Becomes Machine (1971).

En todo caso, a los aficionados al cyberpunk les recomiendo la lectura de clásicos como The Clorkwork Man (1923), de E.V. Odle, y muy especialmente, el Frankenstein de Mary Shelley.

¿Y qué mejor forma de recuperar la obra de Shelley que a través de este inmejorable volumen ilustrado por Bernie Wrightson?

Ficha editorial

Frankenstein
Planeta DeAgostini
Edición original: Frankenstein (USA)
Precio: 25 €
Autora: Mary W. Shelley
Introducción: Stephen King
Ilustraciones: Bernie Wrightson
Formato: Libro cartoné, 256 págs., blanco y negro.

The Cult

Copyright de imágenes © Bernie Wrightson, Dark Horse Comics, Planeta DeAgostini. Cortesía del Departamento de Prensa de Planeta DeAgostini. Reservados todos los derechos.


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