En 1923, el joven Borges dice que el hecho de que uno escriba y otro lea es “trivial y fortuita circunstancia”. Mucho después, en 1969, otro/mismo Borges insistirá en la precoz propuesta: “La poesía está en el comercio del poema con el lector, no en la serie de símbolos que registran las páginas de un libro.”
El poeta Borges privilegia un elemento retórico que fue proclama panfletaria en su juventud ultraísta y se torna herramienta y lugar del saber en su madurez neoclásica: la metáfora.
En este ejercicio de comparación al cual se le amputa el término comparativo, produciendo un concentrado verbal que algunos llaman símbolo, aparece una fuerte querencia borgiana: el barroco.
No el obvio y culterano sino el íntimo y conceptista, el de Donne, Marvel o Shakespeare, que Borges traduce con el indispensable auxilio de Quevedo. No casualmente, en sus páginas finales, el soneto quevediano resulta ser un modelo frecuente.
Pensar es metaforizar, es hacer comparaciones inesperadas y convincentes entre cosas o categorías o figuras o sonidos que andan sueltos por esa conjetura inconcebible que llamamos universo.
No podemos llegar a La Palabra, escribiremos libros y libros pero nunca El Poema, nuestro verbo seguirá siendo vano e inconcluyente, pero en esa desesperada gimnasia –digámoslo borgianamente: en esa guerra– la poesía obra el modesto prodigio de obtener potencia de la imposibilidad y así nos salvamos del nihilismo que nos paraliza y establecemos la fraternidad de la lectura.
La poesía de Borges, por si lo anterior fuera poco, sirve como guía de forasteros y perplejos de todo su catálogo porque contiene la lista de sus temas, es decir de sus insolubles obsesiones, el declarado peligro de su monotonía, la recurrencia de otro recurso clásico: la variación.
Obsesión, en Borges, es pensar lo uno en lo otro, describir el imposible catastro universal, atrapar el tiempo que no vuelve ni tropieza (otra vez Quevedo) con la indigente palabra que vuelve y revuelve, padecer el amor, examinar las hazañas de los héroes convertidas en ensueños y pesadillas, entretenerse con las deleitables naderías del arte para evitar la pregnancia de la desdicha, convivir con los fantasmas que tienen nombre y carecen de cuerpo, interrogarse acerca de la fatalidad de ser argentino. Aquí me detengo, cuando hay que recordar que Borges es argentino. Es decir, por repetirlo: un hombre del siglo XX, era bajamente romántica, en un país del siglo XIX, cuyo única epopeya es la guerra civil y cuya única liturgia pertenece a la religión nacional del coraje, al querer al otro para matarlo de un cuchillazo y, en el momento de la agonía, descubrir que el moribundo es el homicida, que uno muere por el otro como el otro vive por el uno.
Como quizás advierta el lector, ser argentino, para Borges, es una afirmación de identidad que funciona desde la extrañeza, tal el espejo de la poesía: pertenecer a un país de guerreros en la intimidad quieta y silente de una biblioteca donde están todos los libros de Occidente que involucran, también, la traducción de las sabidurías orientales.
No casualmente, los últimos versos de Borges aluden a Suiza, al cantón ginebrino donde fue adolescente y está por morir. Suiza, modelo del mundo, acaso algo que no es verdadero pero puede ser profético: que los hombres tomen “la extraña resolución de ser razonables”, subir a la montaña del centro y aunar la razón con la fe, el discurso con la decisión. Una escena poética.
Sinopsis
Contenido Brillante en la forma, acerada y precisa en el concepto, rotunda en su expresión, la poesía de Jorge Luis Borges corre parejas con su genial obra narrativa.
El primer volumen de los tres que en esta «Biblioteca de autor» ocupa su Obra poética –que se presenta ordenada cronológicamente–, recoge los tres libros más tempranos de la poesía borgiana –Fervor de Buenos Aires (1923), Luna de enfrenteCuaderno San Martín (1929)–, obras que, sucedidas por un prolongado silencio que no habría de romperse hasta 1960 con la publicación de El hacedor, conforman nítidamente la primera etapa de una de las trayectorias líricas más atractivas de nuestro siglo. (1925) y
El segundo volumen recoge los cinco primeros libros con que, a partir del año 1960, y después de un largo silencio, volvió a dar a conocer su labor en el ámbito de la lírica: El hacedor (1960), El otro, el mismo (1964), Para las seis cuerdas (1965), Elogio de la sombra (1969) y El oro de los tigres (1972).
El último de los tres volúmenes que recopilan la totalidad de la obra poética del autor argentino abarca los libros que publicó en la última parte de su vida, concretamente en el periodo 1975-1985: La rosa profunda (1975), La moneda de hierro (1976), Historia de la noche (1977), La cifra (1981) y Los conjurados (1985).
Ficha editorial
Obra poética, 1 (1923–1929)
11 x 17,5 cm.
128 Páginas
Rústica Fresado
I.S.B.N.: 978–84–206–3346–6
Código: 3460016
7,21 € IVA no incluido
7,50 € IVA incluido
Obra poética, 2 (1960–1972)
11 x 17,5 cm.
352 Páginas
Rústica Fresado
I.S.B.N.: 978–84–206–3369–5
Código: 3460020
10,10 € IVA no incluido
10,50 € IVA incluido
Obra poética, 3 (1975–1985)
11 x 17,5 cm.
336 Páginas
Rústica Fresado
I.S.B.N.: 978–84–206–3388–6
Código: 3460021
10,10 € IVA no incluido
10,50 € IVA incluido
Copyright © Blas Matamoro. Este artículo fue publicado originalmente en el suplemento cultural del diario ABC. El texto aparece publicado en Cine y Letras con el permiso de su autor. Reservados todos los derechos.
Copyright de nota editorial e imágenes © Alianza Editorial. Reservados todos los derechos.
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