Bajo una apariencia caprichosa y paradójica, las páginas de crítica y estética de Oscar Wilde quizá sean lo más original y perdurable de toda su obra. No sólo nos ofrecen un ejemplo perfecto de lo que debió de ser el Wilde conversador sino que la mayoría de sus ideas, que tanto escandalizaron en su época, han cobrado una vigencia asombrosa con el paso del tiempo.
La decadencia de la mentira (1889), el texto predilecto de Wilde, y sin duda el mejor de todos sus escritos de crítica estética, es una brillante diatriba contra el arte realista de su tiempo, que mediante el «culto monstruoso de los hechos» pretende ser el espejo de la vida con toda exactitud.
Para Wilde, sus cultivadores «acaban por escribir novelas tan semejantes a la vida que no hay modo de creer en su verosimilitud». Por eso, el Arte nunca debe imitar a la vida, pues «el Arte no expresa nunca otra cosa que a sí mismo».
En el momento en que el Arte renuncia a su medio imaginativo, está abocado a un completo fracaso.
Lo que hay que hacer «como un deber ineludible es intentar la renovación del antiguo arte de la Mentira», pues la Mentira es la más alta modalidad y el fin propio de todo Arte que se precie y conozca su más íntima naturaleza.
"Vista como historia de amor –escribe Blas Matamoro–, la de Oscar y Alfred Douglas es un poema de cortesía medieval, pasado por el decadentismo, con un doblez de sórdida novela negra. En ambos espacios, Wilde sigue extravagando. Es un canalla invitado a un «corte de amor» y un trovador enfebrecido ante la Dama, que se pierde en las callejas del Strand.
¿Hay un lugar de síntesis entre ambas extravagancias? Como Platón, Wilde cree en la kalokagathía, en el valor ético y, en definitiva, cosmológico, de la belleza.
Lo bello lleva al sumo bien, que es la instalación armónica del sujeto en el cosmos. No hay un código que sirva para distinguir lo bueno de lo malo antes de que el acto se decante por la belleza o la fealdad.
Cristianismo y platonismo pagano se encuentran en los bellos santos y las bellas Madonne del Renacimiento italiano, donde la verdad revelada de Cristo se expresa por el lenguaje de la belleza corporal. El arte, es, entonces, el lugar privilegiado de la experiencia moral. No la vida, porque tiene la amoralidad de la naturaleza y desvía al hombre de su camino de perfección.
La vida, si acaso se la puede juzgar éticamente, es siempre mala. Por eso, tanto el exceso como la renuncia merecen castigo. El arte es bueno porque provee al hombre de una máscara embellecedora, y porque rompe los espejos, donde se refleja la inmediata fealdad moral de la vida.
Hay, empero, una contradicción irresuelta en el pensamiento de Wilde, lugar donde se instala su tragedia. El arte pretende ser el objeto de la vida, pero ésta se resiste a aceptarlo y se empecina en ser objeto de sí misma, inmanencia absoluta.
La vida es irreductible y el arte se exilia en el gran teatro del mundo, limitándose a ser la comedia de la vida, acaso divina comedia, pero algo finalmente cómico.
La fórmula de la tragedia wildeana es la conocida frase de la Balada: «Todos los hombres matan lo que aman». Matan su naturaleza en nombre del arte o matan su eticidad en nombre de la vida".
Ficha editorial
Título: La decadencia de la mentira
Autor: Oscar Wilde
Traducido por: María Luisa Balseiro
Colección: Biblioteca de Ensayo / Serie menor. 10.
ISBN-10: 84-7844-518-8
ISBN: 978-84-7844-518-9
Edición: 6ª, 2009
Encuadernación: Rústica
Páginas: 88
Dimensiones: 105 x 150 mm
Tema: Arte, estética
Idioma de publicación: Español
Idioma de traducción: Inglés
Copyright del comentario © Blas Matamoro. El texto aparece publicado en "Cine y Letras" con el permiso de su autor. Reservados todos los derechos.
Copyright del texto © Siruela. Reservados todos los derechos.
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