Egipto fue una constante inspiración para los escritores de novelas de aventuras de fines del XIX y comienzos del siglo XX. Buenos ejemplos de ello son varias obras de H.R. Haggard o este sugerente relato de Salgari, Le figlie dei Faraoni (1906).
Ni que decir tiene que la obra de Salgari es un folletín, con todas las ventajas e inconvenientes que conlleva esta fórmula literaria.
Si por algo destaca es por el colorido de las descripciones, tan adornadas como ésta que sirve para iniciar el relato:
"Todo estaba tranquilo en las orillas del majestuoso Nilo –leemos–. Iba a ocultarse el sol detrás de las elevadas copas de las palmeras, entre un mar de fuego que enrojecía las aguas del río haciéndolas asemejarse al bronce cuando comienza a fundirse, y por Levante una neblina violácea, cuyo color se hacía de momento en momento más oscuro, precedía a las primeras sombras de la noche. En la orilla hallábase en pie un hombre joven, apoyado en el tronco de una palmera, en actitud de blando abandono, y que parecía sumergido en profundas reflexiones. Su mirar vago erraba sobre las aguas, que se quebraban produciendo un dulce murmullo entre las raíces de los papiros enterradas en el fango. Era un hermoso joven egipcio, de unos dieciocho años escasos, de ancha y carnosa espalda, brazos nerviosos, que terminaban en largas y finas manos, bellísimas y regulares facciones, y ojos y cabellos muy negros. Vestía una sencilla camisa que le cubría hasta los pies formando amplios pliegues, y sujeta a la cintura por una faja de lino listada de blanco y azul. Para defenderse de los ardientes rayos solares llevaba en la cabeza esa especie de toca que usaban los egipcios hace cinco mil años, formada por un pañuelo triangular listado de rojo, sujeto a la frente por una finísima tira de piel, y cuyas puntas le caían por la espalda" (La hija de los faraones, Editorial Gahe, 1972).
"Se dice que algunos célebres escritores de libros de aventuras –escribe Lorenzo Chiosso haciéndose pasar por Salgari– fueron, por una ironía que acaso no es tan rara como parece, hombres completamente sedentarios. El grandísimo Julio Verne, por ejemplo, según algunos, no habla viajado más que alrededor... de su ciudad natal, de la cual era alcalde. Por el contrario, yo he sacado siempre, más que de las bibliotecas, de mi experiencia personal, la substancia de mis libros. Fue la necesidad de desprenderme, por así decirlo, del frenesí de aventuras que todavía me poseía, lo que guió mi pluma: y así encontré, en el desarrollo novelesco de sucesos que verdaderamente me sucedieron, una compensación a mi forzosa inmovilidad. No pudiendo ya correr por mares y continentes, lancé sobre el globo terráqueo a mis héroes y mis heroínas; y escribí, escribí, escribí hasta el punto en que el escribir, de remedio liberador se convirtió en una profesión. Peor: en una dolorosa profesión. Heme aquí hoy, después de tantas luchas, después de haber publicado un montón de volúmenes, después de haber hecho fortuna de, lo menos, dos editores, heme aquí frente a las más serias necesidades de la vida" (Mis memorias, Centro Editor de América Latina, 1977).
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