La muerte en venecia. Mario y el mago, Thomas Mann, Quinteto, 2005, ISBN 9788496333529
La historia de un alma agotada, capaz de sobrevivir sólo en el artificio, que de pronto descubre la belleza espontánea que se manifiesta sin esfuerzos y sin titubeos en la figura de un adolescente.
Con un estilo precios, minucioso y brillante, Mann describe la atmósfera crepuscular y agónica de una colorida Venecia.
Completan el volumen Mario y el mago y un interesante prólogo del académico de la lengua Francisco Ayala.
Comentario
"Los diarios –escribe Blas Matamoro– son el lugar confesional de la sexualidad de Mann. Una definición homosexual, sublimada y una realización heterosexual en el matrimonio.
Sublimar no significa evitar el contacto físico para crear un objeto sublime, la obra de arte, sino definir el amor como algo sublime, una experiencia que relaciona al enamorado con un objeto cuya calidad es la lejanía intangible y la mudez.
En dos textos que distan cuarenta años se pone en escena la doble opción amorosa: en Muerte en Venecia, el escritor que se enamora de un adolescente y lo convierte en una vía de acceso incorpórea al mundo de los eternos arquetipos, en el caso, el de la belleza; en La engañada, la mujer madura que se enciende por un amigo de sus hijos y acepta la razón de la naturaleza, aunque la muerte se interpone entre el deseo y su objeto.
Mann guardó siempre, como un tesoro, la imagen de su primer amor, un compañero de escuela llamado Armin Martens, a quien trató entre 1889 y 1890 y al cual confesó sus sentimientos.
Luego, cada uno se enamoró de la hermana del otro.
Armin se enredó con una bailarina de tabladillo, se entregó al alcohol y murió en África.
Use, la hermana, vivió hasta los noventa y seis años, recordando los versos que se intercambiaban los adolescentes en Lübeck: "¿Qué te ha hecho el pálido soñador? / No lo sé, pero vuelve a preguntarlo".
Armin es, de alguna manera, el Hans Hansen de Tonio Kroger y el Phibislav Hippe de La montaña mágica.
Otras amistades apasionadas de! escritor intentaron reiterarlo en su juventud: e! pintor Paul Ehrenberg y Otro Grauff, traductor e historiador del arte.
En rigor, la única experiencia homosexual de Mann fue con el adolescente Kurt Heuser, hijo de Werner Heuser, director de la Academia de Arte de Düsseldorf.
No le suscitó la pasión de los anteriores pero pudo concretarla y decir "yo también".
Fue en Múnich, en 1927 y 1928, cuando el joven Kurt se hospedó en casa de los Mann.
Se volvieron a ver en Zúrich, en 1935, para despedirse.
Kurt anduvo por la China y volvió a encontrarse con Mann en la vejez, de modo muy anecdótico.
El Tadzio de Muerte en Venecia fue un chico polaco que Mann vio en las arenas del Lido en el verano de 1911.
Se llamaba Vladislav Moes y se reconoció al leer el libro, tan fiel era la descripción de él y su familia.
Se reconoció, en verdad, en un objeto estético, que tal ha sido siempre en Mann la figura de! varón deseable, eso que existe para no ser tocado y que, en tal extremo, se transforma en algo bello que el deseo no realizado transfigura en algo inextinguible, dotado de una belleza cristalizada en la obra de arte.
De otra manera, el amor que se realiza físicamente se vincula con el cuerpo que perece, es decir con la muerte".
Copyright de texto e imágenes © Quinteto. Reservados todos los derechos.
Copyright de la cita © Blas Matamoro. El texto aparece publicado en Cine y Letras con el permiso de su autor. Reservados todos los derechos.
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