En este brillante ensayo, Mario Vargas Llosa analiza una de las novelas que han marcado su carrera como escritor: Madame Bovary, de Gustave Flaubert, considerado el fundador de la novela moderna y uno de los maestros indiscutibles de todos los narradores posteriores.
«Hacía años que ninguna novela vampirizaba tan rápidamente mi atención, abolía así el contorno físico y me sumergía tan hondo en su materia», dice Vargas Llosa sobre Madame Bovary.
La pesquisa del narrador peruano tantea tres diferentes vías de aproximación al texto flaubertiano: en una primera parte, de tono autobiográfico, Vargas Llosa se retrata a sí mismo como lector enfervorizado y pasional.
La segunda parte es un análisis exhaustivo de Madame Bovary, cómo es y lo que significa una obra en la que se combinan con pericia la rebeldía, la violencia, el melodrama y el sexo.
En la tercera parte se rastrea la relación de la obra de Flaubert con la historia y el desarrollo del género más representativo de la literatura moderna: la novela.
Mario Vargas Llosa resulta tan solvente en su faceta de crítico literario como lo es en su oficio de narrador. Del encuentro de una inteligencia narrativa como la del novelista peruano con la obra más importante de uno de los autores esenciales de la literatura universal nace un ensayo que vale por todo un curso de literatura.
"El realismo del siglo XIX –escribe Blas Matamoro–, que es, seguramente, el movimiento en que la novela, entendida como biografía apócrifa y ejemplar, alcanza su más robusta plenitud, trabajó con escasa teoría, y es su nombre mayor, Flaubert, el que lo lleva a su extremo ejercicio, poniéndolo en cuestión por una suerte de reducción al ridículo, según se sigue de su Bouvard et Pécuchet.
Podríamos colocar en este punto el comienzo de los desarrollos que Mario Vargas Llosa ha emprendido en cuanto a la teoría de la novela, mirándose en el espejo flaubertiano.
Antes quiero simplemente recordar que, a partir de Flaubert, la estructura novelesca entra en aguda crisis y en ella vivimos y aún diría que de ella vivimos los novelistas y críticos hasta los días corrientes.
La novela de nuestro siglo es crítica en la doble vertiente que sugiere esta palabra: es novela de la crisis de la novela y crítica de la novela como tal, es decir, identidad que se afirma cuestionándose, poniéndose en peligro cada vez que se muestra en público.
Tal vez ello explique, conforme a lo dicho al comienzo, la vasta proliferación de textos teóricos sobre la novela que venimos presenciando en nuestra centuria y cuyo catálogo sería impertinente hacer aquí.
Vargas ha dedicado a Flaubert uno de sus mejores textos, La orgía perpetua, y quiero creer que ello tiene un precio: Flaubert es el espejo de Vargas, es decir ese cristal oscuro o mármol negro que Unamuno proponía como materia ejemplar de la identidad.
Mármol negro: ¿será la materia con que se labra la lápida que cubre la tumba del padre? En ambos escritores batallan el realismo y el antirrealismo, personificados en las figuras del escribidor y el escritor, respectivamente.
Recuerdo ahora la distinción paralela que Roland Barthes hace entre el écrivain y el écrivant, el que se sube al escenario del lenguaje y el que trabaja con él como instrumento, el que sirve de portador a la significancia y el comunicador que sujeta la palabra a las convenciones comunicativas de su medio.
En Vargas, la novela realista es una utopía y una constante tentación. Él mismo ha descrito esa propensión que «me ha hecho preferir desde niño las obras construidas como un orden riguroso y simétrico, con principio y con fin, que se cierran sobre sí mismas y dan la impresión de la soberanía y lo acabado, sobre aquellas abiertas, que deliberadamente sugieren lo indeterminado, lo vago, lo en proceso, lo a medio hacer».
Entonces: la tensión dialéctica va desde la novela como «una síntesis cerrada de lo real» hasta «un reflejo de esa parcialidad infinita que es la vida», algo fluyente y provisional, o sea inabarcable.
Para el realismo ortodoxo, la historia toca siempre a su fin, puede extender la mano a través de unos cientos de páginas y palpar el término.
Para la propuesta contraria, la que le acercan en su agonía y ella intenta besar con desesperación, en las fronteras de la muerte y la divinidad, de esa divinidad mártir y muerta que es el crucificado.
También cabe pensar que ser hijo de Flaubert, el que todo lo hizo antes, es ser un hijo repudiado por un padre que se constituye en fin de raza, rompiendo la norma social que impone al padre proveer a su herencia.
Veremos que el erotismo del arte es un erotismo estéril, una concentración de energías libidinales en la obra, que las aparta de la procreación biológica.
En el Flaubert examinado por Vargas encontramos los rasgos que el espejo atesora.
Flaubert es un simulador de realidades, que saquea el mundo de la percepción y reordena las imágenes de modo que se resignifiquen.
Por eso ama los fragmentos, se complace en Cervantes y Montaigne, el parodista y el intermitente, y desconfía de Balzac, constructor de un sistema autosuficiente y cerrado.
No hay discurso que pueda dar cuenta de una realidad indeterminada. Por tanto, todo discurso es, por naturaleza, fragmentario. Recordemos los truncos inventarios de Borges, su imagen del mapa que se superpone inútilmente al paisaje que intenta reproducir".
Ficha Técnica
La orgía perpetua
Colección: Biblioteca Mario Vargas Llosa
Páginas: 232
Publicación: 27/09/2006
Género: Ensayo/memorias
Precio: 17,50 €
ISBN: 9788420470924
EAN: 9788420470924
Copyright del comentario © Blas Matamoro. El texto aparece publicado en "Cine y Letras" con el permiso de su autor. Reservados todos los derechos.
Copyright del texto (nota editorial) © Alfaguara Editorial. Reservados todos los derechos.
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