Firmada por Salgari con el seudónimo Guido Landucci, La Gemma del Fiume Rosso llegó a los lectores en 1904, y de inmediato conquistó el corazón de los amantes de las aventuras exóticas.
La novela se ambienta en una China de opereta, idealizada y sin embargo fascinante. Los héroes habitan el Cantón montañés, un territorio rebelde, cuyos habitantes se niegan a ser sojuzgados por los chinos.
La hija del nuevo gobernador, la Perla del Río, va a ser desposada por Lin-Kai, primogénito del mandarín de Seúl. Sin embargo, Sun-Pao, jefe de los Banderas Amarillas, quiere guiar a sus piratas con un doble propósito: raptar a la Perla y saquear su país.
Tras una nueva derrota, deciden secuestrar a Lin-Kai, y el adivino de los piratas emplea un bebedizo para enloquecer al joven. A partir de ahí, este trepidante folletín oriental nos conduce de peripecia en peripecia, sin dar tregua al lector.
"Un trueno espantoso –leemos–, que parecía que iba a derrumbarlo todo, seguido de un relámpago deslumbrador, había hecho conmover las inseguras bóvedas de la antigua pagoda Tang–Ki. La campana, suspendida en lo alto de la pirámide, que ni el tiempo ni los huracanes habían destruido todavía, a pesar de que contaba ya con más de seis siglos de existencia, produjo un sonido broncíneo, semejante al lamento de un moribundo. Siguieron después mil extraños rumores como si una muchedumbre de almas en pena se complaciese en recorrer las desiertas galerías del monasterio de los boneos. Retemblaban las paredes, oscilaban las gigantescas linternas que aún pendían de las bóvedas, golpeaban las pesadas puertas de madera de teca, abriéndose y cerrándose con estrépito. Gemían los armazones de las pirámides con incesante lamento, mientras ráfagas impetuosas de viento entraban por las puertas abiertas de la pagoda, arrojando al interior montones de hojas arrebata" (La Perla del Río Rojo, Editorial Saturnino Calleja).
"Como dice Pierre MacOrlan (1886-1960) en su Manual del perfecto aventurero –escribe Armonía Rodríguez–, Julio Verne está desprovisto del arte de inventar: interesa sólo a los aprendices de botánica. La Tierra, vista desde la óptica de Julio Verne, sólo es un inmenso jardín zoológico y botánico en el cual cada especie lleva un cartelito escrito en francés y en latín con un número de orden para su clasificación. Estos libros no permiten a la imaginación juvenil ir más allá de lo obvio. En cambio, las aventuras de Emilio Salgari son las que sólo puede escribir una persona apasionada, a quien le interesan más las relaciones humanas (...) Las obras de Salgari no están escritas para enseñar deleitando (...) Están escritas para sentir, para sufrir y para gozar con las vicisitudes de los personajes que nos presenta y sus, a veces, descontroladas pasiones. Es cierto que los personajes de Emilio Salgari, a la luz de las reflexiones propias de la segunda mitad del siglo XX, aparecen como construidos de una sola pieza. Son esquemáticos y sus reacciones poco lógicas. Pero al menos no les ocurre, como en el caso de Julio Verne, estar escindidos entre el bien y el mal, sino entre el valor y la vileza" (Prólogo de El Capitán Tormenta, Ediciones Auriga, 1984).
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