Como sucede con otras novelas del ciclo de Sandokán, La Riconquista di Mompracem (1908) está impregnada de exotismo, sentido del honor y fatalidad.
En esta entrega del ciclo de aventuras malayas, Salgari recupera a los Tigres. Ninguno de estos piratas ha olvidado la isla de Mompracem, que ya es un baluarte del Imperio británico.
Yáñez se hace pasar de gobernador para infiltrarse en la corte del Sultán de Varauni, quien controla la isla bajo la bandera inglesa.
"Aquella noche –leemos en el primer capítulo–, todo el mar que se extiende a lo largo de las costas occidentales de Borneo era de plata. La luna, que subía en el cielo con su cortejo de estrellas, a través de una atmósfera purísima, derramaba torrentes de una luz azulada de dulzura infinita. Los navegantes no podían haber tenido una noche mejor. Incluso el mar estaba completamente tranquilo. Únicamente una fresca brisa, impregnada de los mil perfumes de aquella isla maravillosa, lo rizaba ligeramente. Un gran buque de vapor que venía del septentrión se deslizaba suavemente entre el banco de Saracen y la isla de Mangalum, echando humo alegremente. Por su estela se movían noctilucas y medusas, haciendo más viva la luminosidad de las aguas. Aquella noche se celebraba a bordo una fiesta, por lo que el salón central estaba totalmente iluminado. Un piano tocaba un vals de Strauss, mientras vibraba la recia voz de un tenor, saliendo por las portillas abiertas y difundiéndose a lo lejos por el mar plateado, cuando se oyó un grito en proa" (La reconquista de Mompracem, Ediciones Nauta, 1983).
"Mompracem –escribe Claudio Magris– es el nido y la meta, a menudo perdida y continuamente reconquistada, cada vez la misma y cada vez diversa: más preciosa y más amada, más rica de gloria y de acontecimientos, de nuevos senderos en la selva o de nuevas troneras en las fortificaciones, de nuevos particulares que la extienden en la fantasía y que varían pero sobre todo confirman su identidad. Entre los zafiros -grandes como avellanas o como huevos de pichón- engarzados en la empuñadura de la cimitarra o en el turbante, en el alcázar de la nave Fulgor, la fragata del Corsario Negro, o delante del rayo verde del atardecer en el mar de Sonda, el lector infantil encuentra la épica, recoge por vez primera el sentido de la unidad de la vida, que se refleja y se retracta en la multiplicidad de innumerables particulares, diversos e inesperados pero acogidos con familiaridad, inmediatamente insertos armoniosamente en esa totalidad del mundo en la cual se está ya en casa" (Ítaca y más allá, Huerga & Fierro Editores, 1998).
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