La vaca, Augusto Monterroso, Alfaguara, Madrid, 1999, 149 pp.
Para muchos lectores, el guatemalteco Monterroso (1921) no es sino el autor de fábulas inesperadas, un amante de la paradoja que opta por el desenlace imprevisto como sustituto de la moraleja.
Los analistas suelen resumir la peculiar posición del autor ante el material narrado con la cita de su ironía y brevedad.
Parece que hay unanimidad al respecto; pero abreviar no supone caer en la telegrafía o el misticismo, y esa calculada expresión de los escritos de Monterroso no pone límites al ingenio recreativo.
En esta densidad, sus cuentos y ensayos se parecen en el estilo meticuloso, pero además en la apetencia casi filosófica de su alcance, en su búsqueda de revulsivos para el lector y en la esencia misma de su intención, sospechosa frente a los géneros, que hace de los textos reunidos en La vaca una colección de relatos disfrazados de ensayo tan lúcidos y elocuentes como si la máscara se aplicase en sentido contrario.
Sin vallados ni encorsetamientos teóricos, lo personal contagia su autenticidad a la interpretación.
Por de pronto, no faltan la curva ligera ni el vaivén de audacias en esta colectánea de escritos, donde se nos amplían pormenores de intriga y pasión literarias, jalones de una vida de lector en constante progreso: la vaca de Vladimir Maiakovski, la lectura de los autores en su idioma original, las imitaciones cervantinas, las vidas de Erasmo de Rotterdam y Tomás Moro (dos extravagancias biográficas tan replegadas como aquellas Vies imaginaires de Schwob), el surtido de las influencias literarias, el humor de Tolstoi, la pertenencia pertenencia de los fantasmas de Rulfo al mundo de la literatura fantástica, el aleph descubierto por sorpresa en La Araucana y otras cuestiones de literatura en infusión, a través de las cuales Monterroso invoca el tímido derecho de conversar acerca de preferencias o curiosidades, con el agrado de quien, pese a lo fundamentado de sus saberes, relativiza con humor los puntos de mira.
Luego hay que concluir lo mismo que antes: a partir del momento en que se adorna Monterroso con la ironía, pone en litigio hallazgos eruditos y admiraciones a diferentes alturas.
Queda trazada con ello la línea ascensional de una curiosidad que no responde al aire de lo casual o al pasmo de las ideas nuevas, sino a la lectura atenta, hábil, índice elocuente de revisiones y exámenes a contraluz.
De esta manera, se puede afirmar que si acaso hay cuestiones literarias acerca de las cuales creemos haber limitado espacios de una vez y para siempre, no estaría de más que, ante los ensanches de Monterroso, midiéramos la certeza de esta creencia.
Copyright © Guzmán Urrero. Este artículo fue editado originalmente en la revista Cuadernos Hispanoamericanos. Reservados todos los derechos.
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